Marcelo D(a)2

Días antes, un buscavidas insistentemente verborrágico nos había volcado hacia Barra da Lagoa, en la Isla de Santa Catarina. “Toda forma de poder é uma forma de lutar por nada” cantan los Engenheiros do Hawaii en su último disco acústico. Generalmente, el poder de unos seres humanos sobre otros consiste en asimetrías que favorecen a uno de los lados, cosa que precisamente hizo “Chocolate” al hablar y caminar muy rápido por las calles para nosotros desconocidas de Florianópolis, uno de esos lugares que no ofrecen sus problemas sociales al visitante bisoño. Nos convino la oferta que hizo mientras se disculpaba por el paro de transporte local que a la sazón inmobilizó la zona durante treinta y siete horas. Un gremialista, munido de un micrófono y un parlante, sermoneaba en plena calle nocturna cosas como que hace muchos años no hay una licitación, que las empresas están eternamente concedidas a las mismas familias, que es el transporte más caro de Brasil, etcétera y tal. Me sentí más inclinado a simpatizar con el solitario gremialista, aunque hablara como un pastor, que con los argumentos ladillas de “Chocolate”, que resultó ser de Treinta y Tres, como el que esto firma. Sé que el Marcelo habría adherido en un plano mucho más concreto. Casi lo veo sustituyendo periódicamente al transportista en conflicto para que éste pueda ir al baño. Cargando el parlante. Coordinando nuevas actividades. Lo veo con la armónica de los Engenheiros como cortina musical, y Anita repartiendo chorizos.
Conflicto terminado y nosotros radicados en un apartamento en Barra da Lagoa, lugar que fue la base de operaciones para recorrer, montados en el inefable y puntualísimo “sistema de transporte integrado”. Lo que se nos empezó a transformar en una deuda fue cierto paseo en barco que parecía no salir de ninguna parte en esa época del año. Cruzando el puente que hay a la entrada de Lagoa, todo un balneario chic, yo insistía en mi tesis desanimada mientras ella iba en andas de la ilusión. Llegamos justo a la salida del barco de línea que navega por la Lagoa da Conceição y es medio de transporte exclusivo para varios pueblos colgados de los morros y llenos de restaurantes linderos al agua. Tuvimos que esperar en uno de los pueblitos, que recorrimos, porque el barco iba hasta el pueblo terminal y volvía una hora después. Descubrimos el consabido artesanato y las iglesias, con más sucursales que el propio Dios. Supimos que se trata de gente que hace todo con un gran –e inevitable- sentido colectivo. Y el barco emprendió el regreso, cargando a cada muellecito nuevos pasajeros.
En la segunda o tercera parada, subió un grupo de personas. Un hombre flaco y de pelo largo sostenía la amarra para mantener la embarcación rente al muellecito. Ella me dijo algo que no escuché por el ruido del motor. Al ratito insistió. Le entendí algo de Marcelo. ¿? Mirá al de pelo largo. Me dijo que él había sido el que había sujetado la amarra. Que me fijara en sus gestos, en la ropa. Era el Marcelo en pinta. Empecé a mirarlo en detalle. Correspondía punto por punto. El pelo, largo como lo tiene el Marcelo ahora. Los gestos, justos y casi siempre afirmativos luego de escuchar a su interlocutor. Los antebrazos enjutos. El mismo yeito del Jesucristo en que creen los que no creen. “O Papa é pop, o Papa não poupa ninguém…”[1] cantan los Engenheiros. Una vez más, la cámara chusma robó una imagen, esta vez borrosa. Y el doble del Marcelo bajó del barco. Cuando saludaba a la mujer sentada al lado de nosotros, de tan convencido de que ERA el Marcelo, le retribuí la despedida. Me pareció que percibía mi mano levemente agitada al tiempo que se extrañaba. Luego de unos instantes, no pude contenerme y le pregunté a nuestra vecina si el muchacho que había bajado era compañero de trabajo de ella, cosa que nos había parecido. Dijo que era médico, carioca, amado en la comunidad. Lo describió como paciente y muy dedicado. Le conté que el Marcelo es igual. Se llama Artur Tavares y me hizo creer que hay una red mundial de Marcelos. Le dije a la mujer que le mandara un abrazo de mi parte. No se conocen y quizá no se conocerán nunca. Su prioridad, aventuro, no es hacer relatos como éste.
Mientras tanto, tipos como yo no pueden olvidar el encuentro con el Ale en Porto Alegre, que sembró maíz para el camino. Alguien tiene que sacar la foto. Y publicarla en la creencia de que la ingeniería del poder debe apostar a la liquidez horizontal.

Nota: el Marcelo brasilero se parece más al Marcelo actual que al Marcelo artesano del 2005.
[1] “El Papa es pop, el Papa no tolera a nadie…”

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
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