Sobre viajes conversados y coincidentes en Pelotas

Breve declaración de intenciones que viene antes de abandonar toda esperanza: 1-Amparado en la facilidad que esta famosa herramienta mundial brinda, me lanzo a los éteres etílicos del verbo cibernético. 2- No repararé en formas ni en contenidos, será siempre cualquier cosa. 3- La idea de esto parece ser la manifestación exponencial del ego pero, de todas maneras, me encantaría recibir comentarios, para lo cual el sagaz usuario de la computadora deberá descubrir cómo hacerlo. 4- En cuanto a esta primera publicación, se trata de mi realización del viejo sueño de ser Julio Alonso, nuestro Hermes televisivo, aunque lejos del carnaval carioca. Además, conmovido por el desproporcionado afecto recibido, tomé la resolución de contárselo a todo el mundo. 5- A los que manejan más el portugués que el español, sepan disculpar pero escribir en tal lengua sería un esfuerzo enorme que obtendría un horrible resultado. 6- Sobre el título: el chorizo de rueda por ser alargado como este tipo de publicación. Además, se calienta al fuego que está en el centro de una rueda de amigos que conversan al ritmo del vino. 7- Me dejo de avisos y paso a contar:
Acababa de llegar a la rodoviária de Pelotas después de un viaje accidentado en el que había sido necesario cambiar de ómnibus a mitad del camino porque un vidrio había estallado por una pedrada. Brasil me vistió y me dio de comer desde mi infancia, y eso no fue el fruto de una elección, fuese esta estética o ética. Brasil para mí fue obligatorio por varias razones. La primera, económica, tenía la forma de zapatos baratísimos que mis padres compraban para mi pie en crecimiento, eso sin contar el azúcar, la yerba e ainda mais (esta expresión, creo, es más uruguaya que brasilera). La segunda, geográfica, era la cercanía de Treinta y Tres con la frontera de Río Branco/Jaguarão, una línea divisoria simbolizada por un puente por el que pasábamos munidos de contrabando para después subirnos a unos omnibuses en los que se metía bagayo hasta adentro de las ruedas, en los que había situaciones que comenzaban a incluir dentro de mi ingenuidad de gurí asociaciones de ideas tales como “bagayeras gordas de calzas apretadas y pelo teñido de naranja/olores de sudores/nervios rancios porque hay que hacer la colecta para la coima/aduaneros de bigotes y caras sebosas”. Allí viajaba la idea del ganarse la vida a pesar de la persecución de los perros voraces, allí te pechaban y te invadían, y en dos horas estabas de nuevo en Treinta y Tres, con cierta resaca de aventura y galletitas baratas. Y, después de dejarme ir en el recuerdo, otra razón aun más ineludible: la música y la poesía brasilera comprimidas en las sueltas canciones de Vinicius de Moraes transmitidas por la vía placentaria. Algo me llevaba hacia el norte porque, por vuelta de mis ocho a diez años, mi familia pasó las vacaciones en el balneario Lago Merín, cerca de la frontera y con muchos veraneantes provenientes del lado brasilero. Creo que fue en ese entonces cuando por primera vez leí en portugués. Unos libritos chiquitos de Batman y Superman que venían junto con los respectivos muñecos de plástico articulados. Después vino un Almanaque do Tio Patinhas que traía de regalo la moneda número uno del avaro tío rico del Pato Donald. A partir de ahí, me volví un verdadero adicto a las revistas de quadrinhos, los gibis, que resisten como todo un testimonio histórico en algún mueble de mi casa de siempre. Cuando llegó la televisión por cable a Treinta y Tres, me di cuenta de había estado aprendiendo portugués porque entendía sin dificultades el discurso futbolístico de la televisión. En algún momento, por culpa de que alguien me había contagiado el vicio de la lectura, empecé a leer libros brasileros. Por si fuera poco, cuando me dediqué a estudiar mi profesorado, me hice de amigos de la frontera, uno de los cuales un día se fue a Bahía junto con otro y se quedó allá como ocho o nueve meses, todo un parto. Evidentemente, volvió con cuentos e saudades. Pero yo apenas había dado unos pasos en territorio de la República Federativa, fuera en Jaguarão o en Chui (en este último caso, no era más que un cambio de letra al final de la palabra). Un día, me encontré una mujer linda en la playa que me comentó que estaban grabando la presentación de un programa de radio que comenzaría en breve, y que precisaban alguien que hablara portugués. No necesito explicar lo que una dama hermosa provoca en el ánimo del uruguayo, que se prestó sin dudarlo para grabar la cortina de un programa que se llamó Jeito Americano. Fue en el programa de Daniel Urrutia que escuché por primera vez a Vitor Ramil y me llamó mucho la atención. Era algo raro. Tanto que, cuando éste iba a ser entrevistado por Alejandro Ferreiro (en Montevideo), arreglé todo para escucharlo y, además de seguir maravillándome con su música, empecé a ver que había ciertas redes que yo ignoraba cuando dijo que se sentía en el centro de una historia que veía mucho más lejano a Rio de Janeiro que a Montevideo. Me vi forzado a ir a su segunda presentación en Montevideo, donde me hice con los tres últimos discos del hijo de Satolep (de padres jaguarenses y abuelo uruguayo). Entre ellos brillaba Ramilonga como una especie de piedra preciosa hecha de pampa y milongas absolutamente originales, si se entiende “original” como referido al origen de algo, que en este caso es un viaje hacia ninguna parte o hacia todas partes. Vitor hablaba de una continuidad de la cultura pampeana por sobre las fronteras artificiales y el devedé de sus hermanos –Kléiton & Kledir- hacía un recorrido por las calles de Pelotas. Empecé a obsesionarme con la idea y resolví tomarme un ómnibus a la antigua capital de las charqueadas, sin saber nada de la ciudad y carente de todo plan. Y, años más tarde, allí estaba yo en el centro de Pelotas, luego de tomarme un ómnibus desde la rodoviária. Yo pensaba que iba a ver a Brasil en las finales de la Copa del Mundo en su mayor apoteosis, desde el propio país del fútbol. Pero Ribery y Zidane se encargaron de demoler al equipo de Parreira mientras Roberto Carlos se arreglaba las medias. Había sido presa de todo el mercadeo copero y, por causa de eso, me enteré de que el creador de la camiseta verdeamarela con short azul y medias blancas vive en Pelotas (después supe que es jaguarense). Cuando se lo comenté a Damián, amigo y editor, diseñador, distribuidor y alma de la revista Iscariote, me dijo que había conocido al individuo y que éste era escritor. Había publicado en Uruguay un libro de cuentos llamado “El día en que el Papa fue a Melo”, basado en la histórica visita del hombre de blanco y otro tomo llamado “Cuentos de fútbol”. Con este último llegué al centro de la