Noche de San Juan

 

El miércoles llegaba desde mi primer día en mi trabajo nuevo –uno para el cual jamás me preparé- cuando me dieron ganas de comer un alfajor. El deseo tendió a su extinción con la vista de un kiosko ubicado en una esquina que tiene un semáforo ininteligible. Una vez que hinqué los dientes en el postre del camino, se descolgó un chaparrón que me hizo masticar como quien saborea. Me acordé de Llarvi y su hermano Franquinho da Viola (ver www.tartatextual.blogspot.com). Me acordé de cosas que ahora no recuerdo. Esperé que parara el agua y pensé en mis pies recalientes y el sudor de mis axilas que gritaban por un baño de agua caliente. Cuando pude retomar mi camino hacia casa, apuré las calles por miedo un nuevo aguazo. Llegué a casa y, el día antes de empezar el invierno, vi como el cielo se aclaraba de golpe, como si Zeus hiciera un pliegue como una mueca de complicidad que se concretara con una bruta manga de piedras que excitara el objetivo de mi Olympus. Una cámara es un ojo que tiene erecciones para penetrar en la esencia del mundo. Una cámara es, lo dirá un diccionario, una habitación. Habita la luz que guiñó Zeus antes de barrer el patio hacia abajo.
Durante todo el jueves no vi a Gloria Pena, que se hizo esperar hasta el viernes, en forma de una muerte y otras cosas. Me conmoví al enterarme de que murió un tipo común, que estaba por irse a vivir con su novia. El dolor tiene mucho que ver con la distancia, ya que el deceso de un cantante popular sólo logró hacerme reflexionar acerca de si me gustaba cómo cantaba o no. El pueblo del sol también ensangrenta nuestras bocas los días nublados. Tuve una pesadilla esa noche y debí despertarme con ánimo fiscalizador para descalificar los grados de realidad de mi percepción onírica. Respiré aliviado pero con algo de la resaca de la tristeza, lo que me sirvió como una suerte de balanza. (Nada que ver con sendas parrilladas).
El sábado fue de chuletas y luego de baile. Tuve que actuar de líbero en un baile que se llevó a cabo desde las cinco de la tarde hasta las nueve de la noche. Hice de portero, corrí asientos, apagué luces, transporté parlantes, rechacé invitaciones a bailar, entregué abrigos, comenté cosas, puse “Feliz Navidad” por José Feliciano entre todas las cumbias, cuidé baños, conversé con unos que hacían puerta, no hice nada durante largos períodos en que otros se divertían, el diyei me dijo para hacer algo un día, le dije que sí, cuando quieras, fui testigo del conteo del dinero, me fui. Me dormí temprano para poder despertarme muy tarde el domingo.
Salí a digerir los tallarines verdes caminando por las calles, muy preocupado por el problema de secar la ropa o alcanzar el número cuarenta y ocho, hasta que venía arrimándome al jardín de infantes “Happy Children” (¿verdad que en la lengua de otro país queda más lindo?) y me dio por meterme en la casa de al lado. Algo me invitaba a irrumpir. Un grado de destrucción, una arruga en la coherencia. Encontré lo que parecía un fragmento de pueblo bombardeado. Parecía un libro de visitas de irrupciones, un Sarajevo local en el cual hacía pocos días había estado el ex intendente gordo, según dijera la vecina que no vaciló en preguntar “¿qué hacés vos acá?” cuando me vio salir a disparos limpios de lo que había averiguado era una ruina rodeada de tierra aplanada recientemente, cosa notoria gracias a la íntegra ausencia de yuyos. Una energía turbia manaba por esa entrada a la que alguien había escrito “Rap”. Allí donde hay destrucción crece la flor del rap. Y de ruidos derruídos hablando, en la mañana estuve escuchando la incoherencia de FM Gente, donde recordaban glorias de la radio del interior. Por la esquina de la emisora pasé y una bicicleta sin tranca robé con la imagen (puede que también se la robe el muñeco de la pared, puede que se la afane el próximo transeúnte). Parecía haberse mimetizado, algo carcomida, con el verde desgastado de las paredes. La silla de bebé me traía a la memoria la bici que le robaron al funcionario oriental La Diao. Acontece que este laburante del estado, poeta como todo funcionario, suele transportar bucólicamente a su hija Lu A’n a bordo de una bicicleta. Le afanaron el birrodado y, como cuando le habían hurtado la camperita adidas al Marcelo y buscábamos rabiosos tres rayas blancas sobre fondo negro por las calles, el tipo andaba con los ojos como dos de oro buscando su bici amarilla. Hasta que la encontró, encaró al loco y se quedó con la máquina. Eso lleva al equipo de CHORIZO DE RUEDA a suponer una forma de adquirir una bicicleta en Maldonado y zonas aledañas: pare a uno con pinta de plancha y dígale que la bici es suya, ya que seguramente ésta no sea suya (del plancha) y, aunque ésta no sea suya (suya), dada la condición mal habida de la misma, obrará la ley del más fuerte y su usted es convincente y firme se hará de un birrodado birrobado. Un Chicago Boy no podría explicar mejor esta adquisición de miles de años de perdón. Y, en el marco del ítem “Sugerencias criminatorias”, CHORIZO DE RUEDA se permite pergeñar un atentado con pintura. La foto desenfocada del comercio del ramo alimenticio sito en la intersección de las calles José Pedro Varela y Zelmar Michelini no está mal tomada sólo por impericia del fotógrafo, sino debido a que un vórtice de origen subterráneo y relacionado con agentes extraterrestres que borronea todo que allí se puede ver. El acto vandálico sugerido es el siguiente: tome una cantidad suficiente de pintura y enseres de pintar y proceda, en la noche cerrada, a dejar prolija la fachada del local. Usted hará un daño bárbaro, sobre todo si considera que borrará las esmeradas letras que indican de ortodoxa manera dónde va la basura (más orto que doxa). Esta página, en unos momentos de investigación lingüística, se abstuvo de “llamar golpe” y continuó hacia un hogar sin tele. La caída del sol todavía no llegaba a callar al perro que ladraba desaforado de arriba de un techo, como todo perro que habita encima de un techo. Llegué esquivando perros hasta casa, donde empecé a vivir sin demasiados testigos mi noche de San Juan.

