Randasso Strzswiuckiuk

Voy a admitirlo frente al gran público: soy lo que denuncio. Todo será explicado ahora, y lo entenderán mejor los asiduos y añejos lectores de este Chorizo, aquellos que supieron conmiserarse con el que viste y calza cuando vio su casa invadida a la hora de la siesta. Resumo brevemente para quienes no se dignen a leer entradas tales como “La muerte de los gordos” y la saga previa: un día indeterminado, una pareja de gordos llegó de visita a mi casa –mi antigua casa- y los días empezaron a pasar entre frituras y gorda saliendo del baño en toalla. Claro, dirán ustedes, una invasión así es más o menos habitual, sobre todo si estamos hablando de uruguayos, una etnia muy capacitada para creer en el comunismo si se trata de los bienes ajenos. Lo que sucede, me da pudor decirlo, es que la citada pareja llegó a casa en ocasión de su luna de miel, con todo lo que eso implica. No es en balde afirmar que el matrimonio se afianzó como una lapa, con lo que me subió el recibo de la luz y el del agua, como tampoco es inútil mencionar que los cónyuges lograron un rápido deterioro en sus relaciones, el cual redundó en el inicio de sendas relaciones paralelas, ella con el Plancha Néstor y él ya ni me acuerdo como era que se llamaba la mina, aunque terminaron todos juntos, en casa. Yo me fui pero los boicoteé con minuciosidad japonesa. Les corté los víveres y se murieron ahí, abúlicos y sin ropa, abrazados en el frío invierno. Muchos me acusarán de asesino, pero debo decir en mi defensa que ellos no hicieron nada por la riña.
Ahora bien, acerquémonos a hoy. Sabrán unos cuantos que anduve dedicándome al negocio de las mudanzas a raíz de mi relación con Vasil el Mudancero. Él se dedicaba a lo grueso en su mionca Changan y, en lo personal, me dedicaba a las pequeñas cosas –especialmente libros- usando como medio de transporte mi fiel bicicleta Gregoria, bautizada de tal gracia en directo homenaje a Gregorio Pérez, el patriarca nacido en Rausa. Esa ocupación me granjeó unas cuantas relaciones interesantes además de anécdotas espeluznantes, como la vez que una porteña me contrató para que le leyera novelas de Danielle Steel por las noches. Sufrí esa vez porque, eh, bueno, ¿qué gano con contarlo? La cuestión es que quedé vinculado al mundo de la cultura desde un enfoque no tradicional y un poco sacrificado. Los porteños empezaron a pasarse la pelota entre ellos, con lo que me formé una clientela poderosa. Estaban los que pedían que llenara metros cuadrados con lo que fuera, los que tenían un gusto formado, los eclécticos, indecisos, demandantes y hasta prescindentes. Y, como se puso tan de moda contratar un “burro de biblioteca” –así escuché que me llamaban, incluso algunos buenos lectores llegaron a contratarme. Fue de esa manera que inicié mi relación comercial con los Randasso Strzswiuckiuk. Ese era el apellido del tipo, que por más señas se asemejaba mucho a Ungenio, el de Condorito. Nada más que con mucha guita. El apellido de la mujer no lo sé porque ella usaba el Randasso Strzswiuckiuk porque, supongo, de esa forma se accede más directamente a las arcas maritales. Me recomendaron los Marinelli Ortiz (también era el apellido del tipo pero el dato se lo pasaron de mujer a mujer, dicen que mientras compraban tapados de Baby Alpaca, la lana álgida de la temporada) y empecé por escuchar el pedido clásico de “quiero algo que me divierta” que tanto sirve para referirse a una película como a un litro de leche. Escribo porque me gusta, prescindo de la literatura como corpus monumental, no sigo a corrientes ni autores, esto es algo que me gusta pero que, por eso mismo, no es sagrado ya que lo sagrado me paspa. Tenía claros ya a esa altura los procedimientos de mi nueva y por mí creada profesión. Les hablé a los Randasso Strzswiuckiuk como si fueran importantes y especiales. Mencioné dos o tres cosas eficientes e hice unas preguntas cuyas respuestas suponía en buena medida pero a ellos les gusta. Di un presupuesto básico que no los hizo chistar. Era