Grêmio: deu pra ti, vou pra Porto Alegre, tchau…

El miércoles pasado, 16 de mayo, me tomé un ómnibus a Montevideo después de la Asamblea Técnico Docente. Para los que no hayan tenido participación en una de tales reuniones, le paso algún dato: se hacen simultáneamente en todos los centros educativos secundarios del país y lo que suele hacerse es constatar que el gobierno de la educación hace todo lo que no hay que hacer, ya que descubrimos que más o menos una vez por año cambian todos los reglamentos, lo que sume a los estudiantes y profesores en la anomia más profunda y eso no hace otra cosa que lograr los objetivos de las autoridades: todo empeora y cada vez somos más los potenciales desencantados pasibles de ser convencidos en una campaña electoral. A fuerza de costumbre, uno empieza a sentirle el gustito a la discusión entre docentes, lo cual se ve reforzado porque siempre se hacen la ATD en días de sol y en el liceo en que trabajo la empezamos temprano para que la conversación no ocupe enojosamente el día. Por eso fue que antes de las dos de la tarde ya estaba montado en un ómnibus de Cot, con el solcito empollándome desde la ventana. Me iba a la capital de nuevo. Creo que la última vez había ido al estadio a ver la final del Apertura entre Danubio, que ganó, y Peñarol, mi cuadro. Fui con Pablito y Melina y me morí de calor. Quedé de pie observando la vuelta olímpica del rival. Ahora volvía a ver a Defensor contra Grêmio de Porto Alegre. Un cuadro de barrio, aunque bien administrado, contra un equipo que ha sabido ser campeón brasilero y que en la última temporada había salido segundo o tercero. Acababan de ganarle al São Paulo, reciente campeón. Y venían confiados a ganarle a un cuadro que tiene camiseta violeta porque cuando se formó el cuadro ese color era el único que quedaba en la tienda a la que fueron a comprar uniformes. Defensor acababa de clasificarse en el Maracanã frente al Clube de Regatas Flamengo, un club que se jacta de ser el que tiene “a maior torcida do mundo”. Ellos se cuentan por miles y los de la viola a veces se encuentran.
Llegué a la capital y compré la entrada en un supermercado, baratísima. Lo recaudado se donaba al Hospital Pereira Rossell, allí donde más niños nacen en nuestro país. Como no me daba mucho tiempo de hacer cosas en la ciudad, me metí a un cíber. De afuera llegaban los gritos de los hinchas gaúchos que se iban incorporando cervezas uruguayas. Ya los había visto en la terminal de Tres Cruces (a nossa rodoviária) y sentí una suerte de conflicto por mi natural amistad hacia los gaúchos y mi simpatía por el “tricolor gaúcho”. Pero eran los adversarios. Ya dentro del ciberespacio me encontré con Márcio, un gremista de Pelotas, que desbordaba confianza en la victoria de su equipo. Su ánimo era el mismo que el de sus coterráneos que copaban buena parte de la tribuna Colombes del Estadio Centenario. Gritaban organizados desde mucho rato antes del partido, cuando llegué a la tribuna opuesta, que no estuvo ni cerca de llenarse. El frío me llevó a sentarme contra la tribuna América, atrás de un murito, todo arrollado y encapuchado. La Olímpica debe haber llegado a un setenta por ciento de su capacidad y la América recogía en su seno a los más fanáticos de Defensor, muy pocos. No se había cumplido el minuto de partido y, frente a mis ojos, el tuerto anotaba el primero después de un córner. Entonces fue cuando empecé a donar la garganta a la causa. Un rato después vino el segundo. En el entretiempo, pude ver como se encontraban emocionados dos hinchas de Defensor, perdidos entre la multitud de gente de otros cuadros que llegaba solidaria. El segundo tiempo le correspondió al juez chileno, de lamentable actuación que no pudo perjudicar al cuadro chico como parecía ser su intención. No puedo poner aquí las cosas que le grité al cochino porque las damas se sonrojarían. El desgraciado contribuyó al desgaste de mi garganta. Hasta que se fue el partido sin que se viera para nada el juego de los brasileros, disonantes con su torcida gritona. Vamos a ver qué pasa en la vuelta… En todo caso, y para los que quieran acusarme de algo, me autoincrimino en la foto en que estoy abrazado de un colorado, el Ubira, que habrá festejado por partida doble la derrota tricolor, si se tiene en cuenta que es un claro ejemplo de la identidad fronteriza, porque es uruguayo y brasilero al mismo tiempo, pero un enfermo del Inter de Porto Alegre.
Al otro día volví a la realidad desde un televisor en Maldonado. Tuve que ver a Danubio ganarle otra final a Peñarol, esta vez por penales. Cumplo ahora con mi aporte al ciberespacio, donde no voy a hablar de los gordos orgíasticos que me han ocupado porque el fútbol, en ciertos momentos, todo lo supera.

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
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