Realojo

Un vecino en particular se había visto mucho en las pantallas de los canales locales. Aunque no reparara demasiado en la dignidad de sus argumentos. Pienso yo que, si hubiera visto la niebla que yo vi empozada en el terreno, podría haber presentado una fundamentación más humanitaria. Yo me imaginé a mí mismo a la hora del mate del invierno, calado más que por el frío por la oscura proximidad de vecinos húmedos. Me figuré el verdín jabonoso de las paredes rajándose. Fui apocalíptico, no lo niego. Pero pensé más que nada en la gente que iba a ser destinada a vivir allí. Justo había visto la noticia en la tele cuando pasé por ahí en alguna andanza.
Sé más que el común de los mortales porque vi la realidad a través de la cabina de un camión. Sabido es que desde tal atalaya se divisa una porción distinta del mundo. Las mujeres suelen quejarse de las declaraciones que hacen los camioneros respecto a sus humanidades y hay una explicación para eso, si bien no sabría decir si física, psíquica o mezcla de las dos. Puedo hablar con propiedad porque me pasó, aun cuando debo agradecer a mi carácter timorato el no haber dicho nada zafado a la flaca esperpéntica que a golpe de vista se me antojó buenaza. Esa visión distinta no se remite específicamente al flirteo –que muchas de ellas propician con miradas hacia arriba- sino que dota al observador de un sesgo conceptual integrado con la realidad del medio. Es decir, te das cuenta del movimiento real de las cosas. Sin dudas, mi amistad con Vasil me ha enseñado más que el tiempo gastado en los salones a medio contruir de la Facultad de Ciencias Sociales. He podido atender variables demográficas de San Fernando entre roperos y calefones. Como ya he contado, Vasil es uno de los tantos que hacen su vida a partir de las mudanzas que la gente se ve obligada a hacer. Si no me creen, hagan como Ana Hickman, que simuló ser una mujer del interior que se mudaba a Maldonado y filmó con una cámara oculta las distintas ofertas inmobiliarias. Era disparatado. Me quedó patente para siempre la señora sesentona de vestido casi transparente que le ofrecía un cuarto de tres por uno y medio por tres mil quinientos pesos, le aseguraba que podía mirar la tele con ella si quería y agregaba que los gastos en productos de limpieza iban a medias. Pero yo he visto los tránsitos. Vasil va a lucrar con el realojo. Eso es porque el mudancero, que está inscripto como empresa unipersonal, fue favorecido en el sorteo hecho entre los del ramo para mover gratis las pertenencias de la gente de los asentamientos, todo solventado por el Municipio.
No sé por qué razón fui en la bicicleta esa otra noche. Tampoco llegué a entender muy bien qué hacía aquel hombre de lentes redonditos que esparcía algo de dentro de un morral. Hacía gestos raros. Caminaba en círculos.
Mi amigo y ocasional patrón me contó como se había realizado el sorteo y de qué manera su bolilla había salido de las primeras. Es un tipo muy adaptado al medio, que sabe cuáles son los mecanismos de nuestra sociedad. También me dijo por qué se hacen los realojos, aun cuando los terrenos son sabidamente inundables. Él, que conoce a uno de la Intendencia, dice que claro, después de una serie de licitaciones desafortunadas, no les queda otra opción para juntar votos que darle casas a la gente y salir por la tele diciendo que se trata de algo bueno.
El vecino era un policía que conocía el paño. Había sido entrevistado a raíz de que tenía vínculos con alguien de la radio, que después lo contactó con el del canal. Cometió el error de decir la verdad. Todos sabíamos que el argumento de que los terrenos son inundables, si bien era cierto, era sólo la pantalla para intentar mantener la zona tranquila. Se sabía que el realojo traía un porcentaje de chorros. Se presentían las excursiones de barrio a barrio con fines ilegales.
A la tardecita siguiente, no pude contenerme. Algo me impulsaba a agarrar la bici, aunque esa noche tenía un encuentro con una gata de lo más prometedora. La llamé para decirle que me había surgido una mudanza con Vasil, que me perdonara. Su tono de voz delató que se iba a ir por ahí con algún otro. Pero algo me impulsaba a pedalear. Me enchufé el Acústico de Lenine y salí tocando la batería en el manillar. No sabía hacia dónde me dirigía. Me sentía seguro y orientado pese a eso. No me sorprendí cuando fui a dar con mis huesos justo al lugar donde había estado la noche anterior. Ahora veía cómo el sol acariciaba con un vientito los pastos del ocaso.
No salió el intendente a rebatir las afirmaciones del policía. Lo hicieron las organizaciones sociales disciplinadas y los ediles. Armaron a marchas forzadas una jornada artística en solidaridad con la gente carenciada. El dueño de un supermercado, en plena carrera política, se sumó a la algazara con la donación de unas canastas y la financiación de un programa de ayuda alimenticia. Al milico le trabaron el ascenso que tenía en puerta y su muerte fue caratulada como suicidio. La mujer negaba que se tratara de una autoeliminación, pero hay que reconocer que la pinta no favorecía su estrategia comunicativa. En la radio –lo sé porque lo escuché- mencionaron las pasadas agresiones sufridas por el policía, lo cual dejó la impresión de que se trataba de un tipo conflictivo. Vaya a saber uno.
Me dejé ir un poco con el sol. Como de la nada, llegó el hombre de lentecitos. Me saludó como si me conociera de toda la vida mientras se me acercaba. El mismo morral se balanceaba a su costado. Cuando me dio la mano y nos estrechamos en un abrazo no quise hacer preguntas. Se sentó al lado mío. Con movimientos rápidos pero parsimoniosos extrajo hojillas y un tabaco. Armó.
Los medios de comunicación dependen del olvido. Lo fomentan. Pronto vino una temporada y la donación de la princesa a los Alcohólicos Anónimos se hizo más importante. Se inauguró un tramo de ruta que facilitaba el acceso de los famosos del aeropuerto a las nuevas y más lejanas playas de moda. La protesta de los vecinos por la inminente instalación de un realojo de cantegriles sufrió la desorganización de ellos mismos, eso sin mencionar que careció de todo apoyo político de partido alguno. Todos se apuntaban como creadores de la idea revolucionaria.
Me convidó con el aroma. Me invitó a plantar. Dijo que había que hacer un círculo en torno al terreno. Que él salía para un lado, yo para el otro, y terminábamos cerrando la figura. Cuando me mostré ansioso por mis posibles irregularidades se limitó a desestimar la idea con un gesto. Iba a saber por dónde y cómo caminar. Así sucedió. No sé si quedó un círculo perfecto pero mis pies fluyeron. Llegamos los dos muertos de risa. Descansamos allí donde habíamos empezado. Nos despedimos después sabiendo que íbamos a volver a vernos. Sin que la comunicación necesitara de medios. Conjugados en presente.

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
Esta entrada fue publicada en gente de Maldonado, narrativa propia. Guarda el enlace permanente.

2 respuestas a Realojo

  1. >Muy bueno!!Abrazo!A.A

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  2. Ignacio dijo:

    >gracias por la generosidad

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