Chang and Eng and Things Like Them

 

Chang and Eng. Es el título en inglés de la novela de Darin Strauss que estoy leyendo. Se trata de los primeros gemelos siameses. Ojo, no de los primeros que lograron vivir pegados sino de los primeros que cobraron notoriedad desde Siam (Thailandia) y que, gracias a su vida “artística” dejaron adherido el gentilicio a su problema congénito. Eso es raro y real, aunque un libro lo cuente desde las trincheras de la ficción. Pego la lectura de este libro, que ya había visto en “El Duende”, a la noticia difundida en nuestros informativos acerca de unas niñas siamesas que han nacido en Montevideo.
Considere lo que sigue como ficción.
Un adolescente de quince años se balancea de atrás hacia adelante y viceversa, viceversa, etcétera. Parece un duende y habla con voz aguda. Pregunta algo que no le puedo contestar, cosa que vuelve a hacer. Suele hacer esas cosas porque su cerebro no se acopla con la energía del contexto. Termina yéndole bien porque alguien se da cuenta de que ha mejorado con respecto a su historia.
Una adolescente de trece o catorce años me deja ver sólo su espalda, que es vasta. Sus aguas familiares tienen un padre de setenta y pico y una madre de treinta. El hermano anda en sus cuarenta. Recuerdo habérselo comentado al mozo del Oasis, que se sentó a nuestra mesa y se puso a conversar, y él me dijo “la madre anda con el hermano”. La suposición me pareció acertadísima, sólo que él atribuía esa estructura familiar a otro caso que conocía. Todo se repite. Incluso quizá en este momento alguien esté escribiendo lo mismo que yo. Ella pierde porque no sabe nada.
Una mujer adulta puede llegar a medir, con condiciones de iluminación, temperatura y humedad controladas, un metro noventa. Se dice que el rapto de Helena provocó el asedio de Troya y cimentó la fama de Homero. En esta época Simpson, ella es Troya, si se tiene en cuenta su extensión. La belleza de la primera es algo histórico. Se sospecha que Mary Shelley ha intervenido en esta creación de pocas palabras.
Un hombre puede ser muy alto y muy tímido, muy suave. Cualquiera podría suponerle un parloteo rococó, pero habla sólo lo necesario y su voluntad sólo roza los límites del aceptable.
Alguien como yo no ve otra salida que leer un libro acerca de unos siameses siameses. Sólo el frío de estar sentado ahí me deja saber que estoy adscripto al mundo real, aunque todo parezca raro.
A partir de aquí, la realidad.
Como nadie ha movido un pelo yo, pelado, he debido encargarme de los papeles. Se va el hombre alto y refinado y también se va la alta. Líber está escuchando a Darnauchans. Es realmente bueno, tanto que arriesgo a decir que es mejor que Dylan, de quien fuera telonero. Líber reflexiona sobre la esencia ruidosa y monótona de alguna banda de rock uruguaya y me muestra un roncanrol del Darno, con letra de un conocido poeta pelado. Viene un poema en el que hay unos “minutos acurrucados”. El Darno se preserva en el alcohol de una arruga rara del tiempo. Lo escuchamos parados, en homenaje puro. Los honores del silencio.
Había amanecido escuchado “Tango” de Vitor Ramil, que se parece tanto el tango como una oruga al Gusano Loco. “Crom virda escrevrermos artre” suena como “con vida escribimos sartre” o quizá “con vida escribimos arte”. De eso me di cuenta hoy, que he reparado en asuntos que me parecen raros, sin intentar repararlos.

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
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