El milico

La primera vez que lo vi, hacía el servicio 222 en la casa de unos ricos: cuidaba la biblioteca. Los porteños se preciaban de tener ciertos incunables y se jactaban de su miedo a los robos. Entre nosotros, diré que cuando supe que se trataba de un ejemplar de “El psicoanalista” de John Katzenbach y una edición en tapa dura de “El Principito” no pude reprimir explicarle al milico todo con pelos y señales al tiempo que hacíamos bailar el mate. A mí me habían contratado para alimentar un hueco que dejaba ver la madera del estante. Habían de ser títulos nuevos, “algo que me divierta” había dicho la doña bajo su pelo fijado a fuerza de productos segundos antes de que viejo dijera “pero no traigas porquerías, que ésta lee cualquier cagada, a ver si todavía termino mirando los capítulos atrasados de Tinelli” (fue a guisa de chiste). Cuando le conté al milico, aderezó mi relato con algunas anécdotas íntimas: la vez que vio a la vieja en bolas y sin los dientes, la ocasión en que ella misma quiso culear con su marido y éste la escupió literalmente en las pecas del pecho para dar lugar a una retahíla de llanto previo a una excursión a la iglesia, para la cual la doña se munió de la billetera y las tarjetas de crédito. Nos hicimos amigos en seguida. Él me contaba historias de los bailes de cumbias de Durazno sin obviar el tarareo de temas clásicos de Karibe con K o de la propia y olvidadísima Casino. Hablábamos de bailes de rompe y raja mientras yo ordenaba una colección incompleta de libros de Wilbur Smith de bolsillo que conseguí a buen precio y me hice facturar con un cinco arriba. El milico había encontrado la forma de ganar ciertas ventajas a raíz de la patética vida conyugal del matrimonio, el cual ni siquiera pagaba por el servicio dado que éste era sufragado por la nuera de los viejos, en una muestra viva de chantaje en pro de hacerse con los bienes suegrales a la luz de lo endeble de su propio contrato conyugal fruto del carácter orgiástico de su marido, a la sazón bastante vapuleado. El propio Alejandro –pongámosle nombre ya que es amigo- sospechaba que la verdadera razón de su contratación no radicaba en la necesidad de custodiar volúmenes sino en la urgencia fetichista de la nuera, cuyo raye alucinaba con esposas y cachiporras, amén de las guayaberas con que la ministra Daisy ha vestido al cuerpo policial, “mirá qué preciosos” dijo la pelirroja jerarca en el acto inaugural, antes de empezar a darle al güisqui.
Nos habíamos despedido como si nos fuéramos a ver aunque pensáramos que no sería así. Compartimos unos mates y nos cagamos un poco de risa de los jovatos sin saber que nos encontraríamos en el quilombo montuno de Pamelita, el imponderable Dancing Pamelita, sito entre los eucaliptos del Placer (conste que no hay intencionalidad en este nombre, ya que se trata de una zona de este departamento turístico). El queco ha sido construido con maderas conseguidas en la Barraca Los Tronquitos, regenteada por un hombre casado que tapó con maderas de obra su atracción por la vida prostibularia. Aunque, conociendo el talante de Pamelita, no creo que ella haya extorsionado al pobre tipo: ha sido pura voluntad. Está lindo el ambiente: mesitas rústicas con banquitos ídem a sus lados, velones para la iluminación mortecina, una tele con un verde permanente de fútbol de un cable que vaya a saber cómo fue a dar al medio del monte. Y un público que mantiene parte de la fauna habitual de intelectuales y obreros de la contru, condimentada por algunos porteños de los que valen la pena, sobre todo porque no tienen manera de llegar hasta el lenocinio en camionetas grandes: tienen que caminar evitando ramas y el esfuerzo los redime. Alejandro hacía de codo bastón y cuando me vio le pidió al de la barra –uno que está por la temporada- que arrimara un vaso más. “Pará” le dije y con gesto presto arremetí contra la rocola y puse a laburar a Sabina para que fuéramos unos borrachos en plena regla. “Y si la Magdalena pide un trago, tú la invitas a cien, que yo los pago.” Nos volvimos a reír de nuestros ocasionales patrones, ella enjoyada y emperifollada y él persiguiendo a una sirvienta de San Carlos que lo puteaba todo y él contentazo. Los temas empezaron a deslizarse garganta afuera como garganta adentro iba la Patricia que Pamelita conservaba especialmente fría y servía en capuchones de plástico como había aprendido en sus épocas de la frontera. Su ex mujer de Flores, mis amigos de Flores. Los tres hijos con los que cumplió de apuro con la patria y la mujer nueva, bien parecida a una de las locas, que no sé qué hace acá una belleza de esas. Hablé de lo particular de mi laburo y cómo la temporada da para inventar de todo y no sé en qué momento intercambiamos apellidos como paso para darnos cuenta de que éramos primos segundos por parte de la familia de mi madre.
Cuando le conté a mi mujer, quedó de lo más emocionada de conocer a mi pariente. Lo único fue que se lamentaba de no haber ido al quilombo conmigo esa noche, que ella siempre va y justo el día en que me encuentro con un pariente se le antoja quedarse durmiendo.

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
Esta entrada fue publicada en Dancing Pamelita, narrativa propia. Guarda el enlace permanente.

3 respuestas a El milico

  1. >y festeja que la tuya es una pareja moderna.

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  2. Ignacio dijo:

    >ella siempre dice: “un hombre al que se le prohíbe frecuentar quecos tiende al affaire, che”

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  3. Ampis dijo:

    >Horma muy buenos tus…eso.Pamelita…? Qué tiene que ver una con la otra??? je je, beijinhos!

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