Bajando en Treinta y Tres

Tomo un vino que me empuja hacia la calma,
uno de guitarras de catorce cuerdas,
rueda el agua rumbo al agua
y canta un viejo de barbas blancas
que es un puente con pilares maternos.
Soy de un pueblo de calles nuevas y anchas que son las venas
por donde corre un río que no para,
y mi cuna fue rodeada de campos
que se ven mejor de lejos.

(soneto:)

Cayendo la tardecita, de vuelta por Treinta y Tres,
me voy a visitar los mosquitos,
que le dan rienda suelta a su hambre
a orillas del Olimar.
Floto con el descanso de los botes,
atardezco con agua,
denadece gratitudes el último rebote de unos brillos que se estremecen.
Me acuerdo de cuencas que no tuve y olvido los afluentes de mis brazos.
Ofrendo unas piedritas.
El eco sube para unirse a la soledad de mi alma
y lo que fue multitud del solazo se apaga por unas horas de calma.

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
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