El tiempo

 

El primer plano había dejado lugar al segundo, y éste al tercero, y luego al cuarto, y después al quinto, y al sexto. La luz unánime del cenit propendía al óxido diario que impone la declinación. Cada vez mis pies negros y mi cabeza negra se alejaban más en ese patético afán por seguirme por doquier. Luego del último plano, el espacio, el ajetreado tránsito por el mundo material, contante y no siempre sonante. El monte se teñía de negro bajo el influjo de la oblicuidad de Apolo. Mi cabeza, como las calles, se despoblaba y, en su ecuador se formaban sendos casquetes polares. El río seguía corriendo, impasible. El herrumbre efímero dejaba sus últimos estertores. Mi cabeza, si por fuera carecía, por dentro se repletaba. Todo precede al último espacio, el adornado por abalorios mutables, áureos, cobrizos y luego tiznados. Las plétoras se desgastan, las bellezas se descastan. El poder se pierde porque su esencia se descubre. El saber es un océano. Y los espacios infinitos dejaban lugar al punto. Y el punto se amplió en recta. Y la recta se hizo plano. Y el círculo se cerró una vez más. Y la luz se hizo. Y se volvió a apagar.

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
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