Ellos como Gandhi, yo como el amigo de Bush


Siempre entro al video con ciertos criterios a la hora de elegir una película. Basta decir que salgo contento cuando consigo algo que no es de Hollywood. Esquivo con toda premura todo aquello que se parezca a una comedia con Ben Stiller o Jennifer Anniston o cualesquiera de sus genéricos. Las de terror son esquivadas con fintas rápidas rumbo a casi cualquier cosa que no esté en inglés. Así fue que me topé con una película italiana ambientada en los territorios en litigio entre Israel y Palestina. Un profesor o escritor árabe con su familia de mujer y cinco hijos resistía los embates de ejército hebreo. La película se llama “Domicilio Privado” en su traducción al castellano (“Private” es el original) y se trata de la invasión de la casa de esta familia por parte de una unidad del ejército israelí que ocupa el segundo piso. De noche se oyen tiroteos y pueden ustedes imaginarse el estado de la familia.
No voy a ponerme a sostener que un cineasta italiano me plagió, pero parece que hubiera vivido algo de mi vida. La tragedia consiste en que dos fuerzas antagónicas sostienen un conflicto en el que está en juego algún valor fundamental. En este caso, el padre de familia se mantiene firme con la convicción de que abandonar la casa sería un gran paso hacia el odio, ya que la claudicación implicaría un miedo que sería la semilla sembrada en los espíritus de los hijos, obligados a la venganza. En lo trágico, las fuerzas se miden con la muerte como raya de cal que limita las reglas del juego. En mi antiguo hogar, también fui invadido, pero no tuve la actitud del palestino. Pero la diferencia, más que el tenor graso de los ocupantes, es la actitud del original poblador –yo en este caso- ya que, sin familia ni nada, me las tomé casi sin decir adiós.
Aunque me he dedicado a la guerra de guerrillas. Sean rápidos como liebres, astutos como zorros y dañinos como termitas. La noche después de haberme metido en mi ex casa y haber extraído los discos piratas que vendían mis ocupantes, miré dos películas pero quedé con una sensación de vacío. No era un retorcijón moral por no saber qué hacer con los cien años de perdón. Ni el frío de la noche. Era pura curiosidad. Una suerte de voyeurismo exacerbado por el acicate de los sucesivos grandes hermanos argentinos que me hacían sentir que mi experiencia no era completa si no husmeaba dentro de la vida privada ajena. Después de todo, ahora estoy viviendo solo y siento nostalgias por aquellas épocas en las que era común ver el jadeo recién casado y, poco tiempo después, el caceroleo beligerante. Extraño ver cómo se incorporaban personajes nuevos a la casa y sumaban al conventillo. Por eso es que me he dedicado a chusmear para descubrir que los integrantes de la casa no están desesperados. No parecen trajinar buscando cosas para hacer. No se pelean. Más bien tienden hacia el amor calmo. Se acurrucan los cuatro en torno a la estufa a leña en unos colchones. Se nota como se rascan las espaldas, como supongo que harán los osos al hibernar. Los gordos siguen gordos y la Jézica y el Plancha Néstor se ven más rellenitos y calculo que no es por la ropa, que por cierto se ponen como capas de cebolla (seguro que tienen olor, porque no los he visto bañarse en una semana). En algo debe influir que junto con mi amigo Farmoca hayamos irrumpido llevándonos el calefón. Esperamos la noche cerrada y en pocos minutos lo desconectamos y lo llevamos, por lo cual ahora la única maldad que me reservo es la de bajar la llave general de la electricidad. Bueno, olvidaba decir que les pinché la entrada de agua y volqué miel en todas sus aberturas para llenarlos de hormigas. Deben pensar que son los gurises del barrio porque les grafiteamos unas consignas planchas.
No sé si lo hago como revanchismo o por la impotencia derivada de no poder darles lo que necesitaban. O tal vez como una suerte de experimento de ciencias sociales con inmigrantes de Treinta y Tres en Maldonado. En la película, uno de los adolescentes de la familia robaba una granada e inventaba un dispositivo que la haría explotar cuando los soldados derribaran una vez más el invernáculo. Era lógico que sucediera porque estaba siendo invadido por un ejército. ¿Son las poblaciones de Maldonado y de Treinta y Tres una intersección similar? ¿Soy ya de Maldonado por haber sido invadido por olimareños? ¿Seré el líder de una nueva intifada?

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
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