Niñita

Tá Relampiano, cadê neném?
Lenine

Dicen que uno llamó a la comisaría de la mujer y de la familia (se nota que le hicieron una pregunta) Me llevaron a un hogar. Dicen. Aprendí cuando llegaba la comida y a pelear por el agua caliente. Mi familia era esa. (se adelanta la historia) A Yésica le vino primero y me agarró prevenida. El liceo lo dejé en primero porque los profesores me perseguían. A la de biología la mandé a la mierda así nomás, claro, porque a ella no le estaban rascando la cotorra del banco de atrás. Por eso le había pegado la cachetada al Washington. Pero después me gustó y ta. Me agarró del culo y me dieron unas cosquillas… Nos besamo y ta. Nos metimo en un patio a la vuelta del liceo. Fue esa ve nomá. Y tá. Era harto mujeriego el hijo de puta, lo mandé a la mierda, curtía también. Creo que se reventó… No, a ella no la conoce, cuando sea grande le voy a decir que no tiene padre.

Los pasos levecitos avanzan por el pedregullo húmedo del invierno. A esa hora no todos los autos llegaron. Los pies plastificados en championes que no se sabe de dónde vinieron pasan inconscientes de un estacionamiento a otro. El complejo se divide en bloques de los cuales entra y sale gente, aunque en julio el ritmo es más de entre casa.
-¿Cómo te llamas? –dice con palabras muy nuevas.
El tipo que acaba de salir de su casa se extraña de que la niña ande ahí. La ropa ha sabido conservar una mugre que se hace evidente aun cuando ya la luz inexiste. El pelo es característicamente negro y amorfo. La nena es una cosita que corre con los brazos a los lados. Recorre distancias enormes mientras el tipo le pregunta si está sola. Él da pocos pasos mientras ella muchos, a la vez que la interroga de nuevo, sin respuesta. Pasitos apurados de bichito asustado en el ciento por ciento de humedad.
-¿Dónde está tu madre?
El abandono y el abuso están en el aire.
Sabe que la niña está abandonada y recurre a una vecina, que se acerca a la gurisita y le habla suave.
-¿Cómo te llamás?
-Antonella –surge del cuerpo chico y sucio que se balancea agarrado a los fierros de una estructura.
-¿Y tu mamá? ¿Dónde está?
-Se jue.
-¿Te dijo que quedaras aquí?
Asiente con los ojos duros.
-¿Te dijo que ya volvía?
-…-
Otra mujer viene. Le pregunta el nombre de nuevo. Y por la madre. Los segundos pasan lentos, sucios y húmedos. Los ojos amagan a desbordarse. Se llenó de extraños grandes. Una piecita chiquita no encaja en el rompecabezas. ¿Qué hacemos?
Cuando sonaba el 911 en la boca de alguien, aparece un hombre con una manguera en la mano.
-¿Es tuya?
Dice algo mordido. Pide que se la alcancen porque tiene las manos sucias. Se señala. Un niño que acaso tenga más. El hombre explica con palabras dificultosas que está limpiando una grasera.
El aire se llena de una comprensión residual al tiempo que el recién llegado ofrece sus servicios para limpiar las graseras de esa gente, que agradece negativamente.
Uno de ellos se pregunta si la niña habría sido reclamada de haber sido mayor la brecha de tiempo, si hubiera pasado al cuidado estatal. Sigue con su familia. Se familiariza con las graseras. Su embarazo adolescente depende de que llegue con vida a la fertilidad. Y su sobrevivencia será más hija del azar que de la voluntad de alguien.

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
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