Pinochet, gordos, Peñarol

 El hombre nació y murió bajo el signo de Sagitario, pero jodió gente por encima de todo el horóscopo. Resulta que este tipo, subrepticio golpista primero y largo dictador después, era el general de confianza del presidente constitucional. Por suerte tenía esos ridículos bigotitos maricales para burlarse de ellos, además de un apellido que contaminaba a un antiguo personaje de madera que se transformaba en humano. En este caso, lo que había nacido humano, vaya a saber por qué, se conivirtió en uno de los más grandísimos hijos de mierda (respeto a las putas) que hayan pisoteado el continente. Y eso por eso que, hace un tiempo, quizá indignado por sus enfermedades falsas para eludir la justicia, prometí a viva voz que el día de su muerte sería celebrado por un asado salido de mi bolsillo.

 
La situación con “los gordos que se vinieron a pasar su luna de miel en casa y en casa se separaron pero se quedaron viviendo aquí” continuaba evolucionando. Como ya había dejado entrever en mi entrada anterior en el blog, el gordo sufría en silencio y tomando mate y la gorda lavava ollas ruidosamente. Por distintos motivos, durante varios días estuve llegando a casa más o menos a las dos o tres de la mañana por lo cual, en los escasos minutos de lucidez entre la puerta y la cama, intentaba deducir los progresoss de la pareja (ex pareja) a partir de lo que veía. Por ejemplo: ¿por qué hay alguien durmiendo en un colchón en el comedor? ¿por qué razón no está la motito Jialing que se había traído el gordo? ¿qué hace la radio puesta en la 102? ¿esa camiseta tirada en medio del camino? Y, sobre todo, ¿quién mierda es ese tipo que está montado sobre la gorda en mi cama? Obviamente, pedí disculpas y me acosté en las baldosas, al lado, porque la verdad es que prefería presenciar el espectáculo grotesco antes que a)aguantar las lágrimas del dogor despechado o b)soportar su olor a pata y sus flatulencias rancias. además, la democracia es el arte de convivir y aceptar las diferencias de los otros, que tienen tanto derecho como uno a usar nuestras cosas. lo que no entiendo bien es por qué abandonaron la actividad a la que se venían dedicando con tanta fruición. Porque yo no critiqué los tatuajes del loco ni las amarilleces adiposas de ella, ni mucho menos el contraste entre ambas cosas. La cuestión es que el plancha se terminó yendo no sin antes llevarse mi computadora (sí, tuve que comprarme otra y, como era robada, la disquetera me ha obligado a pasar todo este texto a mano). Me pareción de cierta falta de delicadeza que la gorda no lo acompañara a la puerta, por lo que yo mismo lo dirigí con un “volvé siempre, valor”. Cuando volví al cuarto, queda mal que yo lo diga porque es como hablar bien de uno mismo, le dije a la gorda que “quedate tranquila en la cama” cuando yo sabía que ella iba a quedarse, y que “no tomes a mal que no me acueste contigo, lo que pasa es que hace calor y siempre hago lo mismo, me acuesto en el piso porque es más fresquito, que duermas bien”. Me dormí mirando el lunar peludo de la nalga de ella, que no sé por qué me dio la espalda, con su pecho como un pororó (porque no tenía forma, según un amigo cruel) mirando hacia la pared. Al otro día me levanté tempranito para ir a Montevideo.
 
Habíamos quedado con Pablito y su novia de hacer dedo en la parada 25. Íbamos a la capital con la finalidad de ver el partido final del campeonato uruguayo entre Peñarol y Danubio. El cuadro de la franja había estado puntero casi todo el campeonato y el manya había ganado los últimos siete partidos en forma consecutiva. Después de un rato de hacerle dedo hasta a las bicicletas, pasaron dos tipos en un Corsa que ofrecieron llevarnos hasta la entrada a Pan de Azúcar. Sólo subimos al auto por causa de mi precipitación, porque no percibí que los locos venían mamados y que, pese a que eran como las nueve y media de la mañana, recién volvían de la joda. Yo estaba tan contento porque nos hubieran levantado que apenas notaba los bandazoas que daba el auto por la ruta Interbalnearia, que parecía de jabón. Tampoco vi la careta que se puso el conductor mientras soltaba el volante porque yo venía justo detrás de él. El acompañante, que parecía el maestro Splinter pero sin la sabiduría, nos ofrecía unas pastillas de frutilla y, cuando las rechazábamos, nos decía que aceptáramos tranquilos, que ellos no andaban en nada raro. Y mientras tanto, yo veía el pelo teñido del conductor, que respondía con monosílabos a la perorata de Splinter, cuya voz apenas se oía del asiento de atrás, donde sonaba mucho más fuerte el “Bombón asesino” desde los parlantes supersurroundsound ubicados a la estratégica altura de las orejas (porque el oído no se usa para eso). Iba a ser un día extremo: ruido, calor, cerveza helada junto con el almuerzo, estadio lleno y Peñarol que se come cuatro goles inapelables. La verdad es que el cuadro no jugó a nada y Danubio estuvo bien armadito. Vi de pie la vuelta olímpica de Danubio, que ya se la había dado en la cara a Nacional. Pero, sin embargo, los escasos hinchas de la Franja, gritando a todo pulmón cascado, no conseguían opacar los coros de lo que restaba de la gente aurinegra. Nunca tuve una camiseta de Peñarol y debo reconocer, además, que durante los cinco años que el cuadro fue campeón ininterrumpidamente, me aburrí un poco. Hace tiempo que quiero una camiseta de Peñarol y, si el cuadro hubiera ganado, no habría podido comprarla para no dar la imagen de “pastelero” o “exitista”. Pero ahora lo decidí: me voy a comprar mi primera camiseta de Peñarol.
Estaba un poco triste cuando levantamos las mochilas en la terminal de omnibuses. Revisé el celular y tenía dos mensajes. Uno de ellos decía “quedamos terceros por culpa de ustedes” y lo remitía mi padre, hincha de Defensor. El otro lo remitía Anita, la novia de Marcelo: “ahora sí vamos a ejercitar las muelas: expiró Pinochet”. En plena terminal de Tres Cruces, en un domingo lleno de gente, grité a voz en cuello “¡murió Pinochet!”, alzando los brazos más fuerte que en el festejo del único gol carbonero de esa tarde. Pasa que es época de festejar.
Y bueno, me he comprometido a pagar el asado. Lo único que me duele un poco es que los gordos comen como lima nueva y que después me va a incomodar un poco acostarme en el piso con la panza llena (seguro que el plancha también viene). Pero qué se le va a hacer, la perspectiva de bajar unas buenas tiras de asado, unos chorizos de rueda y unos vinos uruguayos me hace olvidar esos dolores escuetos que en momentos flacos nos pesan tanto.
 
Si querés adherir a los festejos y comer algo de garrón por vía electrónica, escribí ya a ifdep33@gmail.com y ganarás fabulosos premios, entre los cuales se cuentan la grabación en audio de algunas de mis charlas con el gordoo algunos de los comentarios de la gorda al plancha en pleno cataclismo.

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
Esta entrada fue publicada en gordos, narrativa propia. Guarda el enlace permanente.

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