Reunión de copropietarios

Boldo, Hepamida, Buscapina, arroz con queso: símbolos de la postración a los que podríamos agregar Bucoseptine y Zolben C caliente. ¿Dengue, virus raro, gripe común que hace tiempo no me agarraba? Algo de eso me ha situado en posición de escritura para referir algo que me intriga aun más que la posible fuente de mis síntomas contra los cuales he ejercido la más rigurosa automedicación. Contarlo me libera aunque no dilucide el misterio.
Debo confesar que en estos últimos tiempos tengo un poco abandonado al Pamelita y he de conformarme con gritarnos mutuamente con alguno de los muchachos cuando la calle nos cruza. No hay tiempo para tomarse una tranquilo porque tengo bastante laburo, pese a que dedique una porción de mis ingresos, en forma de ahorro, a la dispersión edificante en el Dancing. No me ha dado. Calculen ustedes: el laburo de casero en lo de los Randasso Strzswiuckiuk me toma más tiempo de lo que podría pensar porque, por más que quiera, no puedo ser ñoqui y les cumplo; también, gracias a mi amistad con Vasil el Mudancero, he tenido algunas otras oportunidades como por ejemplo la administración de una vivienda del Banco Hipotecario y la participación en alguna que otra mudanza. Lo de la vivienda me ha partido al medio y, como hace poco tiempo leí en una historieta zen que decía que no hay que tener el alma dividida, me di cuenta de que me está afectando y darme cuenta me compunge todavía más. Alguien con contactos consiguió una vivienda en un complejo recién poblado pero todavía no se iba a mudar. Quería habitar la casa para que no se le ganara ningún ocupante y, de paso, ir instalando algunas cosas para él imprescindibles como por ejemplo los muebles y las rejas. Fondos discrecionales una vez más. Eso sí que lleva tiempo. Conseguir ciertos muebles es difícil y otros imposible, caso este último de las bibliotecas, detalle que atribuyo a la magra costumbre lectora de los pobladores locales. Gestionar que te pongan las rejas es todo un problema porque hay que dar con el herrero adecuado, después de vérselas uno con algún que otro chancho, esperar a que las haga, estar el día en que las coloque, subir la llave general que salta cuando la eléctrica demuestra que el voltaje que hay es insuficiente. Encima, el señor con contactos es un pesado que no para de llamarme a ver cómo va todo, aunque perfectamente pueda darle lo mismo con la plata que tiene y siendo que el que banca todo es el viejo, un malandro de padre y señor nuestro. Bueno, es muy quisquilloso, usa gestos etéreos y me pidió que los sillones fueran “animal print” (le conseguí unos atigrados). Con ese director de orquesta, al ejecutante se le caen los huevos y le rebotan. Pero es laburo y me está pagando bien, por lo cual me lo vengo bancando. Eso sí, lo que para mí fue muy fuerte fue tener que asistir a la reunión de consorcio. Por segunda vez. En la primera había quedado establecido que nadie quería formar parte de la comisión administradora que imponía el BHU. Todos los concurrentes habíamos concordado, más por resignación que por otra cosa, que la integración del triunvirato vecinal sería decidida por el más estricto sorteo, “papelitos con el número de la vivienda y un niño que saque”. Yo no había estado en toda la primera reunión porque justo la mujer de Randasso Strzswiuckiuk llamó de Buenos Aires a ver cómo andaba todo y a preguntarme qué novela le recomendaba leer. Me tiré a lo seguro y le dije que hincara el diente a “Mil soles espléndidos”, una de un afgano muy vendida allende el Plata. No conforme con eso, aunque conforme, me instó a que le sugiriera una película y no vacilé en ser perentorio: “Matar a todos” de Esteban Schroeder, una coproducción uruguaya, chilena y argentina. Le expliqué que el guión provenía de “99% asesinado” del uruguayo Pablo Vierci y que las actuaciones estaban impecables (Roxana Blanco, Bolani, Reyno et al.), además de una muy buena reconstrucción de época que no descuidaba detalles. Como se quedó anonadada con tanta descripción, hecha en gran parte para zafar más rato de la reunión, no tuve que decirle que se trataba de un alegato contra el esquema represivo del “Plan Cóndor” ya en épocas de gobiernos –según la película- débilmente democráticos. Tampoco mencioné la envarada posición de bochorno histórico en que queda la iglesia católica. Ella que es tan católica y que tiene tantos amantes de alquiler…