ciudad que por primera vez visitaba. Los hoteles más vistosos eran caros en proporción directa con el brillo de sus carteles. Preguntando se llega y un taxista dio algunas indicaciones que me dirigieron rumbo a la plaza. Después de preguntar la tarifa en el Hotel Rex, seguí caminando, hasta que me llamó la atención un edificio con pinta de ser una institución pública que acabó siendo la Bibliotheca Pública Pelotense. La debilidad de un hombre muchas veces es su mayor fuerza y la visión de libros y la puerta abierta fue un mandato. A las siete empezaba una charla que se llamaba Futebol na mesa. Yo llevaba el libro de Aldyr Garcia Schlee en la mochila y también su dirección que, casualmente, era frente a la plaza Coronel Pedro Osório, donde yo estaba. Y empezaron, en plena época de Mundial, a hablar de fútbol uruguayo, ese deporte tan particular. Uno de los que hablaba era hincha de Wanderers y conocía todas las canchas chicas de Montevideo y otro era un duraznense llamado Urruty que supiera ser golero de varios cuadros de Rio Grande do Sul y luego técnico respetado en la zona, desde un origen como peón en la estancia del padre de Juan María Bordaberry (algo malo tenía que haber aunque, justo es decirlo, el hombre era impecable). Petrucci, el hincha bohemio, llegó a decir que el verdadero fútbol era el que se jugaba de una forma casi amateur en nuestras canchas de barrio. ¡Ah, los idealistas que miran de afuera! No hacía dos horas que yo estaba con mis pies en suelo –ahora lo dudaba- brasilero. Gente tomando mate en el público y yo desesperado por un verde. Se da entrada a las preguntas del público. Yo había visto que había uruguayos en la sala y, como no hay que tenerle miedo a estar en la primera fila, fui el primero en hablar, desde la última fila. En español, conté que había llegado a la ciudad hacía unos minutos por primera vez, que llevaba Cuentos de fútbol en la mochila, que todavía no tenía un hotel y que estaba desesperado por un mate. Después de que me aplaudieron como si hubiera dicho palabras sagradas, Mário São Segundo me extendió un mate mientras me decía “tinha que ter pedido antes”. Luego de que todos los que quisieron hablar lo hicieron, desde adelante me pidieron que me acercara y que, micrófono en mano, hablara de nuevo, de ser posible en portugués (¿cómo diablos se les ocurrió que yo podría hablarlo?). Me aplaudieron de nuevo. Tras las palmas, Fernando Soares (otro jaguarense), me dijo que la cosa se seguía en una parrillada llamada “Mercado del Puerto”, de dueño evidentemente uruguayo. Además, me invitó a ir al otro día a su programa de radio en una FM comunitaria: RádioCom. Fue en la parrillada donde supe que Schlee no vivía más frente a la plaza y que se había mudado al campo, a Capão do Leão. Un uruguayo radicado allá fue el que me facilitó la ruta de acceso a Schlee. Al otro día, después de ser entrevistado en la radio como si fuera un personaje importante, Daniel Hammes me llevó hasta el Camelódromo, una especie de feria inmensa de bagayeros. En un lugar que está justo atrás del edificio de la aduana (alfândega), compré un grabador en una tienda de contrabando que llegó incluso a extenderme una garantía. Después registraría la voz de Dona Laura, escritora de la colonia de pescadores Z-3, de la costa de la Lagoa dos Patos y, durante la final de la copa del mundo, la voz de Seu Casca que cantaba acompañado de un banjo “segure a cobra, amarre a cobra, olha a cobra aí…”. Ya había sido convidado a la casa de Éderson, llamado Z-3 por su discurso pesquero. El día antes, en la ciudad y viendo videos, me llamó la atención su gestualidad y le dije que tenía pinta de contador de historias. Y empezó a derramar causos, y a explicar que los pescadores normalmente no tenían la costumbre de contarlas por la falta del fogón del hombre de campo. Porque podían pasarse días embarcados, solos, esperando las corrientes que sacan el camarón de la laguna de vuelta hacia el mar. Al almuerzo, antes de ir a ver a Seu Casca, comimos taínhas y enxovas asadas. También supe que la pesca artesanal se ve amenazada por su hermana menor industrial. Que la laguna está contaminada. Pero que el gobierno federal invirtió fondos en la creación de una planta para el procesamiento del pescado de los pescadores artesanales. El cabezazo de Zidane me entristeció más que nada porque noté que Italia, con su fútbol siempre feo, ganaría el mundial, a pesar de que había gritado como propios los goles de los tanos contra los alemanes, cuyo juego me resulta aun más desagradable por lo mezquino. Ya en la ciudad de nuevo, seguí llamando a la casa de Schlee para arreglar una entrevista. Sílvio, el casero, me fue a buscar después de que el ómnibus me dejara en la puerta de la UFEPEL. Irradiaba bondad. El escritor que sería objeto de mi primera entrevista estaba con un problema en la pierna y por eso inmovilizado en una silla, en su escritorio. Me recibió su mujer, Marlene, y me dirigió escaleras arriba. El hombre me recibió con una calidez demostrada por sus dos manos que dieron juntas. Y empezó a hablar, che. Se entrevistó prácticamente solo y mis preguntas torpes quedaron por suerte disimuladas por el verbo colorido de Aldyr. Llegó el mediodía y con él la invitación a comer. Almorcé con mi entrevistado y, mientras lo hacía, empecé a descubrir la verdad. Ya me había mostrado varios de sus libros y, entre ellos, me había interesado sobremanera su última novela, en proceso de publicación, titulada “Don Frutos”, en alusión clarísima a Fructuoso Rivera, primer presidente de Uruguay, asesino de charrúas, mujeriego inveterado y responsable de que parte del estado de Rio Grande do Sul pertenezca a Brasil y no a Uruguay. Cuando supo que yo era de Treinta y Tres, me hizo notar que había puesto un agradecimiento a un tal Amílcar Brum, a la sazón habitante de mi pueblo. No me daba cuenta de quién era el hombre, hasta que me dijo que vivía frente a la plaza. Supe que se trataba del Chacho Brum, marido de una profesora mía de historia, y descendiente o al menos pariente de aquel presidente suicida llamado Baltasar Brum. Le conté la historia de Sinforoso Brum que, en época de dictadura, se hizo meter preso como diecisiete veces porque pasaba por en frente a la comisaría tocando bocina y con la bandera del Partido Nacional. Descubrí que conocía a varios personajes del pueblo tales como aquel profesor burrero que me dijo, sentenciosamente, que si no me gustaba Onetti no existía. Y se ve que los que no existimos escribimos igual. Como a las cuatro y pico de la tarde tuve que marchar porque se me iba el último ómnibus rumbo al centro de Pelotas. Al otro día me marchaba rumbo a Uruguay de nuevo, con la única decepción de que había encontrado pocas y escasas librerías en Pelotas.

