Vuelta al Cerno

Mi religiosidad es un ritualismo emotivo que, ahí lo veo claro, me acomete en ciertas ocasiones como por ejemplo cuando vuelvo a Treinta y Tres. Ver los árboles de la plaza o llegar a la cama que usé casi ininterrumpidamente durante unos quince o dieciséis años. Y, además, encontrar en la mesa de luz el libro que me manda regularmente Banda Oriental porque es la dirección que tienen. Esta vez, además de visitar a mis ancestros, me dejé visitar por la escritura de Guillermo Álvarez Castro, quien acaba de ganar el Décimo Quinto Premio Nacional de Literatura con su libro “Estrellas de cine”. Ya sabía, antes de leer el fallo publicado, que Leonardo Cabrera había obtenido la mención dada por el jurado. (por más detalles epiteliales habría que leer lo que ha puesto DGB en http://www.tartatextual.blogspot.com/)
Hablaba del ritualismo y recordaba el tiempo redondo. Porque las culturas cuya religiosidad no es disociada del mundo -como nos suele suceder a nosotros- tienen una percepción cíclica del tiempo y de sus vidas. Las ciudades, en relación directa con su tamaño, tienden a la fragmentación de todo. Los pueblos, como Treinta y Tres, tienden a un tiempo distinto, que se parece menos a un círculo o a un supermercado como a un museo donde todo parece estar en formol. Sobre todo, si el ojo que mira viene de una sociedad donde ya hay quizá más motos que gente. Entonces recorría la feria de los domingos de la calle Manuel Oribe y me encontraba con los mismos puestos, incluso los mismos libros que ofrecían dos tipos ya hace meses. También había ido la noche anterior al Rancho, el baile que tiene más años que yo, o más o menos. Tocó justo “Cerno”, el grupo folclórico olimareño por antonomasia desde hace varios años. Supieron confirmar mi teoría del tiempo en pause y tocaron las mismas canciones de siempre, excepto una nueva que ya había sido estrenada en el Festival.
Hasta que me subí al Olivera para volver a Maldonado. Ya atardecía y el sol iba a hacer brillar los pastitos del campo. Pero agarré el libro de Álvarez Castro y le di de punta hasta que se terminó, tal vez en menos de dos horas, prueba de que no es un pelmazo. Consiguió, además, ponerme nervioso. Figúrense cuál sería mi sensación cuando, a bordo de un ómnibus, me encontraba con que el primer cuento atacaba con un auto derrapando, una mujer que moría y un conductor amnésico. Un rato después aparecería también un accidente, esta vez con el conductor muriéndose entre recuerdos jazzísticos. El jazz aparecía también en otro cuento, ligado ahora a la figura de un padre que está muriendo y sobre quien se recuerda la vez que escuchó a unos yanquis tocar en Valizas y reflexionó acerca de que acá es una mierda porque nadie aplaudió a los tipos cuando se pusieron a tocar. Sobre este cuento tengo sentimientos encontrados ya que, en primer lugar, me pareció bien escrito pero, en segundo, me cansan usualmente las alusiones al jazz (no conozco, no me gusta, a veces me suena a pose) y, en tercero, eso de que acá somos mediocres me aburre y me parece inconducente, aun cuando la inclusión de la idea en el relato refleja fielmente la extendida y aceptada tesis de nuestra inferioridad. También hay fidelidad en los cuentos a una “estética Nano” que se solaza en la sangre de los accidentados. Ahora que pienso, el tono suele ser morboso en GAE, además de decadentista. Quizá el mejor cuento sea “El Vuelo”, lo cual sitúa mi opinión junto a la de Fornaro, Peyrou y Cosse (Sofovich, Casán y Lafauci pa los brutos). Parece que el autor, además de reconstruir bien la época y edificar buenos personajes, se interesó por la teoría del Caos. El cuento que menos me gustó es el que le da título al libro: habla de viejos actores de Hollywood y me recordó a otro horrible que había leído, casualmente ganador también del Morosoli.
Pisé suelo fernandino de nuevo después de los cuentos leídos con la porquería esa que en los omnibuses se llama luz. Seguí pensando, de acuerdo a mi tesitura de que las menciones son mejores que los primeros premios, que el texto de Leonardo Cabrera debe ser buenísimo. No sólo me baso en eso: conozco cosas hechas por Leonardo, que llegaban a Maldonado con la forma de la revista “La letra breve”, que se editaba en San José, allí donde también colaboraba Pedro Peña (www.eldorianos.blogspot.com), que supo ganarse un Morosoli. Dicen que DGB anda por publicar algún libro. Quizá no anduve tan disparatado cuando, muchas entradas atrás en este blog (http://chorizoderueda.blogspot.com/2007/11/manifiesto.html) yo escribía un Manifiesto, así de pesado nomás. DGB, un mesurado, disentía. Yo, como ven, me mantengo en mis trece. Y doy un argumento: una generación sólo es considerada como tal una vez que se ha hablado de ello.
A favor de las conductas redondas como una pelota y volvedoras como ternero guacho, me voy a Valizas, a ver si tengo la suerte de ver de nuevo al Abel tocando en lo del Yiye, ahí donde todos aplaudían. Eso también ya apareció en el Chorizo. Como ven, no hago más que repetirme. Chau.

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
Esta entrada fue publicada en Banda Oriental, Leonardo Cabrera, Premio Nacional de Narrativa, Treinta y Tres. Guarda el enlace permanente.

6 respuestas a Vuelta al Cerno

  1. >” (…) Fornaro, Peyrou y Cosse (Sofovich, Casán y Lafauci pa los brutos)” Jaaaaa!!Bueno, Sr. Igancio… 1- Me gustó mucho este post. Coincido en gran parte con lo que dice sobre GAE, salvo que a mí todos los cuentos me parecieron muy grandilocuentes y olvidaron un poco el arte de narrar, salvo, salvo, salvo, en un cuento que me pareció realmente muy bueno y muy bien logrado. “Fotos”.2- El cuento de Leonardo Cabrera disponible para el público por el momento es “En el borde difuso”, aparecido en la última antología de narrativa joven hecha por Hugo Achugar para Trilce. Y, sí, es muy bueno.3- DGB, un mesuradísimo.

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  2. Jhonny dijo:

    >Tantos años señorito. Me alegra saber que anda por la blogosfera. Uno acá, escribiendo pa’ no aflojar. Un abrazo.

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  3. >Nacho:Coincido con Damián respeto a la supremacía del cuento “Fotos”, y contigo en lo que se refiere al relato que da nombre al libro.Creo que la premiación delata, además, cierta inoperancia en los jurados. Encontré notorias deficiencias de sintaxis y, por momentos, recurrencias a ciertas formas verbales como, por ejemplo: “sobrevenir”. Creo que la evalcuación de una conciencia escrita debería comenzar en la norma. De ahí pá delante, ¿no?

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  4. Telemías dijo:

    >Ignacio: estoy en todo de acuerdo en esto que escribiste. Y veo que casi todos pensamos lo mismo acerca del libro mencionado. ¿Otro índice de función generacional?Gran saludo

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  5. Ignacio dijo:

    >Probable, Tele… ¡Qué bueno que nos vamos encontrando todos!

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  6. Ignacio dijo:

    >no me había fijado en lo de la norma, pero lo que sí me pareció fue que se parecía demasiado a algo que me parece que está establecido y me gusta lo original…

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