El abogado

Ahora iba como un espectador embelesado. De adolescente, tenía un grabador –que todavía está en mi casa paterna- con dos parlantes extensibles. Era un surround breve porque, en primer lugar, no captaba ninguna señal estereofónica aceptable y, en segundo, los cables eran cortitos. Pero sí me permitían poner un parlante en frente de cada oreja para escuchar los cassettes que grababa laboriosamente de la radio AM. Los adolescentes actuales desconocen el sacrificio y yo agradezco la existencia de los reproductores mp (3, 4 et altres) que me permiten salir en la bicicleta respirando el aire soleado de octubre vestido de pantalones oscuros y camisa prolija, sin olvidar la libretita.
Maldonado, viernes 3 de octubre de 2008. Por la presente, el señor Carlos Mena, CI 2.345.678-6, domiciliado en Tacurú 1215 bis, declara que realizó trabajos de pintura interior en la casa ubicada en Lanceros 1065, propiedad de la Sra. Ana Luisa Lecuona de los Santos; CI 2.478.455-0.
Siempre termino haciendo cosas raras cuando me involucro con mujeres. Se trata de una especie de mezcla de solidaridad y espíritu lúdico. Como cuando, conversando con mi amiga Mónica, me enteré del chanchullo que le habían hecho en Creditel, financiera mediante la cual ella había gestionado y firmado un crédito con el fin de ayudar a su prima a pagar el cumpleaños de quince de su hija. Hete aquí que un buen día se entera de que ha ingresado al Clearing de Informes. Sin poder entender de qué se trataba, rastreó la deuda hasta darse cuenta de que era de Creditel. La parienta no pagaba. Y, encima, se había dado el lujo de refinanciar la deuda sin ser la titular del crédito. Le comenté que me parecía ilegal. Que si les metía un abogado iban a tener que cagarse todos y echar para atrás, lo cual logró que dos o tres días más tarde nos tuviera a los dos apersonados en las oficinas de Creditel, ella como damnificada y yo como abogado.
El día 1/9/2008 la señora Lecuona hizo entrega de la suma de $U 5000 (cinco mil pesos uruguayos) con la finalidad de la compra de los materiales. Los mismos incluyen pintura interior y exterior, cloro, caños de PVC y membrana impermeabilizante, de los cuales sólo fueron utilizados la pintura interior y el cloro, cuyo precio se estima en la mitad de la cifra entregada (la estimación es realizada a raíz de la no presentación de boletas por parte de Mena). Hizo entrega asimismo de la suma de $4000 (cuatro mil pesos uruguayos) como pago de la mano de obra de la pintura interior de la casa, que fue terminada por el señor Mena el día 6/9/2008, sin que haya nada que reclamar acerca de la misma.
Tengo novia desde hace un tiempo para mí muy considerable. De hecho, puedo decir sin temor al equívoco que vivo con ella. Además de que ha alterado mis costumbres, para empezar las nocturnas. Creo que ha sido a tiempo, porque eso de andar de bar en bar con la esperanza de encontrar la atmósfera perdida del Dancing Pamelita iba a terminar perjudicándome. Ya no salgo tanto, cosa que quizá me fuera a suceder de cualquier manera debido a mi avance etario. Me ha regalado, sobre todo, con largas conversaciones de salón con mi suegra.
El día 8/9/2008, el señor Trías solicita dinero para la compra de materiales (cal, arena y pintura impermeabilizante), para lo cual se le hace entrega de la suma de $U 7800 (siete mil ochocientos pesos uruguayos). A partir de la fecha mencionada, el señor Mena no concurre a realizar los trabajos pactados sin comunicarse ni atender los llamados telefónicos de la señora Lecuona.
Ella un día va a escribir un libro con lo que le ha sucedido y va a hacer mucho ruido. Como botón de muestra yo daría como adelanto la vez que fue a una reunión de Neuróticos Anónimos y los dejó a todos convencidos de que no les pasaba nada. Encima, dice que los consolaba y les daba consejos. Pero el episodio de esta vez me involucraba a mí, que la esperaba en la rambla, frente al Conrad y nervioso porque calculaba que la situación sería violenta. Es cierto que mi suegra había averiguado que la plata había sido timbeada en una conocida casa de apuestas local, en la cual se había apersonado identificando al malviviente y echándole en cara la deuda a voz en cuello para regocijo de los presentes y de mi novia, que la había acompañado en la ocasión.
