Papá Noel es Fidel, mal que le pese a…

Estimados, pacientes y escasos lectores: la demora en volver a publicar algo en este espacio tan maravilloso que me llena de emoción se debe a muchos factores que podrían resumirse en uno, y que ni siquiera importa. Agradezco si todavía alguno está ahí y, si alguien quiere mandar algún comentario, puede escribir a ifdep33@gmail.com, adonde es seguro que llegará. Me dejo de preámbulos. Con ustedes, los personajes:

-¡Papá Noel es Fidel, gordo! Fijate vos que el otro día, en pleno frenesí vendedor, en la tele te lo muestran con sus barbas blancas y con camisa colorada, junto a Chávez, que también usaba una camisa con el color de la coca cola. Bueno, ya sé, me dirás que Chávez prohibió a Papá Noel en Venezuela porque le parece gringo, con lo cual se pasa por donde ya sabés toda la tradición que viene del medio oriente. En una de esas aceptaría una versión brasilera del superhéroe, él que es tan amigo de Lula, que ahora juega por el centro, quizá porque aprendió a encarar las sólidas defensas adversarias de frente y no necesita más encarar incisivo por la izquierda, bueno, capaz que está lento y juega como el Mago Capria, parado en la mitad de la cancha y con el nombre. Lo que te decía, en una de esas importa al Papai Noel, Momo do céu de Tribalistas, que si no lo convence Marisa Monte el hombre es inconmovible. ¿Sabés qué?
-…
-Debe ser como mi tío, el que no dejó que en la casa vieran los Simpson. Lo que pasa es que mi tío sólo se diferencia de Homero en que toma coca cola en vez de Duff. Es igualito. Pero en el caso de Chávez, él sabe que un Santa Claus guajiro es imposible, sobre todo por el calor que le impediría vestir esos tapados ridículos. Además, y lo que es más importante, es más lampiño que un frasco. La única materia que tiene aprobada es la de los viajes, cosa que debe haber aprendido con el Papa que fue a Melo o con Sanguinetti, nuestro cejudo colorado. ¿Y si Sanguinetti se dejara luengas barbas níveas?
(El gordo levanta una ceja)
-Astori no podría ser, imaginate un ministro de economía repartiendo regalos. De repente podríamos tener nuestra ministra de Desarrollo Social Noel repartiendo regalos de emergencia, Mamá Marina en el trineo junto con alguno que regale concesiones municipales y, en vez de renos, perros hambrientos cuyo pelaje fuera blanco y colorado. Y atrás más perros sin color atrás de las migajas que llevan al hogar luego de que la bruja los ha abandonado por lo mucho que comían y lo poco que producían. ¿Puede un tipo con nombre de cacique indígena asimilarse a la figura de un viejo bueno que regala cosas en el cumpleaños de Jesús? Y, hablando de eso, en el pueblo se comenta que el tal Jesús, que figura como hijo de un carpintero, es fruto de la unión carnal de la María con el Noel, un turco de la frontera. Muchos dicen: “no ves que la barba es igualita” y las mujeres, que siempre ven el costado psicológico, comentan “es la Culpa, por eso hace regalos el día del supuesto cumpleaños del gurí, que fijate si le habrá dado poca bola que ni siquiera se sabe bien en qué fecha nació el pergeño, que terminó más clavado que…”
El gordo sigue sin hablar, como pensando que su formato físico lo hace pasible de vestir ropas rojas y reírse jo-jo-jo. Porque es sabido que vivimos en una sociedad que cree mucho en los cuentos de hadas: para muestra baste que nuestro presidente acaba de decretar que se celebrará una vez al año el día del “Nunca Más”, en la que Peter Pan (o Robin Hood que es más o menos lo mismo), discursea de traje y corbata todos los años. Claro, porque eso es algo que no envejece: el discurso es siempre el mismo, es eterno como el tiempo y siempre sobrevuela y subyace, pero no vuela ni hace. Pero creo que no habla porque se considera satisfecho, como si el asunto de la minita nueva lo colmara de sentimientos.
Rato después, en plenos festejos, pude hacerme de una asadera grande que me servía de escudo. El gordo temblaba en un rincón, asediado por los cacerolazos furibundos dirigidos por su ex, apoyada por el plancha Néstor que, con una mano tiraba bombitas brasileras y con otra había dejado de manosearla a ella para tirar cuchillos y espumaderas. Por suerte estaba muy drogado y no le enfocaba. Lo que más lamentaba yo, más que la súbita guerrilla luego de ella se enteró de lo de él, era el asado que se desparramaba por el piso. Como pude, lo saqué para la calle sintiéndome un guerrero medieval o uno de esos que están el estadio todos vestidos de negro, como Gargamel. Lo llevé corriendo -no sé cómo pudo hacerlo- hasta la casa de unos conocidos, donde justo sobraba un disfraz de Papá Noel.
Y allí dimos con nuestros huesos, en plena Rambla de Punta del Este, disfrazados de Papá Noel y chupando cerveza. Yo me encontré con mi fiancé y él, rato más tarde, estuvo abrazado de la Jézica, que lucía un amarillo fluorescente en sus cabellos de morochita que se quiere parecer a las porteñas que salen en la tele, que a su vez se tiñen para parecerse a las gringas, a las pocas gringas inmunes a la comida de la marca de la M (de mierda) que están buenas y salen en la tele, eso sí, demostrando que las rubias son taradas, cosa que se encargan de recalcar los porteños que no se pueden agarrar a sus propias rubias, esas rubias que vienen a Uruguay, donde las uruguayas que se tiñen de rubio trabajan en el sector servicios o, si tienen plata, dan lástima. Pero la Jézica no porque vive con la madre, que trabaja en la Intendencia (creo que entró con los blancos, pero ahora es del Frente).
Terminamos entrando a un baile que cobraba doscientos mangos la entrada a los machos. Yo había salido del asado de casa con bermuda, chancletas y una camiseta blanca manchada de vino y entramos gratis al baile gracias a los pechos prominentes de la que le había prestado el disfraz de Papá Noel al gordo. Fue imposible no encontrar conocidos de Treinta y Tres que, aventuro a modo de teoría, se encuentran distribuidos en todos los bailes de esta república de manera que en cada jolgorio hay por lo menos dos olimareños, para que éstos se encuentren mutuamente y luego se encarguen de contarlo y, en algunos casos, de quejarse. Nos volvimos antes de que la gente decidiera emprenderla a botellazos, con lo cual aquí estoy sanito y despierto para escuchar, en un informativo de la mañana, que el verdadero Papá Noel es Lula, que aumentó en treinta reales el salario mínimo de los brasileros.

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
Esta entrada fue publicada en gordos, narrativa propia. Guarda el enlace permanente.

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