Eso fue en julio. En setiembre, se organizó en Maldonado el primer Encuentro de Escrituras, donde se juntaron escritores de varios lugares. Entre ellos y destacado por sus análisis de la palabra “gaucho” –“Uruguay es el único país enteramente gaucho” dijo- estaba Aldyr, que concurrió tras aceptar raudo la invitación de Luis Pereira. Llegó gente de las fronteras como José Gabriel Ceballos, un correntino que tiene a Brasil en frente. Mi tocayo Olmedo, que es de Artigas igual que Elaine Mendina. Y muchos más que, para saberlo con más precisión, tendrá el lector que hacerse con el número dieciocho de iscariote. Me tocó ser el presentador de Ceballos, Mendina y Schlee y les pedí que derramaran sangre en la lectura. Lo hicieron. El encuentro estuvo bueno por lo literario pero también por el tendido de redes, porque aquello fue una conversación imparable, eso sin contar todo lo que se comió y tomó (me contaron). El último día, acompañé a Aldyr hasta el taxi que lo llevaría hasta la terminal de Punta del Este y, en la despedida, insistió en su invitación a su casa para noviembre con “cama, comida y ropa lavada”. Feria del libro en Pelotas. ¿Alguien cree que lo dudé? Damián se vio imposibilitado de viajar y no sabe lo que se perdió.

