Lava lejana

Una vez más presento programación de emergencia, no sin antes dejar sentadas algunas cosas, como para que se queden quietas y no anden caminando por la habitación.

 

a) “Polvo nuestro que estás en los cielos” me generó como comentario inmediato la siguiente expresión: “un bolazo”. Después empecé a encontrar argumentos que sólo contemplaban con cierto cariño la presencia actoral de Carlos Maggi en una escena.
b) En un día en que parece llegarnos ceniza volcánica desde Chile, vengo en bicicleta y veo salir humo de la casa presidencial de la Avenida Roosevelt (Maldonado), supongo que se trata de una suerte de respuesta de nuestro cacique a las humaredas argentinas y a las pocas cuadras un Mercedes viejo y negro suelta una espesa nube de humo mientras observo la paradoja de que figura escrito con letras blancas en la parte trasera del auto “Deshollinador”.
c) En los mismos días en que sucedieron dos asesinatos calificables como brutales en esta ciudad en la que vivo (a la que quiero trasladar mi credencial y se cae el sistema de la Corte Electoral), estuve leyendo “La falsa pista” del sueco Henning Mankell, donde el horror no se escatima en una gran trama policial. ¿Cuándo llegarán los libros del gran sueco en ediciones del bolsillo? Sin embargo, lo importante es que por momentos temo vivir en una ficción que ni siquiera difiere de la realidad. Quizá sea por alguna sustancia respirada en medio del humo.

A CONTINUACIÓN, PRESENTAMOS PROGRAMACIÓN DE EMERGENCIA:

Toda posición es, a la vez, cómoda e incómoda. Por ejemplo, tomemos el caso del príncipe. Por una parte, el que ostenta tal condición goza de toda clase de privilegios y agasajos pero, por otro lado, sufre la presión del futuro trono en sus formas diversas. Hay quienes se atribulan frente a lo segundo, mientras que otros ven la parte ventajosa de lo primero. Sin embargo, estancarse en el lugar plácido puede fortalecer notablemente las fuerzas opositoras propias de lo embarazoso. En base a esto último, puede deducirse que intentar quedar significa moverse hacia atrás, lo cual, por lógica, implica que para mantenerse habrá que moverse hacia adelante, hecho que acarrea la paradoja de que atrasarse no es lo opuesto de adelantarse, ya que esta posibilidad que acabo de introducir se presenta como imposible. Acaso la paradoja se deba a una realidad simple: el tiempo sólo avanza y no hacemos más que acompañarlo. Y acompañar el tiempo significa tener una relación constante con él o, con otras palabras, mantenerse, razonamiento este último que lleva a la premisa de que para avanzar hay que mantenerse. Claro que no hay que ligarse a una sola posibilidad (ya vimos que todo puede partirse al medio), debido a que el tiempo no necesariamente es avance. Posiblemente ni siquiera tenga direcciones y nuestra muerte sea flor de orgasmo como postulaba Quino. Esto hace que dar vida sea infligir la muerte y que la expansión de los genes y los átomos sea el estertor de un universo que muere al expandirse. Pierde energía al extenderse en una respiración en la que se llena de aire metafórico porque se me ocurrió que el universo que nosotros percibimos es el pulmón de un ser vivo: el príncipe. El susodicho está drogado porque el rey murió. Deja de ser aspirante y se transforma en ocupante del poder. Disfruta y sufre por la futura corona y por el pasado perdido. Se ve forzado a acompañar al tiempo inexorable, con lo cual mantiene una actitud pasiva en la cresta de la ola cósmica. Lo compelen a actuar sus convicciones y, con ello, no avanza sino que repasa sus pensamientos trillados. Se da cuenta de que la forma de ganar poder es darlo a la plebe pero, como el poder que el pueblo va teniendo lo tienta, decide abdicar para convertirse en plebeyo poderoso. Su ejercicio del poder para obtener poder lo lleva a perder el poder. Desarrolla el impulso propio del que quiere subir y eso aumenta su carga de poder, que se apaga cuando llega. Ergo: llegar es una imposibilidad, no es más que un punto de inflexión para que la voluntad circule. Progresar no es más que granjearse la decadencia. Por supuesto que no progresar también acarrea decadencia. Veamos la otra cara de la moneda: buscar la decadencia activa las fuerzas de la recuperación. Intento, entonces, para que usted también lo intente, recuperar la idea inicial, donde sentía la inquietud de lo ignoto y la tranquilidad de la ignorancia. Ahora, que ya sé a qué lugar llevaba el camino iniciado, siento la incomodidad propia del sendero pedregoso y la comodidad de conocerlo. A su vez, conocer es, al mismo tiempo, un dolor y un analgésico. Una vez más, lo dicho me lleva a considerar posibilidades: ¿quién dijo que hay un solo tiempo? Quizá sean dos tiempos que chocan en el preciso instante en que yo escribo y usted lee, que son dos y el mismo. Y un instante, siendo una fracción del infinito, y considerando que puede ser al menos dos cosas al mismo tiempo (que no es el mismo) es el infinito. Esta afirmación liquida la teoría de los dos tiempos, que serían inabarcables y, por lo tanto, pertenecientes a una sola categoría abarcadora. Con palabras simples: el tiempo es uno solo y es miles. No existe ya que no se puede definir, pero decir “no existe” significa considerar los conceptos de negación y existencia. La implicancia, compleja, es simple: sabemos de la existencia que no existe. En suma (no olvidar que sumamos inexistencias): podrá usted extraer conclusiones. Podrá extraerlas de mi texto o generarlas con un texto propio a partir del mío, que no es extraerlas sino tergiversarlas, por más que tergiversarme es todo lo que he hecho al tiempo que me soy fiel. Léame y me engañará. Engáñeme y me rendirá honores. Honores que declinaré. Al declinar subiré y concluirá que no concluyo. Termino de escribir aquí, de modo forzado, porque podría extenderme indefinidamente diciendo absolutamente todo, es decir, nada. Fuerzo el fin para no perder la fuerza.

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
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