La traición del BPS

 

Una vez cerrada la encuesta propuesto, la asombrosa suma de votantes fue unánime en su preferencia por la intromisión del BPS en el Dancing Pamelita. Accedo a gentiles pedidos y los dejo en breve con los personajes, no sin antes alentarlos a seguir pidiendo temas y despidiéndome hasta después de Turismo, que las santas me aburren. Bueno, ahí les va:
 
 
 
Se dedica a Roberto Fontanarrosa
Quién sabe cuántos anduvieron en la vuelta y no nos dimos cuenta, tal vez porque la atmósfera terminó por neutralizarlos, o lo hizo a las primeras de cambio. Entre BPS, DGI, Higiene y otros. Uno de ellos fue el Roberto, que me lo confesó un día en el que los dos habíamos llegado temprano. Nunca había hablado con él. A decir verdad, pocos habían conversado con el Roberto. Tenía una actitud como del que disfruta el atardecer de marzo cuando el aire es más fresco y seco. Solía recostarse contra los troncos de la pared de al lado del baño químico con una cerveza, muchas veces con una semisonrisa. Ese día intercambiamos comentarios banales. Menos mal que paró de llover. Dejate de joder, parece el IRPF, no se entiende bien por qué pero cómo jode. De ahí terminamos hablando de Peñarol y de nuestra esperanza de que Saralegui enderece las cosas, de la fea llegada de Matosas, del Paco Casal y de la temporada, tema ineludible. Ahora que pienso, creo que fue la ida de los turistas la que nos juntó porque quedó un espacio vacío que, nos dimos cuenta, era llenado por un enjambre de porteños, que siempre andan en patota, juegan en bloque. Están en la playa todos a la misma hora, suben juntos al supermercado, entran a un comercio si ven que hay gente. Incluso en lo recóndito del Dancing Pamelita cundían. Claro que era un sector de público especial, porque era de los que se animaban a llegar a un queco hecho de costanera en medio de un monte de eucaliptus. Algunos lo hacían por curiosidad antropológica, otros por sentimiento ovino, algunos por pura esencia quilombera como un rosarino del que nos hicimos muy amigos varios de los habitués. Incluso el Roberto trabó relación con el rosarino. También hablamos de él, dónde se habrá metido ese sátrapa, qué loco de la planta, los provincianos son como nosotros. Y ya por la segunda birra, que ahora pagaba él, empezó a desembuchar. ¿Vos sabés cómo llegué yo a hacerme acá de la casa? No, la verdad que no. Bueno, vine por laburo. ¿Laburo? Mm, en el BPS trabajo yo, soy inspector.
Resulta que el tipo andaba de ronda, haciendo el ingrato trabajo. Había varias brigadas, una de las cuales trabajaba encubierta. La directiva era clara: llegar con pose de cliente, incluso gastar algo, entrar en confianza, terminar con una estocada trapera. El Roberto me contó que entró en un llamado que no fue público. No, no fue un acomodo político. Todo se hizo bien pero se evitó la publicidad para potenciar la eficiencia de la medida. A él le asignaron algunos locales en el Placer, algunos en la Barra y otros en José Ignacio, salpicados, como para que nadie sospechara. Era un trabajo laborioso, ya que tenía que caracterizarse para ingresar en los lugares a inspeccionar. Para dar una idea, no es lo mismo inspeccionar una casa de venta de buzos de lana que el Pamelita, que incluso figuraba como bar regenteado por María Pamelita Regueiro Costa. Cuando lo vio, supo que todo era irregular. Tengamos en cuenta, para calibrar al Roberto y su gesta con claridad, que los inspectores de trabajo cobran pingües comisiones por las multas que aplican. Sigamos. Ya medio embarrado por el camino entre los árboles, supo que había sido un acierto calzarse las havaianas. Conversó con algunos que había en la vuelta, la mayoría de ellos porteños que no sabían nada del Pamelita y llegaban atrás de otros. Rechazó un porrito que le ofrecieron los de una barra que parecían uruguayos haciendo la temporada, cumplió con las formalidades de esos ambientes informales y en determinado momento se mandó puerta adentro. Una vez que puso el pie en la arena del piso del Dancing, traída especialmente por unos muchachos macanudos que se tomaron el trabajo de acarrear arena de la playa, una vez que olió el perfume de las maderas, también productos de las fuerzas vivas, una vez que oyó la música, una inhabitual selección de músicos desconocidos arrimada por uno que era un enfermo bajador de mp3, una vez que cató el ambiente supo que sería ineficiente. Sobre todo, lo que más le llamó la atención fue que la atmósfera era de queco pero al mismo tiempo no lo era. Se notaba un vestigio prostibulario y de hecho algunas de las muchachas se hacían sus manguitos. Varias