noite de São João
para além do muro do meu quintal.
do lado de cá
eu sem noite de São João
porque há São João onde o festejam
para mim há uma sombra de luz
de fogueiras na noite
um ruido de gargalhadas
os baques dos saltos
e o grito casual
de quem não sabe que eu existo
El grito casual de ese que del lado de allá de la frontera con Brasil está saltando alrededor de una hoguera no sabe que puse el disco de Vitor Ramil para escuchar el poema de Fernando Pessoa ni que en seguida puse el cedê de Kléiton & Kedir para escuchar otra canción llamada Noite de São João, esta vez desde adentro de la fiesta. Pienso en cómo sería dejarlo todo e irme a vivir a Brasil, donde cumplía sesenta y cinco años Gilberto Gil, cantante y ministro da cultura. Hace un frío de la gran puta. Podrán imaginarse los escasos lectores que hayan dejado de hacer algo para pasar la vista por este CHORIZO que, en estos momentos en que el piano con letras no logra calentar mis dedos, estoy balconeando hipotéticas noches de San Juan, más solo que la inteligencia.

 
 
 
 
Posdata: acabo de enterarme, a través de www.tartatextual.blogspot.com, que Valentín Trujillo ha ganado el premio “Narradores de la Banda Oriental”. El libro se llama “Jaula de costillas” y seguro que está muy bueno.De Maldonado van saliendo, ya que el portal www.montevideo.com.uy me ha informado que uno de los que han obtenido mención en el citado concurso es Ignacio Olmedo, artiguense de sempiterna vida fernandina, con su libro “La turca tatuada”.

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
Esta entrada fue publicada en Premio Nacional de Narrativa, Vitor Ramil. Guarda el enlace permanente.

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