Las vaquitas son del Papa, las ideas…

 

 
Últimamente, tengo problemas en el ángulo donde se concentran los fiambres y las carnes. La montonera de gente en los horarios pico de un supermercado –que se llena de gente y aun así sólo tiene dos cajas habilitadas- me sofoca. Además el fiambrero (alto, de lentes, cara de bobo) demuestra que ha obtenido el trabajo hace poco tiempo. Mientras alguien más capacitado para vivir en ambientes sofocantes se mantiene en la espera por el fiambre que se corta parsimoniosamente, voy en procura de una flauta y puedo ser testigo de cómo se enamora la panadera. En el propio momento en que voy estirando el brazo para sacar la baguette, un tipo de campera negra se está retirando de la panadería bajo los auspicios de una sonrisa que no se borra. Se lo conté a Vasil el Mudancero y me preguntó de qué panadera estaba hablando y me dijo que justo a esa no la conocía mucho, pero que a una de las de la frutería la había “paseado en el camión”. El tiempo pasaba a distintos ritmos. El del fiambrero nuevo se arrastraba dificultoso, el de la fiambrera marchaba notoriamente más ágil y sutilmente fastidiado, quizá por tener que cargar con todo el peso impuesto por su compañero el caracol. La panadera flotaba y yo esperaba, recostado contra una de esas heladeras abiertas donde hay pizzas. Me puse a estudiar el paisaje humano y fue por eso que llegué a escuchar como una empleada del supermercado se acercaba a una de las cajeras y le decía “anda el padre de tu hijo”, a lo que la otra preguntaba “¿anda solo?”. ¿Por qué le interesaba si el otro andaba solo si era evidente que no era su pareja? Aquí es donde debe arder la imaginación. Lo que yo calculo es lo que diría Vasil, que de seguro pensaría que la mujer quiere y quiere (p. y p., es decir, eso y plata). Tal vez la pregunta de la cajera tuviera algo que ver con el instinto policial que denotan a veces las mujeres, en proporción directa con la tendencia fugitiva de sus hombres. Quién dice que no fuera una escena del drama sostenido por la gente sin recursos. Sin plata y sin cabeza, muchos se ven forzados a jugar con las cartas más viles. Los mantiene hacia adelante el escaso número de manos ganadas.
He aprendido varias cosas en mis viajes con Vasil el Mudancero. Además de saberme al dedillo la escena de la prostitución callejera y el repertorio de groserías para decirle a las minas, he sabido del quiebre de matrimonios y su impacto en la mudancería camioneril, he aprendido de ejes y llantas, de lonas carreteiro y sobre cómo disponer la carga establemente. Pero tal vez lo que más me ha gustado de irle de cebador a Vasil es la oportunidad de oler y escuchar, esto último sobre todo cuando para (en portugués “pára”) el motor, el campo de Uruguay. Me hace recordar, además, haberme metido en bicicleta por el medio del campo en mi ruta hacia el Chuy. Los pájaros van acompañando las subidas y bajadas del terreno irregular. En “El baño del Papa” , unos bagayeros hacen en bicicletas de los ochenta el camino de Aceguá a Melo transportando contrabando hormiga. Los rebasan los motociclistas que traen hasta ocho garrafas de gas cada uno para proveer el cien por ciento del gas de Melo. (Cuentan que, bajo la égida del director de Aduanas Lissidini, los camiones de las distribuidoras de supergás siguieron de Treinta y Tres hacia Melo por primera vez en veinte años.) Los detiene un aduanero hijo de puta para demostrar que la vida del kilero es difícil. Beto, el protagonista, es un símbolo de la impotencia del que siempre llega con lo justo y algunas veces no llega. Se ve forzado, a pesar de su esencial ternura, a ciertas violencias domésticas. A veces no le queda otra que empedarse en el bar del tartamudo. “Si no le gustan los mamados, que ponga una farmacia” dice como descargo por unas macanas que se mandó. La mujer de Beto es sufrida y la hija sueña con ser locutora. Las actuaciones me parecieron muy buenas desde varios puntos de vista. Me creí que los personajes eran del interior. (Acá confieso por qué: una vez vi