Sex Shop y piratería.

 

Ficha técnica: El establecimiento mentado se encuentra en la calle José Pedro Varela casi Joaquín de Viana, en Maldonado.
 
Farmoca está tomando antibióticos y, después de un día horrible que tuvo como figura central a Jorge Rial, agarré la bicicleta buena porque Gregoria se me había pinchado. Fui hasta la casa del que no puede tomar vino. Empezamos a conversar acerca del presente. El pasado depende de la memoria y ésta es flaca. El futuro depende del pasado deshilachado y del presente descuidado. El pasado es un humo y el futuro el recuerdo del humo. Es decir: el futuro es, como el pasado, producto. Una multiplicación de instantes que son productos. Sólo hay algo que no envejece y es la belleza de la forma. Todo es un ajedrez corriendo hacia algún lado cuyas piezas son el placer y el dolor, la vida y la muerte, Jorge Rial y Jorge Borges. El trabajo que da conseguir una vida placentera y la emoción que se te planta adelante como un llame ya. Farmoca que me propone hacer un viaje relámpago a Porto Alegre para ver la segunda final de la Libertadores en un bar. La idea tienta pero el costo del viaje es faltar el primer día de mi nuevo trabajo, que tiene mucho más que ver con Porto Alegre que con quedarme aquí, valga la paradoja. Un auténtico conflicto: perder mis horas de portugués recientemente tomadas o ir a integrar la masa gaúcha. Le dije a Farmoca que, si Grêmio ganaba por lo menos dos a cero, me embarcaba con él. Eso fue dos minutos antes de enterarnos por medio de Víctor Hugo de que Boca ya ganaba por mínima diferencia (recurro al clisé por si alguna empresa de periodismo deportivo convencional anda buscando corresponsales desde las canchas chicas). Boca hizo gala de su habitual eficiencia y le encajó dos más. Zanjado el conflicto vuelvo a considerar que, definitivamente, mi vida me muestra el drama y me lo evita. Mi tiempo es un suave acolchado sobre un colchón de alta densidad. Inclusive mis pérdidas habían sido graduales. Me dejaron de a poco. Me expulsaron despacio. Me fui lento.

En casa, después de haberme cenado unos fideos a la Caruso precedidos por sopa de cebolla hechos por una practicante de Reiki, escuchaba el barullo de llantas arrastradas de un muro atrás de casa, como a las dos de la mañana, a esa hora en la que suenan los pastores brasileros llamando ovejas por la radio. La mañana siguiente di con mis huesos en el laburo pero, la verdad sea dicha, me sentía bien a pesar de haber dormido poco. Lo que sí me molestaba un poco era el recuerdo de Jorge Rial entrevistando de nuevo, repetida ad infinitum, a Rocío Marengo. Claro, pobre, la acusaban de prostituta y ella se defendía mostrando las tetas y un poco el culo. Le creí. En realidad lo que me molestaba era saber su sufrimiento, conocer su periplo psicológico, esa angustia femenina que tiende a desparramarse como una mancha de grasa que empieza por la ropa y te cala hasta el alma. Aunque no del alma hablaban mis compañeras de trabajo. Entre la de inglés y la de matemáticas se manejaba la angustia por no haber leído el Chorizo de Rueda. Una se reía y extendía su cabellera, la otra te hablaba medio de costado, como en una guiñada de “mirá lo que te espera a los treinta y cinco”. Ahora que pienso, la de inglés es vecina. ¿Sería ella la que arrastraba metales en la madrugada? Yo me abstuve de dar mi opinión porque a) se trataba de una conversación de confesión femenina y b) no quedaba digno que contara la verdad. Más tarde manoseaba a otra profesora por los pasillos y ella clamaba “¡Ya no soy adscripta!” como si la condición de tal (recordar la “preceptora” argentina y su culo famoso) pudiera haber puesto algún freno a mi libido. Es cuarentona y habla mucho. Manifiesta mantenerse en un prolongado celibato. Pero, un rato después de ser manoseada por quien esto escribe, manifestó su disposición formular declaraciones a Chorizo de Rueda. Dijo que su ginecóloga, profesora de Reiki y mentora le insufló un ánimo venéreo ya que, según dice que dijo, la realización del acto amoroso full (es decir, con amor) conecta con la energía crística (¿Cristo tenía vagina?).
 

