Variaciones

 

Vasil el Mudancero –he de decirlo- está algo cansado de “Lost”. Estuvo todo el tiempo pidiendo que las relaciones carnales pasaran del prolegómeno perpetuo a la concreción más resbalosa. Mas, por ensalmo, el coito de Kate y Ford ha decepcionado a nuestro camionero doméstico. Es que se lo esperaba más guarro, con más despliegue de tetas y pinga taurina, con menos arrumaco posterior y con menos dignidad por parte del otro vértice del triángulo amoroso, el doctor autoritario ese que no para de curar gente como en una especie de karma. Mi amigo el acarreador de muebles y alfombras enrolladas, conocedor de la peripecia humana en su faz más divorciada, sabe de finales y abomina de esas cosas que, como culebras vespertinas, reptan en un guiso cada vez más recalentado y que, gracias a todos los fideos agregados, sólo preserva en sí algo de recuerdo del original sancocho. “Deja, deja, muchacho…” borbotó Vasil, en lo que se refirió al progresivo deterioro del carácter misterioso a favor de un final que se aleja indefinidamente. Y eso que uno lo mira en dvd y no se pasa tres años clavado frente a un televisor yanqui que te satura a propagandas. Vamos por la tercera temporada y a uno lo guía la inercia que a veces sale de su aturdimiento cuando aparece el actor brasilero Rodrigo Santoro que, en doce capítulos, apenas si ha hecho de coadyuvante de una mina que está buena y tiene un pensamiento más o menos bueno en un capítulo. Además, se mueren como moscas, probablemente en consonancia con la caducidad de sus contratos. El otro día Vasil no terminó de ver los cuatro capítulos. “Me voy a los quilombos” carraspeó rascándose los güevos (así los escribe Paco Ignacio Taibo II), y supe que el plural era más fruto de la costumbre que otra cosa, porque mi amigo es un habitué del “Dancing Pamelita”, que está a la vuelta del otro más lujoso. Tal vez sea por el ambiente, porque lo que son las locas…. Hay quienes sostienen que la prostitución es una manifestación de la decadencia humana. Yo, que lo vi, sé que las locas del Pamelita evidencian el desgaste y contrastan con casi todas las otras.
Con el gorro puesto para evitar la llaga cancerosa, me aparecí como a las diez de la mañana por el cubil de Vasil, la “Vasílica”, como le llaman algunos vecinos desdeñosos. Tenía mudanza y yo había quedado de ir de cebador. Caí con los implementos necesarios para hacer el viaje desde un apartamentito caro del centro de Maldonado a unas viviendas nuevas en el Biarritz. Me hizo notar el choque conceptual entre los viejos que agregan el alquiler a su jubilación para parar la olla (sí, para que la olla no se escape) y un barrio construido por el Banco Hipotecario, nuevo y lindo, con árboles plantaditos y vista al arroyo Maldonado. Unos que terminan y otros que empiezan bajo el mismo sol en estos días musculoso. No pude ver mucho del paisaje porque ayudé a cargar cajas y electrodomésticos del camión a la casa. Pero sí tuve una buena panorámica cuando subimos de vuelta y volvimos por una calle nueva que va paralela al arroyo, separada por algún kilómetro de campo. Arrancamos por el Biarritz, que paulatinamente empezó a dejar de mostrar rosales y equipos de aire acondicionado para ofrecer cumbias violentas. Era ya Maldonado Nuevo, estaban allí unas viviendas blancas y con ganas de ser un día una favela a nuestra escala. El campo a nuestra izquierda florecía en bolsas de náilon y la banquina a la derecha reptaba en hilitos de agua servida. Imaginé muertes podridas y sangre con moscas. La pobreza deforma, descompleta. Y subimos de nuevo hasta un Maldonado más arbolado y floreciente, de vuelta a casa.
El destino hace que concurran objetos artísticos similares en tiempos solidarios (es decir, una semana), como por ejemplo la película australiana “The proposition”, en la que un comisario le propone a un criminal que mate a su hermano. Corre la sangre y la vida humana es una peripecia miserable y fatal. Uno llora, otros se maman, una familia fue ejecutada en su cama. Se supone una violación. Otra se interrumpe a balazos. Brilla la fotografía, que es un lujo de contrastes y manejos de un sol indomable. La foto también es social porque se denota el violento choque entre los aborígenes australianos y los británicos que colonizan aquellas desolaciones que en un principio fueron una colonia carcelaria. Empezó medio lenta y Vasil se fue de nuevo al Pamelita. Ha hecho plata estos días y bueno, la vida es como el sistema electoral argentino o como la cabeza de Pancho Villa de “Variaciones en escarlata”.
Me permito hacer una reflexión acerca de cómo debe ser la crítica del objeto artístico si va destinada al público que todavía no la conoce. ¿Tenemos que hacer análisis sesudos amparados en supuesta cientificidad o debemos actuar como carteles señalizadores que le anuncian un lugar al lector? ¿Es ético no decir que algo nos pareció bueno o malo? ¿Existe la obligación de la erudición o pueden fungir también los novatos? Personalmente, voy haciendo lo que puedo y, en momentos aislados, lo que quiero. Hago un intento y después me dicen: Ediciones de la Banda Oriental hace llegar a sus suscriptores un libro que reúne tres novelas cortas (¿o tres cuentos largos?) de Paco Ignacio Taibo II, mexicano nacido en España. “El mundo en los ojos de un ciego”, “Máscara azteca y el Dr. Niebla” y “Mi amigo Moran”. En la primera se huele la pólvora de la denuncia social con ambiente en el estado de Guerrero y el lenguaje brilla coloquial. En la segunda la esquizofrenia te desorienta y te deja la impresión de ser un fragmento. La segunda muestra un punto de vista gringo sobre el cráneo de Pancho Villa, disputado por un detective de la famosa agencia Pinkerton (recuerdo haber leído al respecto en una novela de Conan Doyle, con Holmes y todo). Diría que la primera me gustó, la segunda más o menos y la tercera menos o más. ¿Por qué digo todo esto? Hay algo que he pensado desde hace bastante tiempo. Se trata de la distancia entre los lectores y los menos lectores, del abismo que hay entre los que saben un montón y los que no saben nada, quienes se encierran en sus respectivas burbujas, unos de jazz y otros de villera. No desdeño la influencia de mi punto de vista de mediocampista de ida y vuelta, de casi ciclista, casi escritor y casi interesado en la sociedad y en la política, además de casi co-conductor de un ex programa de radio en una casi radio. Si la literatura puede ser divertida y conmovedora, ¿por qué genera discursos críticos indescifrables para quien no tenga cierta formación? ¿Por qué Vasil sólo vibra cuando las tetas suben y bajan ostensiblemente y la penetración es elocuente? ¿Deberíamos institucionalizar una división en castas o al menos en círculos impermeables? ¿Me resignaré a que sólo quienes tengan oídos me oigan? Tengo unos proyectos que sé que no alcanzarán a casi nadie y quizá ni siquiera a mí mismo. Es raro que escriba todo esto en un día bastante optimista, al mismo tiempo que sé que Vasil ronca en su casa porque anoche fue y la puso.

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
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