Autobiografía de un…

Todos los momentos, si se miran con atención, son cruciales. Cualquier instante puede ser borgiano. Cada gesto es potencialmente revelador. Sin embargo, tendemos a preferir la ceguera durante la mayor parte del tiempo y sólo aceptamos mirarnos a nosotros mismos en circunstancias rocambolescamente preparadas. Porque fueron las carambolas que nos situaron a Norberto Llarvi y a mí en las proximidades de los hongos. Y de Carlitos, de quien no incluiré imágenes para proteger este espacio de la iconofilia femenina. Recuerdo haber tenido con Norbi varias caminatas en ese entonces. Yo hacía las veces de Bioy para dejarlo contento y él jugaba por la punta izquierda, sin obligaciones de marca como es su hábito inverso al mío. Conversamos acerca de tópicos capitales como unos hongos que habían brotado al pie de un eucaliptus que a él se le antojaban alucinógenos y a mí a la vinagreta; o como la depravación que intuíamos tras las barbas y modos filomarciales del líder Scout que arengaba a bandos de adolescentes. Recordábamos las queridas historias del gaucho Ladiao, conocido por su forma de montar (el caballo). Ambos sabíamos que la circunstancia era inaugural. Por eso, el tiempo nos impuso un lapso de silencio.
Es después de la pausa del jugador veterano que desgrano la historia nacida entre las carpas, mientras uno de mis pupilos tiraba cocos de eucaliptus a un putito de Aiguá. Supe que, como en todo campamento, el rey del mambo era Carlitos, el seductor, cuyo lema es “¿Quién es uno para negar amor?”

Autobiografía de un cogedor.
En mi pueblo, de gurí, recitaba poemas de amor a una mujer que tiempo después no podría haber mirado. Eso lo pensé años después mientras le daba a una rubia que había venido expresamente desde Montevideo a una de nuestras orgías. Observando el tribal del coxis que iba y venía, tuve la visión de mi destino. El universo se abrió como unas piernas. Supe que venía por buen camino. Mi próxima novia se encargó, en varios meses, de terminar de destornillar el corazón del lugar donde estaba. Se lo llevó y tuvo dos hijos con otro loco. Cuando se la sacaba a la rubia para hacer tiempo e invitaba a la brasilerita que había conseguido el Gianni reflexioné acerca de la Gran Mujer, que solo se avizora inductivamente a partir de muchos casos particulares que difieren en los accesorios pero no en la esencia. El desengaño amoroso de la segunda me duró un tiempo que tuve la precaución de matizar conociendo gente. Después vino el inicio de mi período metafísico. La brasilerita estaba cálida y, pese a que nos había dicho que se trataba de su primeira suruba, se desenvolvía con soltura y se derramaba ahora conmigo, tomando con sus manos trémulas otras piernas. Mi espiritualidad me indicó que la obtención de algo implicaba, más que otra cosa, un deseo fuerte y disciplinado, como cuando durante varios meses pasaba por la cancha del Campus y anhelaba jugar ahí. Supe aguantar los embates de la brasilera; me esperaban unas manos, una boca, unas piernas deseosas. Logré jugar en el Campus e incluso hacer un gol que festejamos con los muchachos en el Caballo con unas pizzas y varias birras. Seguí haciendo mi trabajo con el nuevo cuerpo que se me ofrecía sin olvidar la meta autoimpuesta de coger cuatro minas esa noche, que sabía cumpliría, lo cual me imponía un cierto freno con las tres primeras. Me di cuenta de que mi objetivo máximo en la vida eran las mujeres, muchas mujeres y de ser posible juntas. Fui avanzando en el intrincado arte de organizar, llevar a cabo y disfrutar las orgías. Lo que tuve claro desde un inicio fue que la cantidad de mujeres debe superar con creces a la de hombres. La cifra podía variar, pero lo que más a gusto me ponía era el cuatro a uno. Con dificultades y algo de fatiga, conseguí que la tercera disfrutara antes de irme de cabeza hacia la cuarta, que por alguna razón me atraía intensamente; con ella no me controlé y jineteé como un bagual. Sabía por lecturas que los caminos a la Divinidad son distintos para cada persona; que algunos labraban su vía entre las piedras del ascetismo; que algunos lo hacían haciendo el bien; mi camino era mandando bola. Le daba tanto y con tanto desenfreno que sentí que me elevaba mientras me derramaba, que veía el tatuaje de Sagitario en mi espalda. Noté el desconcierto en las caras de los asistentes a la orgía porque no podía ver a quién le daba yo, porque no entendían por qué yo acababa en el aire y caía de bruces, muerto. Abracé a la mujer blanca con quien acaba de echar el mejor de mis polvos. Me dio un besito tierno apretando sus tetas algo frías contra mi pecho. A pesar de los intentos de reanimación de Gianni y una de las minas, mi cuerpo había tomado ya el franco camino hacia el polvo. Y yo los miraba divinamente enamorado.

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
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12 respuestas a Autobiografía de un…

  1. >”Por eso, el tiempo nos impuso un lapso de silencio.”On the road, again?

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  2. Ignacio dijo:

    >back on track

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  3. >”Sabía por lecturas que los caminos a la Divinidad son distintos para cada persona; que algunos labraban su vía entre las piedras del ascetismo; que algunos lo hacían haciendo el bien; mi camino era mandando bola.”Muy entretenido!!!Buen ritmo narrativo…Abrazo!!A.A

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  4. Ignacio dijo:

    >el ritmo de Carlitos…

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  5. Rafael Tortt dijo:

    >Gracias Ignacio por la firma que dejó en mi blog. En cuanto al texto no sé exactamente por qué pero no pude evitar acordarme de un cuento de Cortazar que se llama “El móvil”. Un abrazo.

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  6. Ignacio dijo:

    >un cuento que no leí… che, no pude dejar de sorprenderme por el “dejó”; ¿querrá decir que la juventud está perdida?

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  7. Ignacio dijo:

    >ahora que pienso, Rafael, ¿es el texto tuyo o el mío el que se parece a Cortázar? Porque creo que el argentino escribía relatos fantásticos, como hacés vos.

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  8. Telemías dijo:

    >Ignacio: buenazo! Esa contemplación del que se va me recuerda al final de un cuento de Valentín Trujillo en el que el personaje principal, mientras muere, sigue relatando, flotante, lo que le está pasando. Creo que el título es algo así como “Sólo díganos lo que ud. quiere”.Nos vemos.

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  9. Rafael Tortt dijo:

    >Ignacio: sin duda soy un admirador de Cortázar, y tal vez eso se refleje en lo escribo. Un abrazo.

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  10. Ignacio dijo:

    >es verdad, aquel cuento de Valentín… Aunque no lo tuve en cuenta a la hora de escribir.

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  11. Jorge dijo:

    >Genial. En cuanto al número de pagos…, los de afuera, los de adentro, los imaginarios (y los colectivos). Pasame tu mail a mi dirección jorgelmg@gmail.com y vaya un abrazo desde San Fernando de la Florida (por ahora). Jorge M.

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  12. Ignacio dijo:

    >ifdep33@gmail.com

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