Luego de pensar acerca de todo lo que he escrito (casi sin pensar según se desprende de la estructura del texto), recuerdo que se ha instalado un nuevo negocio en el vecindario. Quizá el sex shop del barrio sea un bomberito para el ardor de mi vecina que arrastra cadenas (la verdad es que me asusta menos pensar en la posibilidad de un herrero en pena). Acaso florezca el barrio en furtivas visitas a un comercio que sólo permite la entrada de mayores de dieciocho, de dieciocho a veintidós y de a dos. Los niños del barrio otean a través de un vidrio espejado que no llega hasta arriba y deja ver unas nalgas de mujeres.
Lo bueno de la vida es vivir desde un ojo menos hollywood, bailando con Mogambo en “El Castillo”. Desde un cumpleaños donde la cumbia subía y bajaba su volumen gracias a un pelado muy parecido a Marcos (aquel golero del Palmeiras y la selección brasilera) y, convenientemente adobados, salimos rumbo al baile de cumbias. Habíamos pasado el otro día frente al Centro Español, donde lucía cual estandarte un pizarroncito con la inscripción “Esta noche pateamos con Kabanda”. Mogambo, una orquesta de Artigas, cuenta con una línea de tres en el ataque: uno sin digno de mención por la punta derecha, una mina de calzas apretadas y botas llamativas al centro y por la punta izquierda un negro grande parecido a Marcelo Danubio Zalayeta. Arrancaron con el bombón asesino y, después, estaba tan ocupado bailando que ni cuenta me di de qué tocaban. Empiezo a tener recuerdos dignos de mención cuando se trata de películas. “Sueño de una noche de invierno” no necesariamente se refiere a lo que produce salir a bailar en junio sino a lo que les pasa a unos serbios. El drama shakespereano baja al suelo que ha sido arrasado por la guerra para el encuentro de una mujer con una hija asesina con un ex convicto destrozado por la guerra. Él recuerda haber formado parte de una leva forzosa que lo condujo a irrumpir en el seno de una familia festejando y a presenciar su masacre. Prevalece la ternura y no el impulso castrador como en “Hard Candy”, donde una adolescente de catorce años trae contra las cuerdas a un treintañero con pinta de que va a abusar en cualquier momento de la gurisa, que resulta ser toda una psicópata torturadora. La castración se hace efectiva recién en la próxima película: “London to Brighton”, donde se trata la prostitución infantil y aparece un viejo con la entrepierna ensangrentada (y no es menstruación). Confieso que he mirado arrolladito estas dos últimas películas con temor a perder mis caros huevos. Confieso, además, que la película inglesa que se menta en último lugar –junto con otras dos que todavía no he visto- fue comprada de nuevo en la feria. Cuando me encontré con mi Amigo Peludo y me comentó de la página de Marciano Durán en términos encomiásticos (http://www.marcianoduran.com.uy/ y http://www.tartatextual.blogspot.com/ la de mi Amigo Peludo) ya habíamos comprado las películas en el puesto de la feriante macanuda, que ahora exhibía los discos de una manera mucho más recatada, pero más tentadora. Tuvimos que buscar dónde estaban las películas porque parece que los fondos de Estados Unidos han dado sus frutos. ¿Sabían ustedes que el gobierno del país que a nosotros nos queda al norte dedicó unas partidas presupuestales a las policías de latinoamérica para combatir la piratería? Ya había visto los efectos nefastos en Pelotas y ahora en nuestra feria de los domingos. Nuestra industria pirata había recibido un golpe fuerte y ahora los discos truchos están escondidos entre prendas de vestir, como si fuesen tetas. Los discos, redonditos, se mostraban impúdicos a los compradores. Ahora, gracias a la censura del puritanismo anglosajón, nuestra piratería se pone ropa arriba.
La deriva continental del pensamiento me hace ver que los dos mates que compré y empecé a curar con “Caña con Butiá” podrían ser tapados por un corpiño. Puede que sean las reminiscencias de la de inglés arrastrando cadenas (que, ahora que me detengo…, coinciden en su aparición en el tiempo con la fundación del Sex Shop). Ando perseguido desde hace un tiempito. No sé si será el loco que me miraba en “El Castillo” con cara de “te conozco”. No sé si será desde la antepenúltima visita a un video club, cuando todos los que estaban adentro eran conocidos, menos una mujer a quien se la veía con una ganas locas de saludarnos. Creo que es por eso que sólo se puede entrar de a dos al Sex Shop: imaginate a la mujer del vecino con el bolsito chismoso saludándote y preguntándote por la familia mientras comprás lubricante anal y un látigo aunque, claro está, ella está comprando unas revistas para su alicaído Pocho. No sé si será la mina que me parece que anda en un auto en todos los lugares adonde voy. Después de una alerta meteorológica que no permitió la llegada del viento, voy cerrando esta entrada en un día azul y frío. Voy haciendo una listita de compras para después.

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
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