Seis de la mañana en Pelotas. Jueves dos de noviembre. La ciudad se mostraba vacía por la hora y por el feriado. Mi búsqueda por un baño empezaba a hacerse desesperada, pero no por eso dejaba de ver cosas que no había visto antes como los mototaxis o una parada de ómnibus de media cuadra de extensión en la calle Osório. Con el alma más leve, llamé a la radio y me recibió Danilo, el operador que integra la banda Freak BrotherZ. Una mañana tomando mate y hablando de música, de política, de celulosa. Parece ser que el debate sobre la celulosa por allá tiene en cuenta, más que la hipotética contaminación y los seguros bloqueos, el impacto ambiental de las plantaciones de eucaliptus. Pero dicen todos los que me hablaron de eso que la discusión es bastante restringida, aunque se manejen ideas como la de desertificación de vastas zonas del estado. Las brasas políticas estaban encendidas todavía porque el domingo anterior había sido el segundo turno de las elecciones a nivel nacional que dieron ganador a Lula, meu xará, y a nivel estadual donde fue electa gobernadora Yeda Crusius, de un partido de derecha. De ahí en adelante, fui hablando con sucesivas personas votantes de Lula. Tanto, que creo que no conocí partidarios de Alckmin (ellos lo pronuncian “alquimín”) y, cuando se lo comenté a alguien, me dijo “tudo gente boa, tchê”. La verdad es que tantos argumentos en contra de Alckmin me hicieron tomarle cierta antipatía. Ahora, en Maldonado, me veo forzado a analizar por qué. Supongo que un extranjero no es el más indicado para defender causas políticas en el país que visita, así como también creo que no es conveniente meterse en peleas ajenas. Pero lo que pasa es que en ningún momento llegué a sentirme extranjero en Pelotas. Lo supe cuando tomaba unas heladísimas cervezas con Daniel en una especie de bar llamado “Cruz de Malta”. ¿Cómo se hacen amigas las mujeres? No sé. Pero la amistad masculina en general necesita ser regada. Y si con Aldyr el tema de la literatura es ineludible, con Daniel hablamos de política, de lo que está pasando. Creo que se necesitan muchas más conversaciones como la que tuvimos aquí en Uruguay y para muestra un botón: llegué a ponerme de acuerdo en varias de las argumentaciones a favor del gobierno Lula y Daniel me dijo “eu discordo” cuando expresé mis opiniones contrarias a la figura de Hugo Chávez, pero con una sonrisa. Retirado en la paz de estos desiertos, sonrío también cuando recuerdo con orgullo que junté a dos amigos míos y los puse a conversar porque le hice la producción del programa de radio a Daniel, que entrevistó al professor Schlee. Y yo aquí estoy conversando, ni más ni menos.
Al llegar a la rodoviária, una de las primeras cosas que noté fue la feria del libro (que dura como cuatro o cinco semanas) se llamaba João Simões Lopes Neto. El autor de “Contos gauchescos e lendas do sul” es el máximo monumento de las letras pelotenses. En mi visita anterior a la ciudad me había comprado una edición de bolsillo de su obra y ahora lo volvía a encontrar. Empecé a tomar dimensión de cuál había sido la invitación de Aldyr. Resulta ser que éste se había dedicado por largos años a disfrutar y estudiar la obra de Simões Lopes, lo cual dio como resultado una edición crítica de ella. La edición consta de dos tomos, uno de los cuales reúne la obra y deja para el segundo la parte crítica, que incluye una especie de diccionario de términos gaúchos. Es tal vez el mayor trabajo crítico de Aldyr Schlee, conocido en el mundo como el inventor de la famosa camiseta que se ha transformado en traje típico de los brasileros, pero que es mucho más que eso. Imagínense que el hombre fue ganador dos veces de la Bienal de Literatura Brasileira. Pero mucho más que eso: es una de esas personas que te pasan una energía inexplicablemente positiva, alto astral, además de que a mí me puso en un enorme compromiso cada vez que me presentaba porque decía que yo era un poeta e jornalista uruguaio. ¡Si se enteran los popes! Fui regiamente atendido por Aldyr en su casa (a cozinha da Marlene não é brincadeira), además de que me paseó por la ciudad, lo que en cierto momento –debo admitirlo aquí- me generó el miedo de morir por exceso de alimentación y me hizo saber qué es perder por una cabeza cuando fuimos al hipódromo y le jugó dez pilas al caballo de un ex alumno suyo. Supe que estaba con un famoso porque cada dos pasos alguien lo paraba para saludarlo, desde cacatúas septuagenarias hasta ex alumnos de la facultad. Recientemente se ha restaurado una casa en la que viviera el autor de los Contos Gauchescos y allí se ha instalado un instituto con auditorio y todo que lleva su nombre. El día anterior había llegado a la ciudad el crítico germanobrasilero Marcelo Backes, que diera clases en una universidad de Friburgo durante seis años y es, según mi anfitrión, “um dos críticos mais temíveis do Brasil”. Con él y Aldyr almorzamos y, como ahora Marcelo ejerce su profesión de traductor de modo freelance, se manejó su pase a préstamo a iscariote. Él fue el encargado de comentar la obra en la presentación de la edición crítica en cuestión. Cosa que, según los brasileros, se parece a lo que sucede en Uruguay pero no a lo que es costumbre en Brasil, ya que las presentaciones de libros suelen verse reducidas a sesiones de autógrafos. Se le llama marketing y la palabra en inglés es todo un síntoma. La edición crítica sobre el escritor gaúcho tiene antecedentes nada leves, uno de los cuales es el alagoano Aurélio Buarque de Hollanda, autor de uno de los más reconocidos diccionarios de portugués de Brasil, amén de su parentesco con el mítico Chico Buarque. Pero dice Aldyr que no se ha respetado la especificidad del lenguaje propio de Rio Grande y ha debido acometer la hercúlea tarea de regauchizar (acabo de inventar la palabra) a Simões. Ya habían sido firmados los autógrafos de rigor y el auditorio estaba lleno. El escritor empezó agradeciendo a mucha gente, entre ella a los integrantes de su familia que estaban allí presentes. Por último, agradeció la presencia de Marcelo y la mía lo cual, en este segundo caso, es de una desproporción que me pone en un aprieto. La lágrima quebró las palabras de Aldyr sobre el final de su lectura y, minutos más tarde, Luisinho no terminaba de desenrollar su discurso que pretendía superar a los de los palestrantes y Aldyr lo interrumpía elegantemente reinstalando la idea de un diálogo por sobre el monólogo de voz finita que avanzaba hacia el infinito. Después nos despedimos con la firme convicción de que nos vamos a ver de nuevo. Esa noche me quedé en lo de Daniel y justo había un cumpleaños: Z-3 estaba llegando a los veintiocho adelantándoseme unos días. Había vinos uruguayos en la casa pero el plato fuerte estuvo compuesto por pizzas y cervezas, todo pedido por teléfono. Bandas de rock brasilero y la noche que se va apagando.

