Barman inusual

Estas nubes que acaban de venir me hacen recordar la actuación de Abel García en lo del Yiye. El cantor, de camisa roja y bombacha Pampero, andaba en la vuelta ya un rato antes, conversando con uno de los tipos que habían ocupado una mesa y comían algo que habían comprado en otro lado, lo cual les valió una raspa por parte de alguien de MacYiye. Quienes fueron a ver a Bob Dylan no vieron ni cerca de lo que fue aquello, que empezó con la presentación de rigor del alcohólatra propietario que, sin camisa, ostentaba su zapán brillante y entumecida por litros y litros. Creo que antes que cualquier otra cosa, preguntó al artista “nacido en Rivera y criado en Tacuarembó” cuándo volvía y el otro esbozó respuestas vagas. Después arrancó a cantar. Supe que conocía la voz de escucharla por radio. El espectáculo no merece ser contado sino vivido. El lugar en el que se llevó a cabo debe ser preservado de las masas porque si no se convertiría en otro. Pero el ambiente me hace acordar al día en que estaba aquel milico en el Pamelita.

dedicado a los que trabajan en el Super Eco del Biarritz

Los muchachos de siempre estábamos un poco más apretados que de costumbre porque había hecho su entrada la mesa de pool y todavía no se había hecho la ampliación. Pero no éramos tantos y, sin dudas, disfrutábamos la mesa como gurí con juguete nuevo. No se pagaba, por lo cual el sistema de acceso consistía en que el ganador siguiera en cancha y que vayan pasando. Una pareja copó la mesa. Un loco de camisa a cuadros oriundo de Mercedes –nos enteramos después- y la novia de él, una de esas minas peligrosas que se movía felina sobre la mesa para regocijo del mercedario, que sufría viéndola deslizarse y meter bolas. No sé dónde andaba Pamelita ese día. Es así: a veces desaparece y el boliche parece mandarse solo. Recuerdo incluso una vez que durante dos semanas no se supo nada de la dueña, pero sin embargo la cosa andaba sobre ruedas y sin empleados aparentes. Es una más de las pruebas que siempre esgrimo para sostener que el Dancing Pamelita no es un queco común porque, ¿quién conoce un quilombo desordenado? El lugar se mueve espontáneo al ritmo de los susurros de los eucaliptus que lo circundan, tanto que a veces pienso que es parte del paisaje. Esa noche andaban una o dos de las locas, con lo que su número no alcanzaba al de las mujeres gratuitas ni tampoco su atractivo, ya que los ojos bailaban siguiendo el balanceo de la jugadora invicta. Fui solo, como por inercia, tal vez el mismo tipo de cadencia que permitía que el local funcionara acéfalo.
Decidí tomarme una. Me arrimé a la barra y unas manos me arrimaron la botella en el capuchón de plástico, me pasaron una jarra, me cobraron. Serví y empiné, clavándome en la garganta el líquido helado y amarguito de ojos cerrados. El día había sido pesado y sudoroso. Toda la tarde había soñado con una. Quedé sentado en uno de los bancos altos que permitían acodarse a la barra, en tres cuartos de su extensión, con una buena vista del culo de la campeona, a qué negarlo. Los partidos se sucedían uno tras otro, más o menos apretados pero siempre con saldo idéntico. La que ganaba era ella, el loco acompañaba nomás. Perdieron el Richard y el Carlos, la pareja formada por dos locos de la contru que no no conocía, la Micaela y el Carolina y otros desconocidos. La botella bajó insensiblemente. Pedí otra y me di cuenta de que la mano que despachaba daba lugar a un torso vestido con uniforme policial. “Debe ser que comí poco y me mamé muy rápido” pensé. Miré bien. Además de la guayabera policial –esa prenda que tanto elogiara la ministra entre güisquis- figuraba una bermuda y chancletas. “¿Tenés las esposas y el arma?” fue lo que atiné a preguntar, dando por inaugurada mi fase de mamúa. “No, no, las dejé en casa, acá no se precisan.” Llené el vaso. Lo elevé en señal de “salud” hacia alguien que miraba para después dejar que la relajación cundiera en mi cuerpo como toda una meditación de Brian Weiss, por más que lo que me motivaba no era avanzar en mi conocimiento de las vidas pasadas sino calibrar la piel de la espalda baja de la jugadora de pool, a quien me dediqué a estudiar. Con el otro ojo, daba rienda suelta a una moderada incredulidad por el uniforme del ocasional cantinero, que actuaba solvente. “¿Qué hacés de barman, oficial?” “Soy agente de segunda…” “Es lo mismo, macho, la cosa es que estás de azul…” “Me avisó un amigo que Pamelita no iba a estar y vine a dar una mano con el laburo.” “¿Qué le pasa a Pamelita?” “Nada, anda por la frontera, pero bien, bien.” “Y vos te hacés unos manguitos extra…” “No, no, yo por dar una mano nomás, de repente me tomo una pero más de eso no…, es por la causa.” “¿No te hacen problema los superiores?” “¡Qué van a hacer! No le estoy sacando la tajada a nadie…” “¿Y no te joden por tener puesto el uniforme?” “No me pueden joder, no sé si entendés lo que te quiero decir…” Lo dijo como si yo supiera los intríngulis del funcionamiento policial real. Lo único que me parecía era que los milicos de a pie tenían cierto poder sobre los oficiales, dada su libertad y su condición de informantes. “Cada policía es un informante” me había dicho un milico de Melo. “De repente uno que no tiene nada que ver con el procedimiento es el que levanta la perdiz, de repente el milico ese justo conoce a un piche que bate y se negocia, entendés…” Supuse que, como buen funcionario público, nuestro barman gozaba de ciertos grados de inamovibilidad e impunidad. Calculé que sería de los nuestros porque se perdía de hacer horas de 222 a favor de horas benévolas en el Dancing. El asombro inicial dio lugar a la aceptación del fenómeno como uno más de los que ahí suceden naturalmente.
Lo que sí no estuvo dentro de lo natural del boliche fue la reacción del tipo. “Bueno, ahora sí nos podemos ir a la mierda, ya sacudiste el culo todo lo que quisiste, puta de mierda…” además de varias cosas más que no merecen ser contadas. Estaría borracho pero tenía muy mal gusto. La mina algo le respondió pero con altura, sin siquiera culparlo de perder ese último partido, cosa que pudo haber hecho con toda justicia. Lo que quedó claro es que le estaba echando flit. Eso azuzó aun más la demencia del pinta, que se abalanzó durante medio metro hacia ella, con final bochornoso en el piso bajo las humanidades del milico y la mía, que nos miramos ya sobre el cuerpo del tipo como reconociéndonos compañeros de armas. Los dos actuamos rápido. Pegamos corto y efectivo. Los gritos fueron los mínimos en el camino hacia la puerta. Lamentable. Otro hecho de violencia en la narrativa uruguaya. Pero, pensemos, le dije a todos después de barrido el problema, hay que mantenerle a Pamelita la casa en orden, que si no esto se convierte en un quilombo y acá queremos estar tranquilos. Asentía el efectivo policial de bermudas. Asentían todos. La música también asentía porque alguna mano anónima hacía sonar un corrido de Sabina que daba cohesión a los mamados. Nos abrazábamos. Abrazábamos a la mercedaria perfumada.
La noche se hizo una fiesta y ella se fue con uno de nosotros.

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
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