Dancing Pamelita

Más o menos así lucía.

Se dedica a José Gabriel Ceballos

El Dancing Pamelita se parece a la ciudad de Buenos Aires, sobre todo por haberse fundado varias veces, aunque en este caso el primer cierre fue por una pelea de un riverense borracho que estaba de sereno de uno de esos carros de panchos donde cabe una persona dormida adentro; la segunda vez llegaron los milicos y se llevaron a Pamelita esposada a la comisaría, la que volvía al rato luego de cansarse pagando la coima; la tercera vez lo clausuró Bromatología de la Intendencia por el olor que desprendía la pirámide de condones sueltos que tanto había costado acumular y estructurar; otro deceso fue más fatal ya que su raíz fue la falta lisa y llana de clientes, quienes renunciaban organizadamente al devaneo y la suposición alrededor de cómo se mantenían las carnes largamente intactas de Pamelita, a la sazón cincuentona, porque el negocio desde hacía unos años vendía ilusión en su estado más puro porque los tragos excesivos y baratuzcos entonaban la imaginación de parroquianos pertinaces que acababan recostando la frente contra el mostrador cuyos huecos no eran ya de codos. Un día a uno se le dio por concurrir a los alcohólicos innominados y con ese fue abolida la clientela que restaba al Dancing (o al Pamelita, según se elija) ya que los otros ya habían mudado sus frentes y sus huevos a quecos más porno, o de repente se habían muerto, quién sabe. Y Pamelita quedó como una anciana desvalida haciendo dedo en una ruta sin tránsito, nada más que en lugar de estar al sol inclemente se encontraba a la sombra de su pasado y de los faroles rojos actuales. Como la mayoría de las geishas locales, era de otro lugar del interior guardado en un recuerdo conflictivo, no tenía amigos reales ni lugares donde caer muerta. Lo único que le restaba eran unos ochocientos mangos que había ahorrado en los últimos seis meses, sobre todo bicicleteándole las cuentas al repartidor de Pilsen, quien en realidad sabía del afane del que estaba siendo objeto y reponía de su propia plata por una pasión mortecina y edípica mantenida con Pamelita, que ya cumplía con los últimos metros del repecho de los cincuenta. Quedaba un pelo blanco que podía pasar por rubio platinado si se lo peinaba bien, un vestigio de su forma de puta, algunas prendas más o menos sugerentes y la irracional voluntad de seguir viviendo, cosas que se conjugaron en la aparición deslumbrante de Pamelita Regueiro en las noches de la Rotonda del Hípico, a unos metros del punto deslumbrante de los travestis, que sólo la toleraron porque se les antojó inoperante, creencia que tuvieron que desmentir cuando a los dos o tres días en lo que era la salida de una curva cerrada, figuraba un kioskito de madera en cuya parte superior figuraba un letrerito balanceante con el rótulo tradicional: “Dancing Pamelita” pintado con prolija letra de maestra de escuela, lo que no era nada comparado con el cartel rutero que figuraba unos cien metros antes donde se leía: “cuidado, curvas peligrosas”, justo antes del cerrado viraje que dejaba al automovilista de cara al puestito Dancing. Al entrar uno se podía topar con la propia Pamelita empeñada en el calenturiento negocio de freír tortas fritas, cosa que hacía para agasajar a los viandantes y conductores. Instintivamente había sabido que lo exótico activa las pervertidas maquinarias de los hombres y hasta de algunas señoras aburridas. Fue por eso que no vaciló demasiado en dar su paso hacia la calle –un lugar que nunca había sido su ambiente-, aun sabiendo la dura competencia del asfalto como eran la gorda de todo por cincuenta y los trabas faloperos del Hípico. Nunca le faltó la caricia oportuna en la nuca del cliente apachuchado y tembloroso luego del torneo, lo que le granjeó la fidelidad del camionero de la Pilsen y que una fracción de la nube de albañiles ciclistas se allegara a su boliche a comer alguna torta y hacer cola para la cola. Paulatinamente los fue acariciando como una pacha mama puta que sabe qué botón se aprieta para sacar de adentro del hombre calloso al bebé enrollado, les iba quitando el deseo, convirtiéndolos en perritos falderos fieles que arrimaban materiales para rearmar lo que fuera un queco mítico. Tablas unos, una garrafita otro, una batería de camión que era sistemáticamente recargada a modo de primitiva instalación eléctrica, un colchón más nuevo, la ceguera policial. Una clientela estable que, con el paso de los meses fue gastando cada vez más en consumiciones que en sexo porque todavía –más que nada en los rudos inmigrantes de otros puntos del interior, hay que decirlo- se conservaba la sana costumbre de “chupar en los quilombos”. Así, Pamelita restituyó al mundo de los vivos a su negocio y de ahí viene su relación con Vasil, un tiempo antes de que los hombres empezaran a ser alentados por sus esposas a concurrir o que se convirtiera en un lugar bueno para jóvenes con armazones de carey.

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
Esta entrada fue publicada en Dancing Pamelita, narrativa propia, Vasil el Mudancero. Guarda el enlace permanente.

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