De vuelta a la terminal de ómnibus, con los reales contaditos. Compré el pasaje para las nueve y media, para llegar temprano al Chuy. Con los reales que me sobraban, adquirí la revista “Discutindo língua portuguesa” y me puse a leer unos artículos sobre el humor que me hicieron reír y pensar al mismo tiempo, cosa que es posible aunque en la tele se encarguen de propalar lo contrario. Mientras tanto, vigilaba la plataforma cinco, desde donde yo creía que debía salir el ómnibus. En un momento, me puse a conversar con una mujer que vendía caramelos y, cuando le dije hacia donde iba, se encargó de hacerme notar que el ómnibus ya había partido en la plataforma once. Había leído al revés el pasaje. Tuve que ir a hablar con el fiscal de la empresa para intentar cambiar la hora del pasaje y me encontré con un tipo que me habló mal y me puso a esperar. La indignación hubo de ceder cuando vi una mujer que lloraba frente a la ventanilla, lo que me hizo pensar que mi desgracia no era tan grande porque incluso había logrado elaborar un plan de contingencia. Después de un rato de seguir leyendo la revista, fui al baño a descargar los frutos del mate y, cuando volví, me encontré que el fiscal había cambiado. Éste se rió y me cambió el pasaje sin más trámite que una firma. Fue allí cuando valoré la importancia de la gente buena con que me había ido encontrando y resolví escribir este texto que espero no se haya hecho demasiado largo a los ojos de los milagrosos lectores.

