Soñando con Begnigni

Hablaba con mi novia del lado de afuera de la ventana de mi cuarto en Treinta y Tres. De pronto ya estaba oscuro y empezaba a sonar una canción de León Gieco desde el celular negro. Sabía que era para mi hermana y se lo tiré hacia el pasto, donde ya había caído la noche. Como percibí que no lo hallaba, fui a tantear en el suelo para colaborar en la búsqueda, esfuerzo que se reveló vano cuando vi que ella empezaba a hablar.
Roberto Begnigni llega atrasado, de camiseta blanca y calzoncillos ídem. Es su boda y lo espera una mujer frágil y hermosa que empieza a recitarle un poema de amor. La realidad fuera del sueño indica que el protagonista de “La vida es bella” es un poeta que tiene a su cargo un curso universitario. En atención a la etiqueta del que ya vio una película, conviene no revelar demasiados detalles de “El tigre y la nieve”. Aunque abrir un poco la ventana no está mal del todo: imagine un italiano verborrágico y enamorado que no vacila en esquivar bombas en una Bagdad acribillada. Probablemente aparece en esta película uno de los papeles más raros que se haya visto hacer al francés Jean Reno, que compite con su actuación en Godzilla.
Cuando le dije a Vasil el Mudancero que se trataba de una comedia me preguntó si las minas estaban buenas, en una clara reminiscencia sofóvica. Le expliqué que el mecanismo era otro. No pude encontrar una forma satisfactoria para transmitirle el carácter fuertemente poético de la película, acaso porque la comedia que aquí nos llega consiste justamente en un vaciamiento de todo contenido sofisticado. La idea es que no haya ideas. Golpes y porrazos. Cameron Diaz (así, sin tilde) que es una versión bonita de Beatriz Salomón. Podríamos decir –pensando sobre la marcha- que son obras que, si bien se fijan en las tetas, no piensan por encima del cinturón. Es decir, apuntan hacia arriba y no hacia el fondo del ser humano. Tuve que resumirme a explicarle que el personaje era un profesor loco que se iba a Irak y lograba conmover a un gordo soldado yanqui. Me comentó que él lo que había tenido era un profesor muy borracho que preocupaba mucho a sus alumnos los días que iba fresco. Dijo que el hombre daba clases de Literatura y que, al parecer, no estaba muy de acuerdo en la diferencia que establecía Paco Espínola entre la embriaguez y la mamúa. El profesor estaba en pedo de literatura y sostenía que las comedias clásicas habían ido en andas de Dionisos. Claro está, soy responsable del enunciado anterior, ya que Vasil me dijo “el tipo decía que los escritores eran todos mamados, yo la verdad es que me mamo pero por suerte no me da por escribir.” Me dio por contarle el cuento de Espínola en que un mamado le decía al otro “la yegua es suya”, y “no, es suya” respondía el interlocutor. Supe que no había podido transmitir la emoción que yo había sentido al leer el cuento, cosa que sí había logrado hacer Paco conmigo. Estuve a punto de comentarle que ese era el leitmotiv del personaje de Begnigni: transmitir las emociones. Pero justo se nos tiró un loco en una moto por adelante. Lo peor de todo es que ni siquiera era un repartidor de pizzas. (Merece un capítulo aparte la figura arquetípica del “motoboy” como emblema de la osadía irracional, todo un ícono a cliquear por mentes adolescentes.) Mis comentarios acerca de la película se vieron truncados por el choque de la moto contra un ómnibus de Maldonado Turismo que iba llegando a la parada.
Cuando me desperté de lo del celular negro en la noche ídem supe que León Gieco cantaba desde el disco que había arrullado mi siesta de las cinco de la tarde. Me había levantado temprano para grabar unas presentaciones para “Sagitaire” y luego derivé hacia un asado donde me recibieron ofreciéndome toda clase de bebidas alcohólicas que no quise. Sin embargo, no pude rehusarme a hincar en diente en un fémur de cordero que se me ofreció como trofeo por el Freddy, novio reintegrado de Gladys. Conocí a un hombre que tenía la habilidad de transitar por los términos “verga”, “garchar”, “concha de su hermana” y demás con toda naturalidad pero, eso sí, con una limitación: no podía evitar decirlos. Una versión de Midas escatológico. Hube de reconocerme cansado y me acosté. El despertar me dejó en la parada del domingo de noche, un sentimiento parecido al de la película “Lejos del cielo” con Julianne Moore, con colores pasteles, marido homosexual y hombre negro imposible.

 

 

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
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