Mudanza participativa


se dedica a Aldyr Garcia Schlee

Le dije a Vasil que sí, que entraba, porque la verdad estaba precisando unos mangos y el laburo me parecía interesante, más teniendo en cuenta que la empresa de mi amigo el mudancero ofrece servicios variados que otros no brindan. Sin ir más lejos, el sábado hicimos un traslado no convencional. Mudamos casilleros de cerveza a un cumpleaños en Parque del Plata, en el kilómetro 49 de la Interbalnearia. Luego de una ruta caliente y con viento del oeste todo el camino, la niebla a la altura de Piriápolis no me impactó tanto, sobre todo porque no vi ninguna moto Yumbo que nos pasara zizagueando como ocurrió a la altura de Salinas (fueron dos). Lo del viento me llamó la atención porque me bajé a mear entre unos eucaliptus en cuanto llegamos a Parque: el movimiento atmosférico no sólo balanceaba el chorro originado en un termo de mate que me tomé casi todo porque Vasil andaba medio mal del estómago y yo había puesto yerba común. Después de subirme al camión –viendo de reojo la rueda rociada por mi patrón- bastó un kilómetro y medio para que nos encontráramos con la referencia y punto final de nuestro camino: “La caverna de Homero”, uno de esos locales que en algún momento fueron un bolichón que se ha fundido y ahora se alquila para hacer fiestas. Y como en el interior el espacio siempre es más pródigo y lleno de pasto, las instalaciones cuentan con un bruto terreno atrás y a los costados con un pasto curiosamente mantenido. A uno de esos dos costados quedó estacionado el CHANGAN (es curioso como los chinos parecen saber el uso que se les da a sus camiones por estas bandas) que acaba de sustituir al viejo Kia que fue donado a un muchacho que changaba en el Pamelita y decidió hacerse la cirugía estética y dedicarse a las mudanzas (sí, se hizo sacar lo que se había puesto). Una vez que estacionamos, nos pusimos a descargar los casilleros, los vinos y la vaca que habían sido contratados. A la vaca la llevamos obviamente muerta porque el camión no está habilitado por el Ministerio de Ganadería para transporte de ganado en pie y a Bromatología se la elude mejor en las rutas. Además, el bicho iba oculto bajo profusas capas de hielo y una mesa con sillas de plástico que les alquilábamos, sin olvidar las toallas que habíamos levantado en la casa de los padres del cumpleañero en Pan de Azúcar, que nos quedaba de camino. Porque nos habían contratado para un cumpleaños y teníamos que quedar ahí hasta que las velas ardieran y se soplaran.
Llegamos temprano. El del cumpleaños nos ayudó junto a su novia a bajar los cajones, los muebles y la vaca. Nos bañamos para refrescar un poco el caballo y nos sentamos por ahí, sin siquiera pensar que esa era la única opción, ya que con el viento que había no daba para hacer playa ni para salir a reconocer los pozos de las calles de Parque. Se destapó una Patricia y cuando Vasil apoyó el codo a la mesa forrada en cármica supe que quedaríamos ahí. En el sopor de la cerveza empecé a saludar gente. Primos tranquilos, amigos zarpados, la familia, uno de pelo largo que mostraba piedritas para hacer Reiki y después volvía con todos los hijos.
Una de las escenas siguientes me tuvo como protagonista de una de esas gloriosas caídas en cámara lenta que ocurren cuando vas a buscar la pelota que se fue al terreno vecino y te apoyás en un muro de bloques en franca decadencia, sos el que más se rié y después mostrás el raspón como una especie de código de barras de honor en la parte interior del antebrazo izquierdo. Otra que estuvo antológica fue aquel tiro del Gordo Matías (me conocí los nombres de todos) que pegó en el ángulo de la churrasquera donde el fuego bramaba esperando a la vaca, que estaba siendo despostada por las mujeres, ya que los hombres andábamos todos mamados y jugando al fútbol grotesco en el terreno del fondo, donde El Abuelo (peludo, de celular B3 siempre activo en comunicación con su novia oficial que lo incordiaba) pusó un mojón en la tarde cuando contó cuál había sido la vez anterior en que había pateado una pelota. Lo de él no es el