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Garrison Keillor, un grande

A Vasil le gustó la parte que más asco me dio de “El buen nombre” (The namesake) que fue cuando apareció la bengalí putona con que terminó casándose el pajarón del Gogol, quien recibiera su nombre de su padre hindú, que leía al autor ruso justo cuando descarriló su tren. Reconozco que me ilusioné un poco cuando apareció la susodicha porque avizoré algo de emoción para la narra
ción morosa que se empeñaba en contraponer el color rojo de los bengalíes frente a la asepsia blanca y pastel de los norteamericanos, como para que quedara bien patente quiénes eran los cálidos y quiénes los que no nos entienden a nosotros que tenemos una cultura muy rica y milenaria pero que sin embargo migramos igual. Una de esas historias anodinas como tienden a ser todas las demasiado pretensiosas (viene de pretensión, no me gusta que también se escriba con “c”), aburridas. Como cuarenta años resumidos en menos de dos horas parecen un álbum de fotos. A Vasil lo dejé dormir hasta que apareció la putona. Lo desperté y después aprontó un mate pero no siguió mirando la película. Yo terminé y tampoco vi nada por más necio que fuera el pasmado del Gogol. Bollywood.
Me ha faltado el tiempo como no sea para tener ganas de leer. Estoy trabajando en tres lugares y trato de expiar mis culpas sometiéndome a las bolsitas de polvillo amarronado de “Lost” (la primera temporada), que ya no sé si me cansa o me gusta. Los personajes llevan al lector en andas a fuerza de traumas y mentiras, así como de una ansiedad incontenible que no los deja disfrutar el paisaje y los lleva a contar el tiempo en minutos cuando nadie viste reloj. Hay un algo indefinido y unos “otros” ídem que no los dejan estar quietos. Se alude permanentemente al destino, a la mirada (el punto de vista evidenciado por la apertura de varios capítulos con un ojo en primer plano) y a la
purificación por medio del sufrimiento, como una especie de purgatorio donde no se esquiva la teoría del karma. Todos los personajes van delineándose rumbo al estereotipo y el mapa de Australia se cierne sobre ellos como la espada de Damocles que supo ser una colonia penitenciaria británica. El conflicto surge del contraste siempre a los tortazos entre la nobleza y la vileza, entre el amor y el deseo, lo grupal y lo individual, lo inteligible y lo no, lo musulmán y lo otro. A veces se hace previsible para una sensibilidad masculina en algunos retorcimientos de la trama y para la sensibilidad femenina en algunos artificios emocionales. Llevo veinticuatro capítulos de la primera temporada. Tal vez lo que me cansa un poco es que no termina. La paradoja es que eso mismo es lo que entusiasma, porque es del largo indefinido de la épica y de una emoción parecida a la de aquellos libros amarillos de la colección Robin Hood, frente a cuyos relatos no tenemos otra actitud que la de ser niños. Tal vez por eso a Vasil le encanta, además del estado atlético de las minas. (Aunque, lo digo en un paréntesis: le gusta la coreana porque dice que le recuerda a una novia que tuvo cuando era gurí). Diegzor ha prometido algo y propongo un título para un blog: “www.ohgodstoplost.blogspot.com”
Y para postre radio. En la góndola del videoclub figuraba como “Noches mágicas de radio” dirigida por Robert Altman. Llevó algo de investigación saber que el título en inglés es “A prairie home companion” (Una compañía para los hogares de la pradera, o algo así). Para el cartel: Meryl Streep, Kevin Kline, Tommie Lee Jones, John C. Reilly, Lily Tomlin, Woody Harrelson y Garrison Keillor. Resumencito: un programa de radio con publicidades cantadas y músicos que hacen canciones folclóricas y afines en vivo se hace en vivo en un teatro y está por ser ejecutado en pro de un estacionamiento.
La escena transcurre (valga) el escenario y la trastienda, entre el espectáculo propiamente dicho y sus entretelones. Las historias de los personajes se van pintando con trazos naturales que los hacen parecer muy humanos. Lo sobrenatural aparece visible y bello en la forma de un ángel que se viene a llevar a un veterano. Llamaba la atención la calidad de la música y del canto de Meryl Streep o del propio Keillor. Al investigar en los extras del dvd pudimos confirmar algo más emocionante aun que la hermosa película: nadie cantaba en lugar de Streep, los músicos hacen cualquier despelote, Garrison Keillor tiene ese programa realmente y, encima, escribió el guión y lo actuó. A la emoción musiconarrativa del producto final se agrega la belleza de descubrir la composición y saber la sutileza del leve toque ficticio que requiere un talento verdadero y feliz. Garrison Keillor es humorista, músico y hace del anacronismo el marco para el tono acariciante de su obra. Me encantaría escucharlo. Me encantaría que hicieran una película de tono similar con Dolina, ese escritor en vivo que además canta y cuenta. Vasil se durmió pero por suerte no roncó. A mí, si me dan a elegir cualquier actriz de Hollywood, me quedo con Meryl y le pego una patada en el hermoso culo a Jessica Alba. Conclusión: los yanquis son seres humanos y también pueden hacer arte.

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
Esta entrada fue publicada en Lost, narrativa propia. Guarda el enlace permanente.

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