La que cayó del árbol

(Cumplo aquí con el mandato de lo que votaron en la encuesta, no tan micro pero sí cuento)
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Lo sé desde esa vez cuando me caí del árbol del fondo de casa. Mi madre percibió que tenía el antebrazo quebrado, algo de lo que yo sólo me di cuenta al escuchar su pensamiento. Ella pensó que debía estarme doliendo mucho y lloré en consecuencia. Dejé que me mimaran mientras sus mentes estaban favorables a hacerlo. Cuando se cansaron, no me quedó más remedio que adoptar una actitud más estoica. Capítulo aparte era mi relación con la maestra, a quien valoré mucho desde ese momento dada la preocupación que mostró sobre la recuperación de mi brazo. Fue por eso que no me hice la loca como tenía planeado. Tenía pensado demorar mi reintegro a la escritura alegando cierta torpeza motriz que no sabría cómo nombrar. Pero mi amor por la maestra, y en consecuencia por la escritura. La segunda me trajo hasta este momento.
Aunque mi madre no se diera cuenta y los profesores se admiraran frente a mi inteligencia, la verdad era que yo no hacía más que escuchar sus mentes antes que sus palabras. La caída del árbol me había facilitado una herramienta insustituible para el ejercicio de la más sumisa demagogia, que duró hasta más o menos mis dieciséis o diecisiete años. Digo más o menos porque, de tanto meterme en las cabezas ajenas, se me olvidaba un poco leer la mía. Sé la época porque fue cuando no pude evitar por ningún medio que papá siguiera pensando eso tan insoportable que lo hacía ver todo como un contraste de negro y negro. En la confusión de la edad y bastante ocupada en interpretar a un novio bruto que siempre usaba camisas a cuadros, no pude darle mucha bola a papá, que se había quedado sin laburo. Se sumaba a su angustia la insidia de mamá que se había puesto agria y, aunque no lo decía casi nunca, casi todo el tiempo pensaba reproches que incluso Andrés parecía percibir a pesar de que era chico y estaba para jugar a la pelota. Era como un caldo espeso que papá no pudo respirar más. Capaz que por eso eligió la cuerda.
Cuando lo encontró, mamá no permitió que lo viéramos, aunque la imagen me llegó y me quedó pendulando para siempre, para siempre. Andrés permaneció inconsciente por el resto de su vida. Hasta ahora sigue sin darse cuenta de nada el pobre. Seguro que por eso es que chupa. Fue en esa época donde la rebeldía se mudó a mi carácter. Salí a trabajar y trabajando terminé el liceo y entré en la facultad. Como escuchaba las cabezas y tocaba bien la partitura me fue bien. No terminé la facultad sólo porque mi rebeldía no quiso acatar las órdenes tiránicas de un profesor con un manifiesto discurso liberal. Perdía el examen de gusto haciendo gala de argumentaciones olímpicas. Pero el laburo casi nunca me faltó por suerte. Es decir, los laburos. Porque decir la verdad en ciertos medios de comunicación era algo muy evitado por la mayoría de los colegas. Por ejemplo, nunca podría decirse que el presidente de ese ente que tanta atención mediática recibía fuera un mamado de la gran puta. Ni que determinado legislador de la oposición se hacía dar por uno de sus secretarios frente a la impávida mirada de su mujer de dos apellidos, lesbiana por más datos. La sociedad no puede enterarse así como así de las cosas, y mucho menos de las que yo sabía, que siempre eran más que las que les llegaban a mis colegas, mucho más inhábiles a la hora de saber los pensamientos ajenos. Una entra en una cancha embarrada donde los valores son diferentes a los que se declaran y los pensamientos son diferentes a los valores secretamente compartidos entre unos pocos. Varios intentaban más adivinarme las tetas que responder mis preguntas. A sabiendas de eso, lograba que dijeran cosas que realmente pensaban. Lo hacían para evitar admitir su lascivia. A veces. Porque, en otras ocasiones, mentían mientras me miraban descaradamente. No faltaron los que me hicieron propuestas. Los rechacé de varias formas, aunque mi favorita consistía en decirles algo que sabía les dolería o avergonzaría.
Hasta que me lo encontré a Santiago. No sé bien. Dijo algo suave con tono desprolijamente decidido que me metió en su mente de niño que corre sudando con un conejo moribundo rumbo a un veterinario que no podrá hacer nada. Se le notaba que no tenía demasiada idea de qué era lo que quería, de que ni siquiera se había planteado la pregunta. Corría pero con cuidado de no lastimarse los pies. Llevaba el conejo en sus manos buscando agarrarlo firme y suave. Me dejé deslizar por sus palabras curiosamente parecidas a sus pensamientos y me di cuenta de que por primera vez tenía un orgasmo y que lo hacía al tiempo de que sabía que él explotaba como nunca antes.
Yo puse el toque tormentoso y él se permitió perderse en mis laberintos. Lo dejé que se topara de nariz contra la piedra negra y lo hizo varias veces. Sé que sembré en él la idea de lo trágico. Por esa época, había resuelto hacerle caso al psiquiatra y me dopaba con unas de esas pastillas de efecto acumulativo que te encierran y te hacen delirar, cosa esta última de la que me enteraba escuchando los recuerdos de la noche anterior de Santiago. Por primera vez alguien me leía. Él se imaginaba que yo hoy estaría aquí. Sé que quedé grabada en sus ojos con cara desencajada y piyama de seda. Los pelos desordenados y él rescatando mis tetas para sus ojos en medio de la puteada que yo le echaba el día en que lo dejé por primera vez. La segunda vez –y definitiva- cedí a su deseo de cogerme por última vez. No pude negarle –ni negarme- en encuentro de aguas de lágrima y barro. Yo tenía el piyama de seda y me lo arrancó. Por eso lo tengo ahora. Quería que me recordara como una hembra en medio de la tormenta. Él quería eso. Creo que lo que no pude soportar de él era que leía mi cabeza como yo leía la de todos.
Lo dejé atrás. Pero nunca me olvidé de la imagen que él veía de mí, con el piyama semiabierto dejando entrever algo que en ese momento no sería dado. Algo que sólo ahora entregué por completo: mi vida con el piyama. Dispuse todo de un modo artístico, sin saber muy bien el efecto. Elegí la luna menguante y el día frío. La cuerda. La rama adecuada. El banquito que caería para que yo siguiera a papá. La opresión de la piedra negra en el cuello, ampliándose como un apagón hasta los dedos. El dolor que no se siente más. Los pájaros que se posan en la rama cuando ya sé que nunca más voy a respirar. La noche que pasa hasta que se va manchando de rosado. El hombre que me encuentra y se asusta, oigo sus pensamientos. Los policías llegan y cabildean sobre cómo me van a bajar. Se sienten mal. Resuelven cortar la cuerda y que mi cuerpo caiga seco hasta el piso, donde se hace el silencio por primera vez. Ya no escucho lo que piensan. Sólo presiento una pausa. Me deslizo hacia todas partes, por primera vez libre de los pensamientos de los otros. Dedico mi último impulso a meterme en la cabeza de alguien, en sus dedos, en una pantalla, en las mentes de todos.

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
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