Justo en la mira, pero no se ve

Todos sabíamos de nieblas y de las gruesas. De llegar en una Hondita difícilmente móvil con la barba brillante en busca del vientre lleno de gente amiga. Cualquiera que hubiera vivido por lo menos un invierno en la zona y tuviera una mínima conciencia meteorológica sabía que las nieblas a veces se cerraban sobre la ciudad como recordándole que su lugar era transitorio. Especialmente los tipos que veníamos de cualquier otra parte del país conocíamos lo difícil que era ver cuajar una helada en esa atmósfera, salvo que te fueras campo adentro por la 39. No había quién no hubiera oído escuchar del quiebre térmico en la rotonda del Novillo o de la diferencia entre la temperatura en la terminal de Piriápolis y la de Maldonado. Tormentas llegadas de repente con una nube negra que se derrama sobre la playa y barre con todos los que estábamos al sol minutos antes. El viento del este que trae la lluvia y el del sur que revuelve la Mansa y limpia el aire al tiempo que lo enfría. El del norte que entraba por la ventana de la casa que alquilábamos entre varios y marcaba con precisión matemática las fechas en que nos peléabamos ella y yo. Incluso llegamos a aceptar como natural el viento aquel del 23 de agosto que nos hizo sentir en el Caribe. El cambio climático nos explicó eso. Pero los muchachos del Pamelita nunca habían estado tan desconcertados.
En lo personal –no tuve ocasión de contarlo en el Dancing porque otros tenían anécdotas más sabrosas- recuerdo haber percibido el fenómeno por etapas, en sucesivas caídas de ficha, como dicen que se van asumiendo las verdades de la vida. Primero, en un descanso, olí humo en el aire y me extrañó que la gente hubiera prendido las estufas tan temprano y en un día que prometía calor. Lo acepté con la naturalidad con que uno va acostumbrándose al caos en que vive, imaginé alguna quema de algo en la ciudad. Mi vida siguió en la irreflexión del trabajo cotidiano, con viaje en bicicleta y todo. Fue pedaleando mi bici Gregoria que tuve la impresión de que algo estaba raro porque el cielo se veía brumoso. La radio me desasnó cuando un físico hablaba de reactores nucleares. Explicaba cómo los reactores que generan su energía a partir de la fisión del uranio tienen por ventaja las férreas (o plúmbeas) medidas de seguridad. Ponía como ejemplo de lo fácil que se transmite cualquier contaminación el fenómeno que estaba sucediendo. Allí fue cuando terminó el trayecto de la ficha: aquello era humo puro y duro y venía, como tantas oleadas, de nuestro vecino y hermano país la República Argentina. Parece que a unos ñatos se les dio por quemar muchos campos al mismo tiempo y armaron la tal cagada, merced a la cual desmerecieron una vez más el nombre de la capital de su país. El físico de la radio explicó que, así como vino ese humo espeso y fácilmente perceptible, concurren a nuestro aire los efluvios de unos tres millones de autos cada vez que las corrientes así lo quieren.
El primer día si se quiere no fue tanto. Pero el segundo, ora por la reiteración de la dosis o bien por el fallido pronóstico de Meteorología, nos sentimos como la canción de The Platters: “Smoke gets into your eyes” (el humo se te mete en los ojos), la cual bien pudo haber sido metafórica antes pero no, ahora no. Nos guarecimos bajo el techo mortecino del Dancing Pamelita, esa noche con pocas y divertidas mujeres. Me acuerdo que, al llegar yo, el ambiente estaba formado en unas tres cuartas partes de su capacidad, lo cual es decir bastante, o sea, casi velocidad crucero. El Verija, Micaela, Pamelita muy visible ese día, el Ninja, el Cardenal (era más que canario) y esos que uno no incluye en el cuento hasta que se acuerda de alguna salida muy llamativa, que resulta serlo dada la habitual discreción en brusco contraste con una puesta escénica explosiva. Sonaba firme uno de los discos de Sabina más escuchados. Sentí una vez más que el Joaquín es como el perfume, una esencia diluída en alcohol. Había un lugar amigable para esconderse de la contaminación, aunque el humo igual se colara conmigo, sentándose a mi lado cuando me incluí en la cerveza nuevita de la Micaela en tácito acuerdo de que la próxima salía de mis bolsillos.
Entrar al Pamelita supone abandonarse a las líneas laxas de un acontecer azaroso. Es dejar que el cuerpo resbale como una gota de aceite de oliva. Terminó el disco de Sabina. Se evidenciaron las risas y los gestos ruidosos. No faltó mucho para que apareciera un guitarrero. Arrancó con las que sabemos todos hasta el primer signo de deterioro: la marcha “Mi bandera”, haciendo honores a una película que no todos habíamos visto y a un cuento que menos habíamos leído (estadísticas dixit). De ahí pasó en rápida progresión a la canción del Hiposaurio pedida por el Verija, ya bastantito adobado, o la de “Jugolín te caga la vida” que le pidió uno ronco. El cantor habló de los derechos humanos y se fue a echar una meada. La sonrisa mayestática de Pamelita Regueiro bendecía implícitamente la llegada de nuevos artistas. Uno que hasta el día de hoy no he logrado identificar soltó un repertorio de cumbias de principios de los noventa que arrancó más de una lágrima. Alguien me dijo que había caído en desgracia al tiempo que el género cedía su lugar al rock, que había cantado en una orquesta prestigiosa y se había negado a volver a las giras por el interior si no era precedido por los bocinazos de las radios de la capital. Merquero, me dijeron. Pero había dejado. Todos rememoramos con grisura hitos de nuestras carreras cazadoras, de cuando usábamos los rincones como sólidos argumentos a favor de nuestras propuestas torpes. Aplaudió toda la gente, alguno gritó alguna cosa, lo palmearon y pasó un flaco con pinta de gracioso al improvisado escenario. Dijo unas palabras de humildad antes de empezar a soltar el chorro. Se había memorizado el texto entero de un grupo de parodistas de San José. Fue expresivo y todo. Acompañó con gestos cómplices las partes picantes, manejó la voz como todo un profesional, sólo su carencia odontológica lo delataba como un aficionado perteneciente al mundo de la bohemia.
