Mudanza integral con lavado de water

Hay odiseas que consisten en mantenerse agarrado a un techo en medio de la inundación o en procesar la calentura mientras estás encerrado en un estadio porque usás silla de ruedas. Eso es lo que pasa en “Broken Levees” (Diques rotos), el documental HBO de Spike Lee en torno a los daños y secuelas del huracán Katrina en New Orleans, es decir, las negligencias y racismos del sistema norteamericano, donde George Bush recibe lo suyo como corresponde. Bien hecho, tal vez largo, mucho más interesante para los yanquis que para nosotros. Hay otras odiseas que se hacen en bicicleta y no se trata precisamente de recorrer continentes auspiciado por marcas ni de correr las Rutas de América que ahora ni siquiera abarcan el territorio nacional. Nunca pensé que trabajar en el ramo de las mudanzas podía implicar tanto pedaleo.
Como ya he contado, la empresa de Vasil el Mudancero realiza mudanzas poco ortodoxas (y si pagan, también de las otras), en un esfuerzo denodado por colmar las necesidades del cliente (que a veces tiene razón). Uno de los servicios que se ofrecen es la “Mudanza integral con lavado de water” (yo le sugerí el nombre al trompa). Ergo: la empresa le entrega al contratante una casa totalmente en condiciones, lavada, y hasta con los enseres personales ordenados de acuerdo a las instrucciones de la yegua de la mujer. Como botón de muestra podría mencionar a una modista cambiaba la casa que alquilaba por una en otro barrio y no sólo había que realizar el trabajo en cuestión de horas sino que también quería que las telas estuvieran dispuestas a su capricho, sin olvidar la clasificación de todo el instrumental. Todo limpito tenía que estar (dijo que iba a inspeccionar) y llegó a pedir que le laváramos los pisos con no sé qué producto que a mí se antojó vomitivo porque es el mismo que usan en los ómnibus interdepartamentales para limpiar las lanzadas de los niños.
La mañana me vio arrancar en un laboratorio de análisis clínicos tramitando el carné de salud para inscribirme en la empresa, forcejeando para entrar y tratando de no darle el merecido codazo a la doña bajita que estaba atrás de mí en la cola y no paraba de dar púa. Entregué el pichí, me sacaron orina y tuve que caminar media cuadra hasta la doctora que tomaba la presión y auscultaba. Se trataba este último de un lugar muy mal hecho, ya que el consultorio y la sala de espera se encontraban separados por un biombo de madera que no podía evitar la publicidad de todo el díálogo confidencial paciente/médico (lo voy a denunciar a la brevedad al FONASA). Eso me hizo condolerme del señor diabético que, por causa de las indicaciones del laboratorio, había ayunado doce horas y se ponía al borde de la muerte, tema que enganché con la médica cuando entré a mi vez, ocasión en que ella me contó que había tenido que negarle el carné a un pescador que llevaba su cuerpo en un barco y la glicemia por las nubes, porque “sabés que los pescadores artesanales no tienen cobertura médica, las prostitutas tampoco” (pensé de inmediato en Pamelita, que aportaba como dueña de un bar para poder tener mutualista). La gente más pobre recibe trato de hormiga y hace cola para sacar la cédula, al sol y con hambre. Como con hambre estaba yo luego del ayuno, lo cual me llevó hasta un almacencito a comprar una chocolatada de un litro a ser tomada del envase y a tragos largos. Vislumbré el armazón de fierro para trancar bicicletas y encajé a Gregoria (mi bici amarilla y negra) mientras observaba como un mamado sujetaba a otro a la altura de los brazos. De altura regular ambos y de bigote. En la esquina un loco de unos veintipocos años, con un casco en la mano los miraba de reojo y con el pulso acelerado. Un veterano hablaba con este último y le decía “si vos le pegás una piña lo destornillás, justo vos que tirás los guantes” para luego cruzar la calle y perderse. De natural curioso, le pregunté al boxeador de marras cuál era el relajo, ya que éste me pareció la parte coherente del litigio. Contestó que el borracho estaba metiéndose con una mina, que le estaba pegando. Entré al local. Demoré en encontrar lo que buscaba porque no conocía la disposición, lo que me permitió ver que el mamado entraba. La mina en cuestión pesaba treinta kilos mojada, aunque su aseo no daba muestras de haber tenido un contacto con el agua. Cabezona, llorosa, de championes grisáceos desproporcionados, soltame la mano y un brazo que se eleva brusco. Todo esto lo veo ya en la caja, donde comento la situación con la cajera y le pregunto por qué no llama a los milicos. Salgo y veo que dos o tres curdas más se arriman para tratar de sacar al beligerante. “Venecia, vamos, dejá quieto”, “estaba tomando conmigo”, Venecia que dice “no pasa nada, no pasa nada” con gesto adusto y tronco echado para atrás.
Había que pintar la pared lateral de una cocina Delne (fuerte y linda). Tardé en encontrar la pinturería que me sugirieron hasta que di con ella. Me olvidé de sacar número, vino una mujer con aires de Naná, sacó un número. Reaccioné pero la atendieron primero. Lo que no conté fue con que el cajero y el que despachaba desaparecieron local adentro por lo que se me presentó una eternidad frente a los ojos. Esperar de nuevo. Por suerte el tiempo muerto me dejó recapitular los lugares a visitar, dado que precisaba una cinta métrica y mosqueras de aluminio. Rato después de que me vendieran la tal pintura, tuve que esperar otro trecho para que me vendieran la cinta métrica. Me senté. “-Puesto que vosotros pertenecéis al pequeño número de los sabios- dijo a aquellos señores -,y que, por lo visto no matáis a nadie por dinero, dedidme, os lo ruego, ¿en qué os ocupáis?
-Disecamos moscas- dijo el filósofo-, medimos líneas, acumulamos números; estamos de acuerdo sobre dos o tres puntos que entendemos, y discutimos acerca de dos o tres mil que no entendemos. “ La lectura de Micromegas de Voltaire no me permitió olvidar que las siguientes paradas eran las carpinterías de aluminio, que recorrí una por una para enterarme de que no toman trabajos para antes del dos de enero. Eso hace que tengamos que encontrarle cualquier otra solución a la pareja a la que le estamos arreglando la mudanza. Medidas, moscas, problemas. Ojalá pudiera hacer como el “filósofo malebranchista” de Voltaire, quien declara que “es Dios quien lo hace todo por mí, yo lo veo todo en él, lo hago todo en él; es él quien lo hace todo sin que yo intervenga para nada.” Y seguir en la vuelta comprándole a nuestros clientes lámparas de bajo consumo, yerba Canarias, muebles para guardar cosas, ollas, platos, trapos para limpiar, desodorante Axel, Fabuloso, Mr. Músculo, papel higiénico, toallas Mimosa y un recipiente de plástico para el papel higiénico usado, sin olvidar la cortina del baño y cierta clase de acondicionador de pelo. Así hasta caer rendido en la cama, no sin antes tener un desagradable encuentro con un ex cuñado borracho.
Una nueva mañana me tuvo en las calles de nuevo. ¿A quién me encuentro? Al guacho que tiraba los guantes. Lo paré para preguntarle en qué había terminado el lío. Dijo que habían llamado al dueño del supermercadito. No llamaron a los milicos. Seguramente ningún dios intervino en la vida de la muchacha. Yo seguí mi ruta porque tenía que pasar por la casa a limpiar el water.

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
Esta entrada fue publicada en Dancing Pamelita, narrativa propia, Vasil el Mudancero. Guarda el enlace permanente.

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