Ya por subir al ómnibus, noté que uno de los pasajeros, con mucha pinta de brasilero, hablaba español con gran acento (sotaque). La coincidencia quiso que a los dos nos pidieran los documentos y que, encima, nos tocaran los asientos siete y ocho, lo que deparó una conversación de cuatro horas. El loco resultó ser del Chuy y tener doble nacionalidad. Está trabajando en São Paulo hace seis años y, después de todo ese tiempo, obtuvo su primera licencia y se vino como loco de vuelta a casa. Cantaba canciones de los Zucará, las cantábamos a coro mientras yo recuperaba mi lengua española algo atrofiada por causa de varios días en los que llegué a soñar en portugués. Aldyr, que no para de hablar de fútbol como casi todos los brasileros, me había preguntado si no conocía a un uruguayo llamado Millar que juega de delantero en el Brasil de Pelotas. Debí decirle que no, que no tenía idea. Resultó ser que Clayton, mi compañero de viaje, había jugado junto con él en las inferiores de Nacional (no sé cómo hice para escribirlo con mayúscula, puaj) y que, como él, era de Chuy. No contento el destino con la siembra de coincidencias con que venía encontrándome, Clayton conocía a mis amigos de Chuy. Al tipo le interesaban la historia y la literatura. Había sido alumno de uno de los colaboradores de iscariote, Martín Palacio. La mujer uruguaya, que venía en el asiento de atrás, venía de visitar a su hijo, amigo de la mujer de un amigo que se había ido a trabajar a Pelotas, a la parrillada Mercado del Puerto (¿les suena el nombre?). Conversando se hace la historia y fue así que tuvimos una idea con este compañero del asiento siete para la escritura de un cuento. Un uruguayo vuelve de São Paulo caminando porque hizo una promesa. Hace años que no pisa suelo uruguayo y canta canciones de los Zucará. En el camino conoce una brasilera y se apaixonam. Pero ella le dice que bajo ningún concepto abandonará Brasil. Se aproximan a la frontera y el caminante se ve sacudido por el más fiero de los conflictos. Resolvemos que lo voy a escribir y se lo voy a mandar por emilio. Decido que la carga de coincidencias afortunadas no puede ser casual y que, a pesar de ser fruto de la más pura realidad, se parece a la más exagerada fantasía. Le copio a Damián la idea de instalar un blog (¿qué querrá decir?) para extender la conversación. Porque, viajando, no viajé. Porque descubrí que la tierra ha parido muchos hermanos y que está muy bueno cuando no pelean. Este texto es un abrazo para todos los que figuran en él (menos para el fiscal desagradable), es unos brazos larguísimos que mucho abarcan y mucho aprietan.