fútbol, se encargó de decirlo y demostrarlo con dedazos brutales y guadañazos de puro bruto (sí, Damián, peor que yo y carente absoluto de aptitudes atléticas). Resulta que en su escuela se había sostenido un campeonato de fútbol recreal (el que se juega al recreo, obviamente) durante todo el año, del que él había sido ajeno. Picaba diciembre y el partido estaba insidiosamente empatado, el campeonato estaba igualado, él andaba de bobera con Gianni, el amigo. Penal. Se hace ese vacío de voces con túnicas donde las moñas desprolijas anteceden a unos ojos de definición. Penal. Gianni le sugiere al Abuelo que lo patee y éste accede. Yo lo pateo. El tiempo se para para él y la pelota se va a la mierda, según propias palabras que no pongo entre comillas por cuestión de estilo narrativo. Los niños de la clase lo persiguen, no dice si consiguen curtirlo a palos pero no puedo evitar los partidos que jugábamos abajo de la galería larga de mi escuela con una pelota de trapo que en el liceo evolucionaría hasta una bola de papeles muy apretada y forrada con cinta aisladora, sin hacerle asco a chapitas de cocacola o cualquier cosa que pudiera ser pateada. Al fin de cuentas, nuestro partido terminó por suspenderse por una lluvia arrachada que dio con mis huesos en la ducha de nuevo, ya sintiéndome en casa.
Vasil estuvo de director técnico e hincha durante nuestro pugilato humorístico y se hizo amigo de varias invitadas, a quienes no tuvo prurito en contarles algunas de sus andanzas en el Dancing Pamelita (ver entradas anteriores del Chorizo). Claro, no iba a poder ir esa noche porque la cosa iba para largo. Por esa razón, desde la nostalgia alegró a la concurrencia con picantes anécdotas putañeras que lo llevaron a ser uno de los invitados estrella. Masticó papas fritas a lo loco, que regó con refrescos y jugos preparados por sus recientes amigas. Tocaba manejar y es relajado pero no suicida. Mientras masticaba saladitos, escuchaba cuentos de los asistentes, hacíamos chistes y agarrábamos a alguno de punto, que no tardaba en retrucar, todo mientras esperábamos a que una pareja perdiera y otra pudiera integrarse al campeonato de truco que se desarrollaba con un mazo solo. Resumo: Vasil y yo perdimos por culpa de que yo di una falta con treinta y cuatro, cosa que es fatal cuando el otro es mano.
De repente empezaron a llegar pedazos de vaca que coronaron la fiesta y el queloscumplasfeliz con roncas voces a esa altura. Nos sentamos como bestias a la mesa sostenida sobre caballetes y arrancamos a mandar muela hasta reventar. Vasil comía y le metía la mano por abajo de la mesa a una novia de uno con pinta de putoncita. Relojeé al cornudo y lo vi matándose de la risa con un porro que compartía con los suegros del invitado y cualquiera que pasara por la zona. Supe que Vasil esa noche tendría posibilidades de no extrañar el ambiente lindo del Pamelita y encima hacerse de una anécdota para contar allí.
La cosa se movió por los carriles habituales, salvo que yo me acosté en la caja del CHANGAN con el celular programado para las cinco de la mañana, cosa de juntar todo y arrancar de vuelta. Yo sabía que Vasil se las arreglaba más que bien en uno de los asientos delanteros del mionca.
La mañana me llegó con resaca pero con obligaciones. Desperté al trompa, nos lavamos la cara, esquivando cuerpos dormidos juntamos lo que había que juntar y nos hicimos a la ruta, hasta Maldonado, precisamente hasta el Biarritz, donde íbamos a hacer los trabajos de preproducción de una mudanza. Había que barrer los pisos con bichos y las paredes con algunas telarañas. Abrir el agua, ponerles las lamparitas, cortar el pasto. No bien llegamos, el vecino pasó de shorcito y nos prestó un rastrillo con una sonrisa de género indefinido que activó los comentarios por lo bajo de mi patrón, justo antes de hablar con el vecino del otro lado para ya concretarles la construcción de un muro a los que en pocos días habitarían la casa completamente instalada por nosotros.

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
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