El día 22/9/2008, la señora Lecuona logra comunicarse con Mena, quien reconoce haber gastado el dinero que le había sido entregado a efectos de comprar materiales. Lo adeudado asciende a la suma de $U 10300 (diez mil trescientos) pesos uruguayos.
Mi tensión estaba dada por varios factores. Estaba en proceso de cometer un delito de usurpación de profesión (ni siquiera sé cómo se llama la figura dolosa), sumado a que iba a cobrarle a un desconocido que perfectamente podía tender a embocarme unas piñas, eso si no salían los compañeros de laburo en un arranque de solidaridad. Mi suegra había estacionado el auto unos metros más allá de la entrada a la obra. Aprontamos el mate. Preparé la libretita de los recibos y el documento que había preparado. Los minutos se hicieron duros como bolsas de portland. Había una bicicleta y ella pensaba que se trataba de la del hombre. Miraba hacia atrás vigilando que el hombre no se escapara. Se respiraba tensión.
-Ahí viene –dijo mi suegra y abrió la puerta más rápido que ligero. Debí seguirla a marchas forzadas agarrando la carpetita con el papel y recordando que no debía verse el otro papel que tenía adentro, a la sazón un currículum mío que iba a presentar en el hotel para ver si me podía hacer la temporada. A continuación vino una tormenta violenta de palabras femeninas que herían como metralla a un hombre que me tranquilizó en el acto dado su aspecto de Maestro Splinter antes de la mutación, una rata encalada. Le recordaba que la vez pasada había grabado la conversación en que él reconocía la deuda y que si no le pagaba y le mostraba el recibo salíamos derecho a la primera, si no me paga lo hago meter preso por ladrón. Sentí que llegaba mi momento y desenvainé el papel. Le dije que allí figuraba el reconocimiento de su deuda. No dio señales de no querer firmarlo e incluso pidió que yo se lo leyera porque no tenía los lentes. Pude haberle hecho firmar cualquier cosa.
-Vamos, abogado –imperó ella. Enseguida nos metíamos al auto a esperar que cobrara el sueldo. A pensar si iba a pagar o no. A tomar unos mates mientras a mi suegra se deshacía un poco de su máscara violenta y llegaba a esbozar algunar risita nerviosa. A esperar. Dudábamos si el hombre iba a pagar o no. Yo pensaba que no quería ir a la comisaría y que, si tenía que hacerlo, iba a tener que ir a buscar mi bicicleta al estacionamiento del hotel. Quería creer que sí.
Al rato apareció el hombre. Traía un rollito de plata en la mano. “Cuente.” Eran cinco mil pesos. Mostró el recibo, que indicaba que había cobrado poco más de seis mil pesos en la quincena. Dijo que la próxima vez pagaba los otros cinco mil ochocientos. Le aclaré que se trataba de cinco mil trescientos. Cuando fui a hacerle un recibo me dijo que no era necesario, a lo cual repliqué que nosotros hacíamos las cosas en serio.
Volver a la semana siguiente ya resultó más fácil, más musical. Pese a la violencia de la situación, llegué a pensar que le estábamos haciendo un bien al tipo, ya que se lo pensaría muy bien antes de cagar a otro. Si bien me vestí con cierta formalidad, no le puse tanto esmero al disfraz como la vez anterior. Fui capaz de disfrutar el álbum de Lenine mientras pedaleaba parsimonioso y sensible a la poesía del camino. (poemas en http://www.orgasmosenlosojos.blogspot.com/ ). Lamentablemente, no todo tiene finales felices, porque aquella primera vez mía en la abogacía terminó en que mi amiga Mónica tuvo que pagar la deuda de la prima.

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
Esta entrada fue publicada en gente de Maldonado, narrativa propia. Guarda el enlace permanente.

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