"Éxito", si es que logré publicar algo

Un escritor uruguayo

 

Estimados y escasos lectores: esperaba escribir unas palabras inteligentes aquí, pero estoy en un cíber. Está cerrado por el aire acondicionado, unos gurises gritan, el loco de la computadora de en frente me encaja las patas arriba, suena Concierto FM y la vieja encargada del local echa un aromatizante. Hace minutos he comprobado que no puedo mandar unas fotos por gmail. Por eso, me limito a reproducir lo que me ha pasado con los gordos:
-La verdad, gordo, es que te envidio.
Silencio seboso.
-Sí, esa capacidad tuya de no ser nada y de ser tan elocuente y tan sincero.
Seboso silencio.
-Claro, como tu asunto con la Jézica, sí, porque nunca contaste nada, todos pensábamos que vos no hablabas por una especie de pundonor o algo así pero no, era pura sinceridad.
Sebo en inacción.
-Porque si vos no contabas nada es porque no era nada, porque no sos nada y la Jézica tanto da si se llama Jézica o Marileen, lo importante es aquello y vos siempre lo supiste y es por eso que tenés esa cara de melancolía, no porque añores algo o porque la falta de ejercicio físico te engrase los engranajes sino por la más pura comprensión de la esencia fatal del universo.
Ni siquiera chupa el mate.
-Te envidio, gordo. Mirame a mí: ¿vos pensás que yo soy algo? No, m´hijo, yo tampoco soy nada, pero no me puedo callar. Entonces aburro a la gente con los mismos cuentos de siempre…, que cuando fui a Pelotas (ver primera entrada de este blog, miren que está bueno), los cuentos de cuando estudiaba y éramos todos una manga de sátrapas (como todo otro estudiante), las historias de la Boladilla, que se tumbaba con toda facilidad en los montes y la chupaba con bolsita pero sin embargo pedía autorización a su madre para ir a Montevideo y lloraba cuando ésta no la dejaba, el tema de los libros y de los malos escritores, todas esas cosas…
¿Respira?
-Ah, el otro día me pasó de nuevo lo mismo… No sé si te conté pero bueno, vos escuchás… Un tiempo antes de las elecciones, bastante tiempo, ya alguien me había dicho que era parecido al doctor Amaral, un médico de mi pueblo. Eso hubiera quedado olvidado si el tipo no hubiera sido candidato a intendente y si no hubiera ganado la elección. Arreciaron. Estuve dos o tres días en Treinta y Tres y nadie dejaba de notar el parecido, salvo mi familia, que militaba en contra de la opinión generalizada, sobre todo mi padre, obviamente. La gente me decía Gerardo y yo empezaba a responder. Como el día en que Amaral ganó las elecciones: estábamos con Carlitos y el Mimo mirando el festejo del Frente y de repente me palmean el hombro con efusividad. Era un viejo que me decía “felicitaciones doctor” y yo, que no quería decepcionar al pobre hombre, tuve que responderle “gracias, la victoria es del pueblo”. Ya me habían confundido con otro Gerardo, uno que es cantante de cumbias, pero la cosa no había adquirido mucha masa crítica. En Maldonado, varios se quedaron mirándome y una mina me llamó Santiago, parece que soy igualito y que el loco agarraba brutas minas. Me acuerdo de esto porque el otro día, después de que un perro que salvó su vida milagrosamente me masticara un libro de poesía muy caro para mí, fui a la panadería y me miraban de nuevo. Otra vez me confundieron con Amaral. Un matrimonio de Treinta y Tres, y parece que son amigos del hombre de la infancia.
¿?
-Sí, es lo mismo de siempre, el concepto del doble en la literatura, pero ahora en la vida. Y, encima, con asimetrías: uno que tiene poder político, otro que canta en un grupo de cumbias, otro que parece que es macanudo y es famoso por sus mujeres. Y yo que no soy nada, gordo. ¿Gordo? ¡Gordo!
No sé si duerme o si está muerto. Por las dudas, le espanto las moscas que se posan sobre su cuello vencido, esas moscas que ignoran si Fidel ha muerto o no, si Pluna se vende o no, si encuentran a la gurisa que desapareció, si viva o si muerta, si los argentinos siguen bloqueando los puentes, si este mosquito que anda en la vuelta va a morir por mi mano o no. Lo cierto es que el Gordo anda cansado: la Jézica parece que es medio tigresa, sobre todo a juzgar por las marcas de uñas en su espalda (lo vi cuando iba a bañarse, andaba envuelto en una toalla de la panza hacia abajo), lo tiene muerto, seguro, el loco debía estar desentrenado porque hay que ver que, si bien la Jézica carece de algunas piezas, parece muy capacitada para el revoleo de caderas y el Gordo, por más que cargara con aquel peso, no es muy atlético que se diga. El peso en cuestión, para los desinformados, es su ex mujer, con quien convive él y convivo yo porque se vinieron a pasar la luna de miel a mi casa un buen día, se pelearon pero aquí están. A ella la he visto poco últimamente porque suelen encerrarse con el Plancha Néstor en mi cuarto y yo duermo en el sofá duro del living. Al Plancha lo saludo con un movimiento de cabeza cuando pasa con algo hacia su barrio. Me está ayudando a hacer la mudanza, aunque no sé hacia dónde van mis cosas. Si ahora tengo la barba un poco larga es porque se llevó mi afeitadora eléctrica. Dejé de peinarme no por moda y, después de todo, la computadora no me era tan útil. Pero me preocupa porque a veces se oyen algunas discusiones un poco violentas y ella llora, e diz que vai embora, e diz que vai embora. Pero el hecho es que me confunden. Lo que pasa es que el otro día vi a los ex marido y mujer a los besitos. ¿Serían novios el Plancha Néstor y la Jézica? ¿Yo sería yo o un intendendente frentista? ¿Por qué los argentinos nos tiran bombitas de humo desde atrás del muro de Hernández, mi vecino del fondo en Treinta y Tres? ¿Por qué estoy inmediatamente en el piso superior de una academia de clases particulares diciéndole a los gurises que junten las cosas e imponiendo mi voz por sobre la del presidente de la República, todo dentro del más espeso humo que tiraron los argentinos? ¿Por qué un diputado blanco cuenta que andaba por calles vacías en la China? ¿Por qué me pongo a escribir esto?

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
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