Cultura en camión

Una película argentina se debe a antiguos melodramas en blanco y negro. El cine de nuestros vecinos parece estar destinado a oscilar entre “El Manosanta” (Olmedo et al.) e “Iluminados por el fuego” (Pauls & cía.) Todo se muestra fuerte. La estupidez chilla ostensible y el dolor desgarrante le canta a coro. El tiempo que pasa entre una película y otra es un descanso que ayuda a reflexionar acerca de la permanencia de algunas cosas. El tiempo futuro es tal vez la mejor forma de hablar del presente y el pasado, es decir, del presente, porque sólo se ve lo que está allí. Generalmente, como enseña la ciencia ficción –la buena y la mala- hablar del futuro supone una visión abstracta resumida a una nota que ha cambiado. Los ambientes opresivos donde la tecnología está al servicio del control social acaso sean la consecuencia de mentes torturadas por su visión crítica de un mundo que hace agua.
El otro día me fui de paseo con Vasil el Mudancero. Tenía la tarde libre y me invitó a dar una vuelta en el camión. Supe que no iba a hablarle de “La sonámbula”, esa película argentina que muestra un 2010 onírico en blanco y negro. Sin embargo, me embargaba la convicción de que Vasil, a pesar de su padre comunista de la vieja guardia, había sido un espectador entusiasta de las tetas de la Coca Sarli, cuya carne mustia se puede ver hoy en día, de tanto en tanto, en el mismo programa donde una señora mayor teñida de rubio hace alarde de su torpeza. Y no es esta una de esas críticas despiadadas en las cuales un uruguayo descubre con moralina todos los defectos que no tiene pero sí ostentan los que están del otro lado del río de barro. Porque, si pensamos dos segundos, por algo conocemos los tales programas y películas. Me comprometí a llevar el mate (mi mate Ruben, mi termo Jacinto y mi bomba platina) para regar el viaje. Salíamos a las seis de la mañana y estuve allí puntual con el humito del mate dándole vida al aire helado. Vasil ya estaba pronto, con todo y boina. Mi cabeza despejaba la locura que me había infligido el ambiente opresivo y cinéfilo (frases hechas hábilmente insertadas, inevitable melodrama). El aire frío congelaba mi felicidad de día de sol. La camisa de tartán de panza saliente denunció la salida de Vasil. El saludo parco nos vio en segundos en los respectivos asientos sobre el motor que empezaba a calentar. A las cuadras habíamos parado en una panadería a por bizcochos para que el mate no cayera en saco roto. Hablamos del motor del camión, de los impuestos al gasoil, de cuánto da por litro. ¿Y no le puso el “fuel shock”? Él estaba un poco caliente por la reforma tributaria, porque percibía que le había aumentado el combustible. La verdad es que yo no entiendo mucho de aumentos y descensos de la temperatura. Lo que sí me parece entender es ese reflejo uruguayo que encuentra desastres con una facilidad pasmosa, con o sin pruebas. Por ejemplo, el otro día cuando fui a pagar el agua a la inmobiliaria. Era lo mismo de agua que de luz. El de la inmobiliaria saltó como un resorte despotricando contra la empresa del agua, hasta que se dio cuenta de que se había olvidado de dividir el consumo entre tres, ya que mi consumo está compartido con los viejitos que me alquilan mi sede. Pero Vasil no se detuvo demasiado en la cuestión de la queja, ya que enseguida pasó a hablar de mudanzas y asesinatos. Recordó la vez que encontró un cuerpo abajo de la rueda del Kia (según se narra en