18 de noviembre de 2006

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
Esta entrada fue publicada en Aldyr Schlee, fútbol, fútbol uruguayo, Iscariote, narrativa propia, Vitor Ramil, yo. Guarda el enlace permanente.

9 respuestas a Sobre viajes conversados y coincidentes en Pelotas

  1. ignacio dijo:

    >me fascinó tu blog, ¿me das tu teléfono?

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  2. >Pará… No podés enviarte un mensaje a vos mismo felicitándote… Es muy fuerte… Es el tipo de cosas que yo haría (hago) y tu me reprobarías (repruebas)…Por eso consideremos estas palabras como los primeros saludos oficiales para con tu blog (cuyo nombre me encantó)… Abrazo.

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  3. Maria Celia dijo:

    >Che, tiene razon Damian! Si queres que te pregunte tu telefono, yo te pregunto…pero yo lo tengo.Felicitaciones desde lejos, un beso grande, Maria Celia, la “es-escrita”

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  4. Maria Celia dijo:

    >FELIZ CUMPLE!!! Perdon , pero me olvide…Como te tiene el tema de los gordos, eh??Ya se separaron?Bueh, besos y segui que esta bueno el “chorizo”!

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  5. >A veces el mundo se me hace chico y termino encontrándome con chuienses aun en ese gran laberinto borgeano que es Buenos Aires (también me pasó en Pernambuco y en Bahía…). Un saludo con algo de saudade.Martín Palacio

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  6. >en serio, ¿cuál es tu teléfono?

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  7. F. de P. dijo:

    >uno negrito, nokia

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  8. >jajajajajajaja!

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  9. >me faltó agregar que yo también tengo un nokia negro! ¿quiere mi teléfono? 😉

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