El papel

Se calzó los zapatos amarillos, agarró el termo y el mate. Caminó echando vaporcito las cinco cuadras que lo distanciaban de la avenida, donde lo levantaría el camión. Llegaron los compañeros, cuatro ese día, todos de zapatos amarillos y vaqueros de cemento. Se saludaron secos. Dos compartían el mate. Él tomaba solo y después durante el día intercambiaría la cantidad de palabras justa y necesaria. Nada de andar pajaroneando. La mujer lo tenía podrido, el gurí lo paspaba.
Se hizo la dormida. Cuando sintió el ruido del sun calentando el agua se dejó arrullar por él mientras frotaba lentamente los muslos disfrutando del crujidito casi inaudible del protector diario. Tendría que cambiárselo. Le quedaban pocos. Siempre le pasaba eso. Aunque estirara la duración de la toalla, tarde o temprano había que usar otra. Siempre decía para sí misma que si fuera millonaria se cambiaría de toalla diez veces por día. Se imaginaba la alarma del celular sonando a ciertas horas, en las que ella, reina misteriosa, haría una salida majestuosa cuya finalidad sería el secreto personal. Él se fue. Cerró la puerta con mucho ruido, como siempre. Está bien que fuera de fierro y se trancara un poco pero ese barullo hecho por él era una grosería. No la había apartado del sueño pero la sensación era como si lo hubiera hecho. ¿Se habría despertado Braian? No se puede con este gurí. En el liceo tiene casi todas las materias bajas y cada dos por tres me están llamando para romper los huevos, como si una viviera para ellos. Y bueno, si le pegó al otro por algo será, creo que sé quién es, me parece que conozco a la madre, es medio yegua. ¡Braian! Se oye el gruñido del adolescente que parece que se está levantando. Putea por algo, tal vez por la tabla de dibujo. Va hasta la cocina y hace unos ruidos. Por suerte ya se va a ir. Después de varios ruidos se va sin lavarse los dientes y con un portazo heredero del anterior.
Calma. Y un rato más de sueño porque el marido vuelve de noche y Braian de tarde. Uno come en la obra y otro en el comedor municipal. Ella tiene el resto de guiso del otro día. Para la noche se llama y te traen.
El albañil llega de noche cuando la mujer ya está acostada. A pesar del cansancio y la cerveza, llega a ver.
A eso de las diez de la mañana se despierta y mira una receta de cocina que nunca va a hacer. Se pregunta por qué mierda no ponen el cable y se responde en seguida identificando al culpable. Disfruta sentirse la pesadez por un rato y va al baño a cambiarse de toalla. Le duele un poco la espalda. Se prepara un desayuno a base de galleta y dulce de membrillo. Ahora entrevistan a una mujer que habla de los suicidios o algo de eso. Da unos teléfonos. Avisos de nuevo. Tendría que comprar ese detergente para cuidarse las manos con los fregados que se le acumulan. Vuelve el conductor, es medio maricón pero parece que te acaricia con lo que dice, no como su bruto doméstico. Presenta el horóscopo y espera ansiosa a que pasen los primeros signos hasta llegar a Leo. “Posibles conflictos de pareja, aproveche sus oportunidades laborales, ruja sólo cuando sea necesario.” Sabe que lo que dice es para ella y lleva el plato a la cocina. Mira el cielo. Se chupa las nubes hacia un lugar indefinido que va desde entre medio de los ojos hasta la parte baja de la espalda pasando por las cervicales. De haber sido más joven habría llorado. Pero ha aprendido que así no se arregla nada. Hay que hacer algo. Deja caer los párpados en un gesto teatral que ensaya para no representar nunca. Hace caras dirigidas a un espejo inexistente. Imita a la sufrida mujer de “Alejandra querida” que todas las tardes acarrea con la piedra de su familia en una pendiente eterna siempre con un nuevo baldazo de mierda fría. Podría llamar a Gladys, pero sabe que ésta ha estado hablando a sus espaldas cosas que no debió haber hecho. Para colmo, la que le trajo las noticias tampoco es de su devoción. Y ella hace caso a las recomendaciones. Porque el mensaje de la última vez había sido claro: “aléjese de quienes no lo quieren bien”. Desde hacía un tiempo venía sintiendo que por vez primera alguien leía en su alma como si se tratara del diario del lunes.