www.lanovelarobada.blogspot.com) y eso lo llevó a hablar de los afanes y la política carcelaria. Me explicó que, antes de que yo llegara, le había llenado el tanque al camión con un bidón. Había tomado la costumbre de vaciar el tanque por la noche y llenarlo de mañana, aun cuando el camioncito quedaba resguardado atrás de unas rejas, en el patio delantero de la casa. Es que lo afanaban igual. Íbamos a José Ignacio y pasamos por el puente de la Barra. Después de esa parte donde se aglomeran las casas y los edificios nuevos y en construcción tuvimos la vista maravillosa del mar de Manantiales. El otro día escuché a alguien diciendo que Punta del Este es el lugar más lindo de Uruguay y debí discrepar porque, aunque no dejo de reconocer las bellezas de la zona, tengo que considerar también el tremendo daño que ha sufrido a fuerza de la construcción de edificios fruto de la lavandería de billetes. La discrepancia que sé que estás teniendo, Damián, me remite a nombrar la necesidad que tengo de conocer este país, que suele ser tan desconocido por muchos de sus habitantes, quienes de seguro ignoran que Ordeig no es una localidad noruega sino que pertenece al departamento de San José. Por eso me gustan los viajes con Vasil, porque nunca me muestra la postal. Te lleva por el mundo real. Atiende un divorcio desde la perspectiva del traslado de muebles. Es el que se encarga del aspecto material de las psiques divididas. Eso fue lo que hizo al no darle bola a todo lo que decía aquella mujer a la que se le notaba una tinta novísima que intentaba decirle al mundo “mirá que puedo tener sexo contigo en cualquier momento”. Era densísima. Por suerte, a la vuelta, levantamos a un albañil veterano que empezó a instruirnos en la escena putañera del Camino General Aparicio Saravia. Desde los travestis que “no sabes cómo la…” hasta las minas que laburan en equipo y aquel compañero de la obra que estaba enamorado de la gorda de “todo por 50”, aquella que se quedó grabada de buzo verde en mis retinas, cuando a las cinco de la tarde empujaba un fitito en el Paso de la Cadena. Me acordé de la que changaba con ocho meses de panza, con quien nuestro albañil había yacido en los yuyos. Vino a mi mente la Rolling, una que te mostraba la lengua cada vez que pasabas, eso sin olvidar los travesaños de la rotonda del Hípico, que te decían “vamos a hacer algo lindo, papi”, y etcéteras varios. En realidad, el albañil narrador –hombre sesentón evidente- últimamente no había gastado plata para satisfacer sus genitales ya que tenía una mujer en el barrio Leonel. Según él, “pesa ciento veinte kilos pero es suavecita, tiene veinticuatro años”. No nos dio tiempo a nada porque inmediatamente nos dijo que, claro, “nadie se la iba a coger”. Ella le cocina y le lava la ropa y la relación con su suegro, menor que él, es muy buena. Van los dos al fútbol los fines de semana y hasta se maman juntos. Algo que no entendí fue por qué nos pidió que lo bajáramos a la altura del Jagüel, justo donde una muchacha tenía el culito orientado hacia la calle. Hicimos unos comentarios con Vasil, que se vieron interrumpidos cuando entramos a Maldonado y empecé a darme cuenta de por qué los camioneros son tan babosos con las mujeres cuando me descubrí chiflándole a una flaca que se reveló horrible una vez que nos habíamos acercado pero que media cuadra antes prometía con unos contoneos apelativos.
Ya estaba meándome cuando me bajó en la esquina de la carnicería, donde me compré mi churrasco del día, como lo exige mi grupo sanguíneo. Porque, oh veganos, la carne es un preparado natural a base de pasto y/o raciones o, más resumido, las vacas son pasto procesado. Vamos, que estuve comiendo ADN. Eso me ha permitido reflexionar acerca de que mi instinto me hace oscilar entre la carne y el razonamiento en blanco y negro. Como el cine argentino, que sobrevuela un río de barro que requiere de los pilotos de barco más duchos del mundo según va contando Carlos María Domínguez en “Las puertas de la tierra”, recientemente publicado por Ediciones de la Banda Oriental.

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
Esta entrada fue publicada en narrativa propia, Vasil el Mudancero. Guarda el enlace permanente.

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