Biblioteca

Todo empezó con la tristeza, como me había pasado la vez en que llegué hasta la librería que siempre visitaba y la encontré vacía y lloviznando finito. Todo empezó con la tristeza cuando llegamos con Vasil en el camión. Del Dancing Pamelita quedaba tierra allanada y también algunas maderas. Yo hacía tiempo que no caía por ahí y también llevaba demasiadas semanas sin ver a Vasil el mudancero. Cosas del trabajo. Los Randasso Strzswiuckiuk seguían dándome casa y sueldo para que yo les cuidara la casa con riendas flojas y les alimentara la biblioteca para el verano, lo que me permitía dedicarme a trabajar como corrector del Semanario Realidad, que antes de mí tenía unos errores feísimos. Hay que ver las ediciones viejas y las de ahora. Oraciones mal construidas, comas mal puestas y errores ortográficos pasaron a la historia. Mientras yo me hacía unos pesos para ir pagando las cuotas del terreno y los palos y el carpintero al que le pagaba y le peonaba. Todo eso, en fin, me tenía muy atareado. Inclusive, había adquirido estabilidad en cierto aspecto de mi vida que me mantenía alejado de los antros de tiempos anteriores. Hasta que un día me lo encontré a Vasil en la calle y surgió la propuesta de ir a tomar unas en el Pamelita, que nos esperó sin estar. Quedamos un minuto o dos en el camión, sin bajarnos ni hablar, secos de dolor. Creo que yo bajé primero y caminé por el terreno húmedo ensuciándome las suelas de pérdida. Supe que Vasil llevaba mucho tiempo sin ir, que algo que no diría lo apartaba del boliche. Tiramos algunas ideas sobre el piso para tratar de entender por qué disposición municipal, protesta de ricos o decadencia ocasional no estaba más el Dancing. ¿Habría muerto Pamelita Regueiro, la puta sempiterna que ya sólo ejercía con impotentes? Otrora el lugar había cerrado por el mal olor de la pirámide de condones usados que tanto laburo costara estructurar, o por la falta lisa y llana de clientes.
No nos dio para hablar mucho en el lugar porque Vasil enfiló hacia el volante con presteza. Lo seguí. Fuimos a un bar de borrachos que no me gustó mucho. Vasil conocía a algunos de los mamados pero a mí ninguno me cayó bien. Me parecían demasiado acostumbrados al gusto ácido en la boca. Pero por suerte había un partido de fútbol en la tele, creo que era uno de la Copa Sudamericana, un torneo de poca monta que se jugaba en la época. Dio para pasar el rato con unos chori de mediotanque y unos vasos fríos. Conversamos más que nada sobre el partido que daban, con el tácito acuerdo de no hablar de temas demasiado personales, que nunca son cómodos. Hasta que el celular de él impuso un viraje de timón. Lo sentí que hablaba de una mudanza desde Durazno, una biblioteca, unos libros. “Aguánteme un cachito… (se dirige a mí) ¿tenés algo que hacer mañana?… (después de que le digo que no, que tengo el día libre vuelve a hablar con la persona) Por unos pesos más le mudamos los libros también si quiere, se los dejamos dispuestos en la biblioteca…”
Tuvimos que ir con un mapa porque ninguno de los dos conocía las rutas que llevaban más rápido a la capital de la plaza de la pelota. Llegamos a la ciudad del caudillo de water como a las nueve de la mañana. Demoramos unos minutos en dar con la dirección después de hablar por celular. Cargamos rápido. Ya tenían todo medio embalado y envuelto de recomendaciones. Los libros estaban en cajas prolijamente cerradas y, me explicó la mujer, adentro de una de las cajas había una hoja con los criterios que tenían que ser seguidos para ubicarlo todo. Sintió la necesidad también de demostrar su ansiedad porque la biblioteca estaba recién hecha, “tengan cuidado que no se vaya a rayar” y “no sé cómo van a caber los libros, fijate bien que los estantes tienen distintas posibilidades para ponerlos.” Nos explicó que eran los libros de su hija, que era profesora de literatura y se mudaba a Maldonado y que justo se había ido de viaje con el nuevo marido, que la casa esa a donde íbamos a llevarlos había sido recién comprada por ellos y que esperaba que este marido le saliera mejor que el anterior. Parecía bien la doña pero se notaba que no tenía con quién hablar y te las llenaba mismo.
El viaje de ida había tenido esa energía del mate y los bizcochos de la primera mañana y la vuelta estuvo buenaza.
Llegamos bien a la casa. Habríamos llegado igualmente bien sin las indicaciones excesivas de la mujer de Durazno. Bajamos el mueble sin novedades. No precisamos las cuñas que nos dio el carpintero y tampoco fue necesario retocar la pintura con el contenido de la latita que nos dio por último. Vasil se fue rápido porque tenía algún compromiso sobre el cual no se explayó. Quedé yo con la mayor responsabilidad. La mujer no repararía ya en raspones de la madera u otros defectos físicos. Sería sensible a lo que pasara con sus libros, que empecé a sacar con cuidado de las cajas de cartón primorosas. Leía bien. Deseé conocerla a medida que fui viendo los títulos y las ediciones, a muchas de las cuales se les notaba el sebo de varios dueños y su pasaje por ferias y cajones de usados. Identifiqué su letra en anotaciones marginales dueñas de una chispa distinta a la que tendría la mujer que imaginaba. Le puse un ritmo lento a la tarea porque iba leyendo poemas escritos por ella. Cuando ya iba como tres horas mirando los libros en vez de ordenarlos, encontré uno que me llamó particularmente la atención no sabría decir por qué. No pude resistir abrirlo y, en la primera página, en vez de figurar el omnipresente nombre de la dueña decía algo que me dejó duro: “Al fin lo abriste. Te conviene hacerle caso al instructivo que te dejé y todavía no has abierto. Después de que ordenes los otros libros como dice ahí, podés abrir éste de nuevo. E.” Sentí que debía ser así y busqué las hojas del instructivo, que resultó sorprendentemente preciso. No sólo estaban mencionados todos los libros de las cajas sino que también se planteaba un ordenamiento preciso hasta el inquietante dato de decir cuáles debían ir en cada estante. De la biblioteca recién hecha.
Fue tan preciso todo que ordené todo en no mucho más de cuarenta minutos, aun habiendo desparramado bastante. Quizá también me impulsó la avidez por saber qué diablos había en aquel libro que parecía haberse dirigido directamente a mí, impresión que reafirmé cuando, al abrirlo de nuevo, ahora en la segunda hoja, decía: “Prendé la tele y poné Televisión Nacional”. Hacerle caso no era cuestión que yo pudiera decidir y fue por eso que vi lo bien imitada que estaba la particular cadencia del hablar de Jorge Luis Borges por el actor que lo representaba. Justo el día en que yo acababa de colaborar en la particular mudanza, la película transcurría en la época en que el escritor argentino trabajaba en una biblioteca bonaerese y se enamoraba de la señorita Canto, quien profesaba la fe comunista y quería aparearse con Georgie, quien se mostraba reticente a la carne. El tiempo de la narración abarcaba hasta el momento en que Borges, luego de ser destinado a su cargo de inspector de aves, se aboca a dar su primera conferencia, donde dice que ignora algo sobre la literatura inglesa.
Así como hubo terminado la película, me tiré de cabeza al libro. Para mi sorpresa, no había más notas previas. Empezaba la novela. Empecé a leerla. Era un policial europeo. Estaba ambientado en un país indefinido y eslavo. El detective, algo excedido de peso, hurgaba en una trama en la que se descubría una trama de mujeres latinoamericanas secuestradas para ser prostituidas. Cuando ya eran cerca de las diez de la mañana, yo seguía leyendo a pesar de que me picaban los ojos y hacía fuerza para no caer dormido, sin saber bien por qué. Llegué al final tan cansado como el detective y su equipo. La diferencia fue que ellos no leyeron como yo la notita que un lápiz había escrito en la página blanca del final. “Te di la mano, de vos depende el resto. E.”
Tuve la innegable impresión de ya haber vivido eso. Las páginas que ya había visto, los apuntes, los poemas, los recovecos, todo estaba allí en la biblioteca para ser visitado hasta los tuétanos. Sonó mi celular. Era del Semanario Realidad. Que por qué no había corregido la última edición. Mandé la mina a la mierda y le sugerí que se metiera la edición en el culo, que ellos se merecían que saliera feo por bichicomes, que por tres mangos como me pagaban no les laburaba más.
Y me fui de esa casa sin hacer caso a la invitación de E. Noté que algo raro se avecinaba. El paisaje urbano estaba raro. Parecían faltar cosas. Yo hacía un camino que me daba la sensación de ya haber recorrido. Tenía que encontrarme con unas personas. Fue de esa manera que inicié mi relación comercial con los Randasso Strzswiuckiuk. Ese era el apellido del tipo, que por más señas se asemejaba mucho a Ungenio, el de Condorito.

