El chorizo sale de viaje

Faro de Colonia

 


 Créditos: ha participado, como asistente ejecutiva y productora de esta entrada de Chorizo de Rueda, P.L.

La noche antes de partir, me dormí mirando “El buen pastor” (The good shepherd), una película sobre los comienzos de la CIA actuada por Matt Damon, Robert de Niro y algún otro que el sueño ha borroneado. Al rato de salir de Montevideo, me di cuenta de que el hombre del asiento del costado era un anglohablante. Llevaba una de esas guías de “South American Spanish” en la que seguramente se habría aprendido algunas de esas frases para que te den informaciones y servicios. Probablemente un turista que anotaba en su libretita algunas cosas que no llegué a entender muy bien, pese a haberlo fotografiado de refilón. ¿Habrá sido verdad o simplemente el territorio embarrado del sueño que le daba el fin a una lentísima película de espías? Los únicos testigos de mis acciones de espionaje –excepción hecha de la productora de Chorizo de Rueda- fueron dos planchas que venían en los asientos de atrás del gringo chiquito y barbudo. ¿Son los planchas unos íconos de la realidad o de la ficción, como mojones? Estoy pensando acerca de los límites cuando en la radio hablan de Roy Pati, un hombre de Colonia acusado de exhibición pornográfica porque colgaba relatos porno en interné en los que utilizaba las identidades y descripciones de gente de Rosario, su pueblo. Por si quieren averiguar, la página es http://www.peterpaulxxx.com/ ¿Cometió delito o solamente fue mal gusto? Estamos constantemente atravesando los límites entre un lugar y otro. Y, cuando no te cobran por entrar, podés terminar en un psiquiátrico.
La cosa es q
ue llegamos a Colonia, derechito al Hotel Colonial, al cual habíamos accedido a través de
http://www.hihostelling.com/, (quizá ustedes lo conozcan como “Alberguistas”, hablamos de cosas baratas). Chorizo de Rueda pensaba hacer un informe en Porto Alegre, pero varias razone$ lo inclinaron hacia Colonia del Sacramento, ciudad que pasó rápidamente a ser objeto de las consabidas armas semióticas. Como sabrá todo aquel que ha cruzado la frontera allende sus mocos, cuando uno sale de su entorno habitual, lo hace munido de una atención al detalle de la que no hace gala en casa. Le llama la atención, por ejemplo, lo ancha que es la avenida General Flores, la principal de la ciudad, que se parece un poco a 18 de julio pero no. Le interesa el modo de caminar de las personas, piensa que esa misma gente lo mira a uno. Entra en restaurantes y repara en el mantel de papel en el que se cuenta una historia en español e inglés. “Dicen que la primer (sic) comida que se realizó en aquel grupo de expedicionarios tenía las intenciones de ser el festejo de la misión cumplida, pero parece que el cocinero quedó impresionado de (sic) toda la vegetación, los aromas y los colores que vio, que salióa a buscar nuevos condimentos para sazonar la comida ya con gustos de las nuevas tierras. Y demoró tanto, pero tanto en volver, que los hambrientos comensales estuvieron a punto de organizar la primer (sic) gresca “callejera”, digamos, de la futura Colonia del Sacramento” El intento de mito termina con que la comida les gustó y esas cosas. Cuando leés eso y no sos de ahí, te sentís turista y por lo tanto distanciado por una barrera económica de los lugareños.
El personal de Chorizo de Rueda se apersonó en un vidriada oficina de informaciones turísticas sin saber muy bien qué preguntar. “Podríamos comenzar con el plano de la ciudad” arrancó la funcionaria de tono afectadísimo y uñas pintadas de rojo. Recitó cual padrenuestro la localización de los museos y la forma de acceder a ellos. El remate de su discurso grabado fue “a partir de aquí comienzan cinco kilómetros de rambla en perfectas condiciones”. ¿Por qué? C. de R. cuestiona la estética evidente (por su ausencia) y la estética subyacente (por su servilismo municipal) de la declaración de la mujer de pelo pintado. Pedimos la remoción de la funcionaria (o por lo menos de su esmalte de uñas). Cuando ya nos retirábamos, se apersonó un gringo bajito que fuera espiado por C. de R., pero que su evidente carácter de turista le bajaba los niveles de interés periodístico.
C. de R. destaca el inmenso caparazón de mulita gigante que hay en uno de los museos, junto a una cabeza de tigres dientes de sable (dientes arreglados por el dentista Bautista Rebuffo, cuyo nombre es llevado por el museo y a quien se erige aquí un mármol electrónico:
http://www.mármolelectrónico.com.uy/) y un mamífero machazo que hacía temblar nuestros suelos hace algunos miles de años. El Museo Rebuffo fue visitado luego del fenómeno resorte. Fue así: entramos primero al museo lindero, pero debimos salir despavoridos por causa de la reacción de la funcionaria municipal. Se levantó cual encohetada en las nalgas blandiendo nuestro deber incumplido de pagar la entrada (que, a la sazón, costaba 25 pesos para recorrer como cinco museos). Cuando por fin entramos a la casa de Nacarello, luego de pagar en el Rebuffo y recorrerlo, la señora de ojos dispares disparaba “sí señor” seguido de una perorata cada vez que escuchaba al escritor de C. de R. hacer una apreciación, lo cual demostró que usaba un ojo para ver a éste que digita y el otro para no ver a la productora ad hoc del Chorizo.
Colonia del Sacramento da para poco tiempo en el que se ve profusión de gringos. El personal en ejercicio del Chorizo caminaba por la avenida 18 de julio cuando se decidió hacer una observación participante en la esquina de tal arteria y Yaguarón. Pare de Sufrir. Faltaban pocos minutos para que, a las tres de la tarde, comenzaran las actividades. Aquello se iba llenando de gente. Cuando ya el local estaba bastante poblado, pude apreciar la coloración de las cabelleras, fuertemente inclinado hacia el rubio naranjizo con infaltables raíces negras y blancas. Era un espectáculo teatral gratuito. Y real. Los personajes: la feligresía, unas gurisas con unas camisetas en las que rezaba “colaborador”, un organista y un pastor brasilero rubio de pelo cortito y campera de cuero. La escenografía: ex cine prolijamente pintado, red de amplificación, altar ostentoso, decoración en segundo plano. Nuestro equipo periodístico cantó las canciones cuando había que cantarlas y entrecerró los ojos cuando había que cerrarlos, aplaudió. El pastor llamó al frente a las personas enfermas y fueron un montón. Después llamó a los que tuvieran deudas por cobrar. Puso en práctica sendos rituales rapidísimos que precedieron a que nos llamaran a todos al frente. Nos íbamos quedando sentados cuando un asistente nos invitó a acercarnos, lo que no pudimos declinar. Todo había comenzado en la calma que precede a la brisa. Después vendría el viento más fuerte que diferenciaba el simple “orar” (a diez centímetros del micrófono) y “clamar a dios” (con el micrófono bruscamente llevado a los labios). El verbo discurrió hacia “sacar hacia afuera” los demonios, luchar contra el Diablo y
cosas que no se entendían en el vendaval de gritos. Había que tener las manos arriba, como en un asalto. En un momento, hice la prueba de bajarlas y percibí la diferencia ya que, además de estar mucho más cómodo, dejaba de sentir la vibración de los parlantes en las palmas. Todavía no iban a cobrar el diezmo y la gente revoleaba unos pedazos de papel higiénico decorado. El equipo periodístico no fue capaz de registrar nada más por causa del más puro miedo.
Al volver a Maldonado, vimos que la iglesia estaba siendo pintada. Nada más.

 

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
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