Lilí, una vieja amiga de Pamelita que nos había honrado ese día con su presencia, se despachó con un “Bésame mucho” a capella que dejó babeándose a la peña. Fue eterna mientras cantó y volvió a sus setenta y tantos cuando tornó a ocupar su lugar tras la barra, añeja copilota del barco en la tormenta quieta. Fue entonces cuando empezaron a presionarme y, ya medio empeducho, me sentí medio marinero pero más que nada por el tambaleo inevitable. Cuando llegué al ruedo resolví hacerme el difícil y empecé a clamar por el Verija, que sabe unos versitos criollos buenazos, aparte tiene oficio, lo mío es acomodar libros nomás. Pero la multitud arengó.
Bueno, yo no soy cantor ni nada y la verdad es que no me da la memoria para mandarme un chorizo de versos como el hombre acá presente –señalé al Spike, el recitador parodista- y más que nada me dedico a la crítica literaria y cinematográfica. Pa los que no estén enterados, les paso el dato, manga de ignorantes –miré a unos de los que más entonaban las cumbias-, se trata de leer un libro o mirar una película y después decir algo, o escribirlo, pa avivar a los giles de si conviene o no gastarse unos mangos en la obra de arte en cuestión. Con la diferencia de que uno, si sirve pa algo, no va prendido en la cosa, o sea, no gana un mango con decir que la película es buena. Y yo en ese sentido soy el tal crítico porque nadie me paga un mango –todo esto lo voy diciendo con muchos gestos imitando a alguno de esos comediantes judíos yanquis pero yo de alpargatas-, por eso es que les voy a contar de la última película que vi, la película de dos cabezas, una de ellas viva y la otra no, como si fueran siameses (una vez leí un libro donde eso sucede, se llama “Chang y Eng” y ya lo comenté en el blog. Porque, ustedes sabrán –irónico al mango- hay cine inteligente y cine chatarra. El primero, diría yo –uso un tonito pedante mientras emboto el semblante- se caracteriza –¡obsérvese el vocabulario!- por contar historias profundas o por lo menos contarlas de una manera diferente. El segundo es el cine en que siempre ganan los buenos y el presidente de los Estados Unidos es salvado por su heroico guardaespaldas averiado. Viste –me dirijo a alguien abstracto- que además los malos siempre son los árabes y son tan hijos de puta que incluso han desbancado a los tradicionales nazis y rusos de antaño. Bueno, les decía amigos, “Justo en la mira” es el título del largometraje en cuestión, donde lo matan al presidente de los EEUU en una plaza pública de España. Hago segundos de silencio efectista. Al principio, la cosa se va contando desde el punto de vista de cada uno de los involucrados, que son varios. Son pequeños relatitos rápidos que, al llegar al punto del disparo que baja al presidente se rebobinan y dan lugar a otro. La suma de los relatos deja ver la trama de un relato mayor que va desvelando la trama grande. Cuando te das cuenta de que a) el presidente es su doble, b) los terroristas lo saben porque tienen un infiltrado y c) todos son malos menos el agente héroe, el presidente y el negro de la camarita Sony, lo cual significa que se terminó la película. En adelante la película corre lineal y degenera estrepitosamente entre tiros, persecuciones que no se cree ni Peteco (un saludo para él que lo ando citando mucho últimamente), el presidente es salvo, la niña es salva, el negro ni se raspa, los malos mueren todos, etcétera –soy teatral en la enumeración-, he ahí la historia de la película que es dos películas aunque, si se ponen a pensarlo, el efecto de tantos lugares comunes sobre el final siembra la duda: ¿habrán querido que fuera cómica?
No había dado demasiada bola al público, así de concentrado estaba, pero me parecía que se reían. Sobre el final de mi crítica las risas ya eran mayores, incoherentes diría si no hubiera visto, recién al terminar y a través del espejo de en frente, que el Bartolomé me copiaba cada gesto parado atrás de mí el muy hijo de su madre. La película terminó siendo cómica nomás. Entonces agradecí los aplausos y le di paso a Pamelita, que hablaría de una novela en la que todo se cubría de humo.
No sé si no se habrá inventado la parte en que, cuando todos carecen de discernimiento, es una puta la que los guía. Eso es facilongo.
Nota: observe el lector cómo este texto se parece a la película citada porque arranca bastante bien y termina como el culo.

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
Esta entrada fue publicada en Dancing Pamelita, narrativa propia. Guarda el enlace permanente.

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