razonable: trabajo intelectual y físico más el gasto en libros. Querían aparentar ser lectores modernos y desprejuiciados. Por eso les dije que les serviría cualquier libro pero que forzosamente tenía que haber una buena cantidad de libros de moda, algunas joyitas y algo de entretenimiento liviano, vos sabés a lo que me refiero dijo la vieja Randasso Strzswiuckiuk, eso sí, no pongas cosas inmorales que somos católicos nosotros. Al viejo no parecía importarle, sólo estaba ahí para poner los chanchos. Prefiro as vozes vivas da rua, antes que do dicionário, basta de timoratos en el barrio, digamos la verdad que para mentirles están los turistas, hacernos las estrellas entre nosotros sólo pondrá de manifiesto nuestro temblor sin resolver desde infancias miedosas.
El laburo me llevó el tiempo habitual. Compré los libros en la misma librería de siempre, donde me hacían precio aunque en la boleta figurara otra verdad. Hablé con el carpintero de todas las veces para hacer la biblioteca a medida y yo mismo apliqué el barniz a la madera, que ese es uno de mis toques artísticos. Después de todo el arte no se trata del cumplimiento de unas reglas impuestas sino de la creación de unas reglas propias que, esto es lo más difícil, logran conectarse con las reglas de los receptores, quienes de esa manera pueden estirar sus horizontes un poquito cuando te leen, agradezco de paso para saludar a quienes han tenido la generosidad de forzarme a involucrarme en lógicas rarificadas. La cosa es que les gustó el resultado al punto de que la vieja Randasso Strzswiuckiuk llegó a leer veinte o treinta páginas un día antes de que se fueran a su “country” de Barrio Norte, luego de lo cual habría de quedarme yo encargado del cuidado de los libros y, en extensiones posteriores, de: cortar el pasto, pagarle a “la muchacha que viene a limpiar”, bueno, en resumidas cuentas, de mantener la casa en orden. La ironía es patrimonio de quienes no están inmersos en cumplimientos, a esos que tienen la mirada del número diez porque entienden de qué va el juego y, aunque no suden mucho la camiseta, saben que no se trata de hacer poses sino goles. A ellos no les importaba mucho nada y tomé debida nota aunque, es preciso dejar constancia, siempre les cumplí escrupulosamente. Mi flexibilización vino por el lado del vencimiento de mi contrato de alquiler, cuya renovación exigiría un desembolso mayor de mis menguados billetes. Entendámonos, yo podría tomarme el trabajo de leer a Shakespeare para después hacer citas eruditas pero, a qué ocultarlo, los tiempos vertiginosos de quien gusta del poético ambiente de un queco en medio de monte que ni siquiera es tan queco, los tiempos vertiginosos, decía, no dan para andar con remilgos y academicismos; es decir, para que sea gráfico: el dicho “al pan pan y al vino vino” debe ser, en caso como el mío, adaptado a una forma más adecuada que sería “al pan, vino”. Entonces, a medida que los días colgaban sobre mí sin que pudiera renovar el contrato, la solución fue tomando cuerpo, sin dudas gracias a que tengo pocas cosas y yo igual duermo en el piso, lo que ni siquiera sería el caso. Decidí ocupar. O sea, me fui a vivir al ranchito humilde de los Randasso Strzswiuckiuk, donde me ahorraría los preciados mangos del alquiler. Para sentirme en casa, me tomé la libertad de plantarles un jazmín y un zucará como una cuña indeleble de nuestra tierra. Ya la veo a la vieja Randasso Strzswiuckiuk haciendo un gestito frígido de admiración hacia “esas flores exóticas que plantaste”. Lo que me ahorro de alquiler lo divido en dos: una parte para el ahorro que estoy empezando a hacer y otra para mis contribuciones a la permanencia del Dancing Pamelita, gran parte en consumiciones, el resto en urgencias extra, que todos sabemos que los eventos no saben sino aparecer.

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
Esta entrada fue publicada en narrativa propia, Vasil el Mudancero. Guarda el enlace permanente.

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