una película uruguaya en la que unos gauchos en medio de la Guerra Grande pronunciaban escrupulosamente todas las eses finales a la moda montevideana, que no es mejor). La historia de la construcción del baño es ciertamente absurda y mueve a la risa como varias partes de la película. No hay por qué creerla demasiado. Pero, de todas maneras, es un símbolo del descalabro económico que originó la visita del Papa a Melo en 1988, con presidente de la república y todo. Los arachanes más pobres creyeron que vendrían miles de brasileros que no llegaron. Decidieron esperarlos con chorizos y se quedaron con tremendo clavo. Sin embargo, el film oscila entre la risa y la tristeza. Hábilmente, los directores Enrique Fernández y César Charlone (el fotógrafo de “Cidade de Deus”) no te dejan reírte del todo ni llorar por completo. La música de Supervielle y Casacuberta viste de fiesta simple a la imagen. Melo es una fiesta en la que faltan los invitados.
La historia de esta película uruguaya recientemente estrenada goza de irrealidad irrisoria (tinte disparatado que te hace reír). Sin embargo, capta el ambiente de Melo. Disfruté la película. Me reí, creo que hasta puteé, sonreí imaginándome en la bici entre los tacuruses, me dolió la rodilla junto al personaje de César Troncoso, intenté imaginarme cuáles eran los actores que ya eran actores y cuáles eran los habitantes de Melo. Todo eso cuando había ido al cine con un ánimo fiscalizador. Explico: yo ya había leído “El día en que el Papa fue a Melo” del escritor ……………….. (bueno, es brasilero, creó la camiseta de la selección “verdeamarela”, pero como escritor se parece más a Morosoli que a Jorge Amado), sí, ya digo el nombre: Aldyr Garcia Schlee (por más informaciones sobre el autor, remontarse a la entrada más antigua de este blog). Todos los cuentos empiezan diciendo “El día en que el Papa fue a Melo…”. El padre Julio no va a ver al Papa ni a su ex novia Mirela, Jesús María se había quedado ciego en una charqueada, la negra Martiana criaba sus entenados y se encuentra con unos pollos, Fidencio Oberón es llevado preso sin que éste proteste, el Mono Ubaldía llevaba un camión lleno de borrachos en una suerte de “viaje hacia el mar”, a una prostituta en desuso se le muere un potencial marido casi en los brazos, un abuelo no sale del cuarto para ver pasar al Papa porque a los noventa y ocho años conserva el anticlericlalismo batllista, Lila se roba un corpiño y un tipo le toca las tetas, y justo el Turco Jaber se ha muerto. El libro lo ha editado Banda Oriental, traducido por el propio autor y revisado por Julián Murguía, Heber Raviolo y Washington Benavídez. Tenía este que escribe la presunción de la idea de la película ya mencionada no era una “idea original”. La mantiene. Original se refiere a un origen o un antecedente y el libro de Schlee lo es de un modo claro, sobre todo por la minuciosa descripción del ambiente arachán ante la llegada del pontífice. No se puede hablar de plagio porque la historia no figura dentro del libro, aunque el ambiente es el mismo. Cualquiera podría decir que llegar a ese ambiente es inevitable si se busca el realismo. Ahora bien, es también inevitable conocer los antecedentes estéticos, sobre todo teniendo en cuenta lo reducido del ambiente cultural uruguayo. En ninguna de las entrevistas en las que los directores, productor ejecutivo, actores o cualesquiera de los involucrados en la película se mencionó la existencia de “El día en que el Papa fue a Melo”. El film ganaría al reconocer su carácter heredero. Su estética sería más sólida si pudiera mirar a sus espaldas.
La pizza está buena. El mozo nuevo del “Oasis” se quiere hacer el gracioso y es patético. Actúa mal. Un viejo que hacía viajes al baño se fue sin pagar. Al mozo lo apagué con un gesto que imitaba a un control remoto. Nosotros nos fuimos. Yo me dormí escuchando un homenaje a Barizzoni, un comentarista de fútbol recientemente muerto.

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
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