Ya en la segunda reunión estábamos todos parados en rueda en el estacionamiento del complejo. Cámara alta que nos muestra las cabezas, ahora subjetivas sobre los rostros de los copropietarios y el mío. La parte introductoria depende de la llegada de la gente a lo largo de varios de unos minutos. El airecito está fresco, algunos hacen gala de termo y mate. Alguien que cuenta que en la fiambrería del supermercado le preguntaron a ver si ya habían resuelto si iban a contratar a la empresa de vigilancia, a la sazón propiedad del marido de la mujer, quien además tenía un cartelito que pedía personal masculino para vigilancia. La mujer de la vivienda 011, que es policía, llama la atención sobre el detalle de que el empresario de la seguridad es un ex milico y que andá a saber. Los presupuestos de rejas para cerrar la entrada al garaje y la disquisición sobre si hacer o no una reja sobre la otra punta del estacionamiento y si convenía pagarlo a medias con los del otro complejo o no. La decisión que se aplaza en pro de nuevos presupuestos que se necesitan y de la inminente elección. Algunos escarceos empujando el tema de los cortes de pasto de las zonas compartidas que tampoco llegan a puerto. El de la vivienda 005 muestra experiencia en la cuestión y le da para adelante a la cosa, ayudado por la de la vivienda 004. El sorteo electoral empieza y el primer número designa como tesorero al de la vivienda 006. El señor con contactos y señores atigrados. En definitiva, yo. Me felicitan por la buena fortuna. El trámite sigue y resulta ser el secretario el de la 017 y el presidente el de la 018, ninguno de los dos presentes en la reunión.
Supe por Richard, el de la 002, que la de la 017 era una mujer que siempre estaba sola con un bebé recién nacido que incluso había estado un rato ahí y había ido a atender el llanto del crío y que la de la 018 no había aparecido ninguna de las dos veces. Al “ahora qué hacemos” de alguien siguió un “hay que ir a buscarla” de otro. Los comentarios florecieron como honguitos mientras la delegación iba a las viviendas 017 y 018, ambas con gente. La reciente madre pondría cara de desesperación para denotar lo abnegado y absorbente de su función y la otra nos saludaría por primera vez, desde los escalones, con un “uruguayos, uruguayas” birlado a nuestro magno oncólogo ejecutivo.
Todo lo que dijo después siguió el tono de lo primero, por lo cual prefiero que esas palabras no se repitan nunca más. Como ya dije, el propietario que fungía como patrón mío me tenía bastante podrido. Encima, la idiota de la 018 se hacía la graciosa al mismo tiempo que le quería sacar el culo a la jeringa. Lo peor es que yo ya la conocía y sabía que cambiada por una bolsa de mierda era un mal negocio. Es de hombres reconocer la ojeriza cuando la hay. El alma dividida no me permitió disfrutar la mudanza que hicimos con Vasil al Tesoro. Fue en el nuevo camión de Vasil, un Agrale, y desafiando a la lluvia inminente. Tuve noticia de la existencia de terrenos relativamente baratos en las inmediaciones y sólo eso me inclinó a mantenerme un tiempo más con el alma dividida, viviendo de ronga en lo de los Randasso Strzswiuckiuk y haciendo otras changas. A modo de precario corolario y, a falta de mejores comparaciones, debo decir que prefiero toda la vida a los Randasso Strzswiuckiuk, que serán soretones pero por lo menos tienen con qué.

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
Esta entrada fue publicada en narrativa propia, Vasil el Mudancero. Guarda el enlace permanente.

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