Introducción

 

Mi nombre es Farmoca (Farías Morales Carlos, así me llamaban en la lista del liceo) Siempre me meto en problemas cuando ando de viaje. Ya les habrá contado mi amigo Pablo que tengo algunas costumbres que no altero en mis traslados, que son el eje de mi vida. Invariablemente, compro un calzoncillo celeste y me enamoro. Llevo incluso una bitácora en la que anoto episodios relacionados con mis rituales. No sé si podré escribir este cuento, ya que mi libretita se me perdió entre en un mar de cosas de mujer. Me explico:
Caminaba por las pulcras calles de Praga luego de haber tenido la precaución de visitar al judío de rigor donde me aprovisioné de mi consuetudinaria sunga color cielo. Caminaba, decía, cuando me topé con el amor de mi vida de ese momento. Lo único que llegué a entender de su lengua fue el nombre, el cual me reservo por pundonor caballeresco, así como el trayecto efectuado antes de que me incitara a ir allí. Por lo que pude interpretar, se trataba de una suerte de museo de la cartera, de entrada gratuita y con obligación para las damas de dejar el adminículo propio en unos armarios dispuestos a tales efectos a la entrada.
Y entramos, che. Debo admitir que, hasta el momento, nunca me había fijado en la diversidad de carteras femeninas. Aun más: ni siquiera me había hecho del todo consciente de que las mujeres usaran carteras porque sí, soy uno de esos cerdos que repara en la mujer y no en los adornos. Por tanto, aquel museo europeo representó un choque a mis sentidos y a mis paradigmas. Florecían en las paredes, en los rincones, colgadas del techo y hasta en maceteros. Los colores, las formas, texturas y diseños brillaban por su presencia e incluso algunos modelos me gustaron.
Pese a todo, me mantenía aún indiferente, cosa que cambió cuando leí la traducción al inglés del eslogan de la exposición, que postulaba la similitud psicoanalítica de la cartera de la mujer y cierta parte de su anatomía. Lo reconozco: soy un reo de esos que entran a páginas que no se puede. Pero volvamos ahora a la exposición: luego del cartel, se abría una sala a golpe de vista vacía. A segunda mirada, se percibía una entrada, sutilmente decorada con cuero auténtico. Hasta un bruto como yo se daba cuenta de que aquello representaba la entrada a una cartera tamaño familiar. Había un segundo cartel. Creo que decía algo de dejar la esperanza del lado de afuera. No le di bola. Lo que sí me llamó la atención fue la computadora que figuraba una vez se entraba, desde la cual estoy te estoy mandando este correo.
El interior del carterón era de lo más parecido a un laberinto que he visto. Se abrían nuevos e inesperados pliegues de los cuales se desprendían peines, espejos y frascos de perfume. Las secciones raras veces eran lisas y llanas porque nunca faltaba algún cierrecito o broche, a veces útiles y otras meramente decorativos. Ahí encontrabas recuerdos familiares, kits de agujas, hojas de álamo caramelizadas, tickets del supermercado, fotos de novios, de hijos. Y todo eso me empezó a aburrir, razón por la que, ya sin mi checa, rumbeé hacia la salida, con idea de hacer uso de los servicios de interné provistos por la exposición.
Lo que me llamó la atención un cierto aumento de la humedad ambiental. No supe a qué atribuirlo. Se hizo más notorio a la altura del párrafo anterior, cuando el tapizado de las paredes se notaba francamente revenido. Me ha costado algo también mantener el equilibrio frente al teclado porque parece que todo se mueve. Las paredes dan toda la impresión de latir. Me asombra el realismo que se le imprime a los museos acá en Europa. Me empiezo a sentir sofocado y mareado a medida que la humedad y el movimiento sísmico aumentan. Tomo la decisión, Pablo, de irme cuanto antes de aquí. Tengo miedo de algo que no sé distinguir. Las pulsaciones se hacen insoportables. Esto se bambolea para todos lados. A duras penas me mantengo escribiendo.
¡Nooo! Esto es terrible, no sé si salgo vivo, mandale un abrazo a todos los amigos, comunicate con mi familia, avisá que no llego para el Festival del Olimar. El agua me llega a la altura de las rodillas. Las contracciones se hacen insoportables.
Y viene entrando algo. No sé qué es. Es muy grande, tapa toda la luz de la entrada. Lo único que reconozco es que está revestido de una especie de goma…

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
Esta entrada fue publicada en Farmoca, narrativa propia. Guarda el enlace permanente.

5 respuestas a Introducción

  1. >Muy bueno!! Ahora que me pongo a pensar… creo que perdí mi sunga azul. No… ya me acordé:Me lo robó Silvio Rodriguez de envidioso y despechado.Si alguien sabe de él, agradezco información al: 8473007299073565298236929202737346933256272725 o *soy gay… y?AbrazoA.A

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  2. Jhonny dijo:

    >Bien, bien, bien. Dale con fe.

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  3. Ignacio dijo:

    >A ver che, un poco de crítica estructuralista por favor…

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  4. Anonymous dijo:

    >soy uno de esos cerdos que repara en la mujer y no en los adornos…. muy buena su opción jeje

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  5. Anonymous dijo:

    >y bue… que le voy a decir….que las hay, las hay!!!!Las contracciones se hacen insoportables.que dicha la de farmoca!!!

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