de las habituales callejeras de Aparicio Saravia iban ahí a reunirse de noche a manera de todo un club social y de vez en cuando, reconocidas en su profesión, agarraban algún viaje, pero nada grosero. Nada de esa tónica de “vení papito, vamos a hacer cosas lindas, entrá que te muestro” o cosas del estilo. Light, como me dijo Yamila ante el asentimiento de Micaela. Con elegancia diría yo. Nada en exceso, de todo algo. Se respiraba y transpiraba tolerancia, al punto de que unas cuantas mujeres ajenas a la prostitución iba frecuentemente. Ni las lobas aullaban por la competencia desleal ni las otras hacían asco a la presencia ramera. Es que no era un ámbito terraja. A Roberto lo impresionó la cabeza de la gente, que parecía un extracto de playa rochense escondido en pleno glamour puntaesteño. Sobre todo Lucía, que estuvo siempre en verano. Yo no sabía, pero tuvo una historia con Roberto que, así como la vio, supo que se había pasado al bando de los buenos. La llegué a conocer. De pelo enrulado partido irregularmente por una raya espontánea. Ropa discreta y sonrisa. Me parece que era cordobesa. Roberto le dijo hola y ella hola. Todo fue espontáneo, desde la primera cerveza hasta el último suspiro, todo guiado por una banda sonora que sirvió de escalera. Ambos querían ir un tiempo a Brasil, a alguna playita lejos, a sentir la arena como en el Dancing y escuchar músicos brasileros in situ. Me conmovió la historia. Le pregunté si se habían seguido viendo y dijo que sí, que él ya había ido a Córdoba y ella pensaba tirarse hasta acá en Turismo. Se declaró y se demostró enamorado.
Fue enteramente negligente en su rol inspectivo. Omitió su traición oficial en el Dancing, si bien cumplió con los otros lugares asignados. No es que desconfiaran de él pero el sistema estaba concebido como la defensa de la selección de Italia. Supe después que el sistema preveía un mecanismo de inspección doble. O sea: a cada lugar mandaban inspectores dos veces. Roberto ignoraba el detalle, como todos los otros inspectores. Sólo el jefe departamental sabía de la tenaza fiscal. Lo que sí era caprichoso era el tipo de abordaje, ya que en algunos lugares podía recibirse visitas de dos clases: a traición, como lo habían mandado a él, o explícita, con todo y carpetita. En otros lugares te podían caer dos explícitos o dos traidores. Se especula que el método de decisión debe haber sido el azar. La doble traición es lo peor.
No nos dimos cuenta. Roberto tampoco lo había notado hasta que escuchó un retazo de conversación. El muchacho que había caído dos o tres días antes se sentaba medio solo en la barra y le daba conversación a Pamelita, que estaba en la caja. Roberto pescó dos o tres preguntas que no hace un cliente normal. Actuó como todo un espía: se arrimó cándido al tipo, dijo pavadas a Pamelita, pagó una al recién llegado, al nuevo de la casa, promovió un brindis. Tuvo que confiarle a una de las putas algunos detalles y consiguió que empezara a franeléarselo. Entre la segunda cerveza y la mano cerveza de Yamila el tipo se debilitó. Roberto vio que era de los que anotaban y se las ingenió para hacerle desaparecer los papeles. Desembolsó de sus propios viáticos para pagarle la ocupación a la Yamila. Lo hizo chupar mucho. Era garronero y había vista la oportunidad para chupar de arriba. La Yamila, haciendo guiñadas, se lo llevó tambaleante monte adentro. Roberto la dejó hacer. Más que nada hizo ella porque la cerveza había provocado el consabido ablandamiento. Una vez que se hubo derramado, Roberto se puso en acción. Llegó desde atrás al tiempo que Yamila corría fingiendo susto. Lo ató, le vendó los ojos y lo amordazó sin dejar ver su cara. “Sabemos que sos un traidor del BPS” dijo enronqueciendo la voz. “No te metas, hijo de puta” fue el decorado de la frase anterior, que el otro oyó agarrado de la nuca y con la trompa en el piso. “Ahora caminá rápido, rajá.” Lo empujó hacia el monte oscuro.
Dice que corrió como en las películas de terror. Le dio un poco de lástima verlo así porque, después de todo, era un compañero de laburo. Pero no le quedaba otro remedio. No volvió más, con lo cual el Dancing Pamelita se aseguró una irregularidad fiscal de lo más campante. Le manifesté a Roberto mi admiración y brindamos a la salud de la buena gente, aunque le toque trabajar para el Estado.

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
Esta entrada fue publicada en Dancing Pamelita, narrativa propia. Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a La traición del BPS

  1. Smartphone dijo:

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