Llega a ver un papel donde sabe que vienen cifras. Él paga todo para que no lo jodan. No sabe bien qué mierda hace casado con la gorda. No llega a entender muy bien por qué tiene un hijo que se llama Braian –y no Wilfredo como el abuelo- y lo insulta cada vez que coinciden, cada vez menos en los últimos meses. El gurí ahora habla con palabras que él no entiende. La mujer no sirve para nada. No es capaz ni de hacer un buen puchero. Pero sí es capaz de hacer lo que está viendo ahora.
Había considerado ir a “Pare de sufrir” pero descartó la idea porque implicaba tener que ir hasta el centro. En esa época no habían abierto la sucursal del barrio, si no la historia habría sido otra. La opción espiritual que le quedó a mano fue el teléfono. El hombre, impecablemente vestido, elegante en el gesto y la palabra, invitaba a saber fácil qué es eso que le está pasando, quién es ese que está poniendo obstáculos en su vida, quién le quiere bien y quien le desea cosas del astral inferior. Al principio no estaba convencida pero discó. Se dejó llevar cuando escuchó palabras de verdad sobre lo que le estaba pasando. Sintió como si le desnudaran las penas con la voz. Ella era una reina encantada que se veía marchita por culpa de personas oscuras. No precisó demasiado esfuerzo para identificar las víboras que le estaban envenenando la vida, aunque sí precisó llamar varias veces más para confirmar sus convicciones y detallar la lista de cosas que andaban mal. Y su marido… Además, ya que habían dado en el clavo de tal modo, podía confiar ciegamente en las recomendaciones que le daba esa voz.
Pasó por el bar para poder tener un rato bueno. Había laburado todo el día como un perro y estaba muerto. La verdad es que no quería llegar a la casa. Sabía que si la mujer le decía algo la iba a fajar sin remedio. O si el gurí le venía con quilombos de vuelta. Vio un partido con los muchachos del bar. Nada importante, unos cuadros de media tabla del campeonato argentino, uno a uno. Hasta que tuvo que volver a las casas, pensando en dormir y en volver al laburo al otro día. El recibo había quedado ahí, como si la mujer no se hubiera animado a pedirle la cifra que se veía al final del papel. No entendía lo que decía pero el número se veía muy bien. Se parecía a la cantidad que cobraba por quincena.
Ella estaba viendo el programa de chimentos de la tarde cuando dejaron el recibo por abajo de la puerta. Leyó la cifra y cobró noción de lo que realmente estaba pasando en su vida. Se había enviciado con el tarot de la tarde. Se lo estaban cobrando. Sintió que iba a cobrar y no supo qué hacer. Decidió enfermarse. Se acostó cuando bajó el sol, cosa que fue percibida por el hombre que desde temprano había llegado al barrio y había rondado la casa sin que nadie se alterara. El Braian no llegaba. Tal vez anduviera con los guachos del barrio, andá a saber qué hacen éstos. El marido tampoco llegaba y, acostada prematuramente, se sentía desfallecer de miedo. Se merecía lo que venía. Empezó a llorar anticipadamente, como para no quebrarse después.
El hombre que fumaba un tabaco aromático vio llegar al marido. Más que abrir la puerta dio un empellón ciego contra el hierro. Fue notorio el momento en que el obrero veía el recibo de teléfono. La cara se desencajaba al tiempo que se hacía el momento de soplar el tabaco hacia adentro por la puerta. Ya había rodeado la casita. Por suerte casi todo era terreno en la vuelta y no tenía que andar trepando muros. Ahora la mujer estaba oyendo los pasos borrachos mientras se hacía la dormida. El dueño de casa abría los brazos como un cristo desamparado. La actitud duraba unos segundos que precedían los pasos hacia el cuarto. El tipo de afuera revolvía en la bolsita, hacía unos gestos en el umbral. El de adentro avistaba el bulto de su mujer acostada; por unos segundos la vio horrible pero reparó en la curva de las caderas. Algo se derramó adentro suyo y, sin saber por qué se encontró separando suavemente el pelo de su mujer y besándola en la mejilla.
El que estaba afuera dio el último soplido de hierbas. Sacó del saquito unos granos de maíz, uno de cada uno de los cuatro colores, y los depositó cerca de la entrada. Gesticuló concentrado, expiró y rumbeó hacia el sur, donde había quedado de encontrarse con uno de sus compañeros.

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
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Una respuesta a El papel

  1. >What a great moment of reading blogs.

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