Entre lo inundado y lo volado

Mi padre, además de plantar la mitad de mí en forma de semilla, me fertilizó la semilla del pensamiento en la forma de la palabra “Defensor”. Recuerdo ir al jardín de infantes y conocer por primeras veces la expresión facial de “¿qué estás diciendo?” cuando, al ser interrogado acerca de mi preferencia futbolística, respondía con un vocablo violeta. Treinta y Tres no era tierra fértil para semillas moradas, por lo que tuve que recurrir al atavismo de hacerme de Peñarol, igual que mi abuelo gallego, que llevaba a mi padre y a mi tío a ver los partidos del Peñarol del 49. ¿Pueden creer que el desgraciado vio al mejor Peñarol de la historia y después se hizo de Defensor? Quizá se trate de una vocación por lo proporcionado frente a lo masivo, donde lo aldeano no muere. Volviendo al que esto escribe, y obviando el detalle de que Defensor acaba de clasificarse a los cuartos de final de la Libertadores frente al Flamengo (había que ver al cuadrito del Parque Rodó haciéndoles ver el gusano loco a los cariocas sobre el final del partido en el propio Maracaná), hay algo que no se puede erradicar. Y eso es un espíritu de cierto aislamiento respecto de las mayorías, una mirada un poco más detenida porque normalmente no hay apuros por el campeonato. Una mirada que ha sabido ver desde abajo, desde la B, pero que también ha tenido el punto de vista del que gana. Los cuadros grandes son incompletos durante la mayor parte de su historia porque en general no se les inunda la casa. Tienen el infierno cerquita porque basta salir segundo para que se declare la catástrofe. Los chicos tienen mucho más margen entre el cielo y el descenso. Un cuadro grande sólo se convierte en tal cuando una quita de puntos y una bruta crisis lo pasean por los suelos como si fuera una cucaracha reventada, para después florecer de nuevo por todas partes, como los hongos. Eso le pasó a Peñarol y me renovó los bríos manyas. Pero, al mismo tiempo que proliferan los pétalos mirasoles, el árbol violeta se exporta al continente y pronto tendrá que enfrentarse a la tradición gaúcha. Si la cosa es a tomar mate, nos ganarán por el tamaño de la calabaza pero no por el trabajo de hormiga porque nadie lo hace más que nosotros. En una suerte de bigamia deportiva, estoy hinchando por dos cuadros, mientras el mate de la mañana se hincha, Pía se despierta, Pablito manda un mensaje y el texto se detiene por un rato, que termina derivándose en una salida en bicicleta a cortar el aire frío que corta, desemboco en lo que me quedaba de la olla de lentejas después de colgar las sábanas lavadas, celestes contra un cielo más o menos celeste. Ese es el mismo cielo que los otros días se volcó sobre Treinta y Tres y llenó el pueblo de agua, por lo que ahora las gentes solidarias vuelcan ropa y provisiones sobre el departamento, que a causa de todo lo que le ha llegado está más pesado. Me acuerdo de las tipas de la plaza y me pregunto qué habrá pasado con las tipas recién plantadas en campañas.
Todo tiene su lado gorda y su lado gordo. A partir de cierto momento empecé a considerar a la Jézica y la Plancha Néstor como meros adyacentes circunstanciales que no hacen más que ensalzar la gloria de los actantes grasos. Me he venido a vivir solo. Me fui de la casa en la que vivía y allí quedaron los gordos, que no sé si me habrán echado de menos. Cada tanto paso en bicicleta, como choteando, y olisqueo el aire para adivinar el testimonio volador de un huevo frito en su nido de papas fritas. Un día, de noche, pasé y vi las luces prendidas. Sabía que el portoncito de al lado estaba abierto porque el candado se había partido cuando el gordo forcejeaba con él en una convulsión de llanto y me mandé por el costado. Era consciente del miedo cerval de los gordos hacia todo lo que viniera del patio, a la sazón harto descuidado. Me mandé entre los matorrales de yuyos hiperarbóreos y empecé a escuchar el caceroleo irregular que denunciaba una de sus rutinarias trifulcas. Un chillido acá, un alarido allá atrás de una silla. El silencio. La cumbia al rato. Todas las luces prendidas, como si no las pagaran. ¿Ya escucharon que caos es anagrama de asco? Con los cuidados del caso, me encaramé por un lugar desde el cual podía ver la ventana del que había sido mi cuarto y, como no quiero caer bajo el rótulo de porno, sólo podré decir lo que más me llamó la atención: de los cuatro, que por cierto se mezclaban sin concierto, parecían diferenciarse dos y dos, con una fuerte tendencia a gordo con gordo, flaco con flaco. Por supuesto, el gordo no olvidaba su pasado de inspector de tránsito y el Plancha no abandonaba lo ilícito, que en ciertos ámbitos es lícito, no sé si me entienden… En portugués se llama “suruba”.
Imagino que al otro día se habrán percatado de haber sido espiados por el rastro ácido que dejé contra la ventana del caos desordenado. Ahora, retirado frente a la paz de mi computador, vuelvo a pensar en términos místicos contrastantes. Una dialéctica de opuestos me ilumina mientras las nubes tapan el sol. Tengo mi lado Borat (vean la película de ese nombre) y mi lado Boris. Uno es el sector jocundo y el
otro es el colérico. Mi lado Borat es falaz y de lenguaje galopante y mi lado Boris es un pura sangre trancado en los pantalones a medio poner porque llego tarde al laburo. A su vez, y esa es la relación con la inundación: tengo un lado coherente y veraz y otro fantasioso y mendaz. ¡Ataque Defensor!

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
Esta entrada fue publicada en Defensor Sporting Club, fútbol, fútbol uruguayo. Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a Entre lo inundado y lo volado

  1. >¡Ah! ¡Conque esas tenemos! Una especie de Dr. Borat and Mr. Boris…Sono tutto tremante… No te aparezcas por mi casa de noche (y menos desde la ventana).

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