Ir y volver e ir y volver e ir.

 

 
 Eran manchas más claras en el agua y, con suerte, un soplido de espuma. Las ballenas vienen todos los años a las costas de Maldonado, usualmente a la bahía formada entre la Punta Ballena y la Punta del Este. Quizá se deba a un asunto de corrientes. Sus corrientes migratorias encuentran un remanso en un anfiteatro. Suele juntarse gente a escudriñarlas, que estaciona sus autos y toma mate en familia. Los niños retozan y los padres se entregan al frío del vientito que viene del agua. Supongo que lo que anima a esos espectadores humanos sea saber, de forma más o menos consciente, que ver ballenas es un espectáculo cada día más raro, aun cuando el nivel de los mares va subiendo y ya se ha llevado más de alguna islita del Pacífico. Não posso mais viver assim ao teu ladinho, por isso colo meu ouvido a um radinho de pilha, canta Paulinho Moska bajo el título de “Sonífera ilha”. ¿Llegará un día en que ni siquiera podamos ver las ballenas? Un día en que se descubra que un pirómano se encargó de todos los archivos audiovisuales y sólo la radio sirva para comunicarnos con unas criaturas que han quedado confinadas al pasado.
Los zapallos se acomodan en el carro, aseguró un político al ser consultado acerca de nuestra riqueza ictícola, que probablemente sea nuestra más grande y a la vez peor custodiada forma de vilipendiado patrimonio nacional. Muchos participios, pocos verbos activos. No, señor: no son zapallos. Por otra parte, el cultivo de zapallos depende del régimen de lluvias y de la disponibilidad de mano de obra. ¿Puede una sociedad que paga más por no trabajar que por el esfuerzo estar preaparada para una escasez? ¿Puede un país donde las autoridades de la enseñanza se dedican a publicar librillos institucionales satinados enseñarle algo a alguien? ¿Sabían los cibernautas que se hizo una incautación de alrededor de quinientos kilos de cocaína en Salto, Uruguay? ¿Y que, como consecuencia de la participación en el exitoso operativo, varios de los agentes fueron despedidos de sus 222? Cuando se lo conté a Vasil el Mudancero me sugirió que, naturalmente, es más negocio vender drogas que incautarlas. Le expliqué que se trataba de un mecanismo perverso que nada tenía que envidiarle al tráfico de armas y a las emisiones de gases que están haciendo pedazos el planeta. Fui a decirle que su propio camión contribuía al calentamiento global pero me di cuenta de que eso no haría otra cosa que alentarlo a poner una boca de pasta base. En cambio preferí hablarle de la película inglesa que vi el otro día con Judy Dench y Kate Blanchett. Le dije que ya el hecho de que fuera una película inglesa me atraía, dado que la forma europea de ver el mundo en las películas se me antoja más estética que la de los yanqui, que es más rápida y furiosa. Claro está que no se lo dije con esas palabras, porque él suele responderme que no mira películas por estética sino para divertirse un rato y que las más de las veces si la cosa viene medio lenta se duerme sin solución. Le expliqué que era medio de relajo, porque la maestra representada por Kate –que está divina y es todo un encanto (le dije que está “buenaza”)- no tuvo mejor idea que empezar a voltear con un alumno quinceañero. La respuesta fue “opa” y unas manos frotadas. Lo que ya no le gustó mucho fue lo de la vieja lesbiana que la extorsionaba al tiempo que sentía un amor enfermizo por ella. Pero quedó en verla.
Lo vi el domingo en la feria. Él buscaba una de carreras de camiones que le habían comentado, quizá con Vin Diesel. Pese a lo que cualquiera imaginaría, me dijo que le había encantado la película, pero que tenía una salvedad: las escenas de sexo eran muy breves para él. Me contó que había visto una película en que había una rusa XXX … XXX y, además XXX. Debo reconocer que me conmovió, aunque de una manera diferente a la que se toca uno cuando le cuentan una elaborada historia emocional también inglesa llamada “Breaking and entering” (traducida como “Violación de domicilio”, lo cual es bastante inadecuado, ya que el título en inglés tiene un carácter general que se pierde en la especificidad empobrecedora del traducido; por algo se utiliza “doblar” como sinónimo de “traducir”; otros hablan de “traición”). Juliette Binoche, Jude Law y una rubia hermosa que hace de mujer de Law. Dirigida por Anthony Minghella, que se ejercitó antes con “Regreso a Cold Mountain” y “El paciente inglés” (el apuro hace que no me sepa los títulos originales). Lo que empieza siendo un robo a un estudio de arquitectos en la conflictiva zona de King’s Cross acaba por ser una elaborada malla de relaciones humanas donde, de paso, se hace foco en las secuelas de las guerras de los eslavos del sur, quienes emigran a las islas británicas y pueden caer en las redes de organizaciones para delinquir. Hay recursos cinematográficos que me parecieron muy interesantes. Un ejemplo es un momento en que el joven eslavo ve en la computadora portátil que robó escenas de la guerra de su país que están siendo contadas por su madre (Binoche). Otro momento de alto valor artístico es la música de Bach que se escucha en una escena familiar de Law, su mujer semisueca y la hija autista. La música era ejecutada por Binoche que, alegre por haber sido tocada, toca. Y eso que no menciono la alusión de una empleada de limpieza a Franz Kafka, por cierto proceso que suponía incoado en su contra.
Las veces que he hablado con Vasil el Mudancero acerca de la muerte nos hemos limitado a discurrir acerca de cuerpos despedazados y/o despedidos. Tal vez alguna conversación haya pasado por el tópico de la negligencia médica como modo de asesinato. Lo que nunca sabré es si Vasil concibe la muerte como un límite. Yo lo pude ver así gracias a uno que amenazó con matarme. Cobré consciencia de que estaba perdiendo el tiempo mientras andaba en bicicleta para aclararme las nubes del miedo. Supe que, como un partido de fútbol o un soneto, sólo es posible el disfrute dentro de unos límites. Me parece ver que, en doble sentido, las ballenas se van, como también se van los uruguayos. Quizá sólo pueda comunicárselo a Vasil cuando ya sea demasiado tarde. Como las ballenas y los sonetos, se van los uruguayos con las corrientes migratorias. Por eso he adoptado como mecanismo de defensa y de fruición las películas buenas, los libros, las siestas. Para defenderme de la marcha de los uruguayos sueño que estoy en Miami y las veredas son anchas como en Colonia y una mujer embarazada de rulos nos saluda desde adentro de una camioneta utilitaria. Y cato cada café con leche como si fuera el único.

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
Esta entrada fue publicada en narrativa propia, Vasil el Mudancero. Guarda el enlace permanente.

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