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
Esta entrada fue publicada en Borges, Dancing Pamelita, narrativa propia, Vasil el Mudancero. Guarda el enlace permanente.

7 respuestas a Biblioteca

  1. Telemías dijo:

    >No sé qué decir desde el punto de vista crítico (y a quién le importa…)Sólo que me entretuvo mucho, muchísimo.

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  2. >Coincido con Telemías… Además, a mí también me hablan los libros.Dentro de un “Doña Bárbara” usado que compré hace poco, encontré una tabla periódica de los elementos y una notita firmada supuestamente por Stephen Hawking que decía:”Tu eres el próximo Einstein”Abrazo!!!A.A

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  3. Jhonny dijo:

    >Es un cuento circular del que no se puede salir. Nunca más. Decílo Enzo.

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  4. >Muy bueno, Nacho. Me gustó.Un saludo.L.

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  5. Ignacio dijo:

    >Agradezco las opiniones favorables y, sobre todo, que se tomen unos minutos en esta parrilla de texto. Jhonny: Magallanes cree que no es conveniente eso de dar vueltas en redondo, por eso se hace asesinar por los indonesios. (Elcano dixit)Ah, ¿verdad que hay errores imperdonables de estilo? Fíjense si no como repito palabras…

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  6. Telemías dijo:

    >tener errores de estilo es una marca estilística.

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  7. Ignacio dijo:

    >salvo cuando el autor los considera errores…

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