Sequedad

El día en que decidió hablar, se había levantado temprano, como de costumbre. La muchacha ya le había preparado el desayuno. Lo tomó frente al informativo de la mañana. Se dijo que tenía que controlarse porque cualquier día se terminaba calentando demasiado y eso nunca es bueno, ya se lo había dicho Don Antonio cuando era chico y él nunca había podido hacerle caso. Tampoco le había hecho demasiado caso al cura con aquello de los placeres de la carne. Sabía que había estado en pecado en una época pero se había rectificado y sabía que Dios se lo reconocía, aunque Él no se dignara a conversarle directamente como en aquellas “Historias sagradas y edificantes” que recibiera de regalo al egresar. El libro tenía las tapas duras que hoy ya no se encuentran. Venía pensando desde hacía bastante tiempo que las tapas de la sociedad son las que se ablandan, no los libros. Y las hojas se despegan. Que por eso es que falta orden en el pensamiento, lo cual no deja de verse en el informativo, donde si bien el nivel de los periodistas le parecía igual de bajo que el de la sociedad en general, por lo menos le permitían enterarse de cuáles eran los disparates que movían a la gente. Por esas mismas razones, era que gastaba horas de la noche escuchando a los brasileros. O a esos tipos que se hacían pasar por brasileros. Tenía la duda. Lo que sí lo fascinaba era lo basto de los argumentos. Y el olvido de los pueblos.
Ponía siempre las mismas caras frente a ciertas noticias. Cualquiera que se hubiera dedicado a observarlo podría hacer la afirmación con precisón de función lineal. La muchacha lo había visto algunas veces. Siempre era seca en el trato porque su madre la había aconsejado cómo actuar con ese tipo de gente. “Son unos degenerados” le dijo después de que ella le diera la noticia del recién conseguido trabajo, que consideraba sería más estable que las casas de familia en las que venía trabajando hasta el momento. Se trataba de ocuparse de una casa grande ella sola pero el sueldo era fijo, pagaban bien, había algunos beneficios y suponía que podría conseguir algunas cosas para el Jason, pobrecito. Una vez había ido con él a lo de la señora Pérez Saldain porque no tenía con quién dejarlo. Pensaba que la vieja no iba a estar, pero justo ese día la reunión del Garden’s Club se había suspendido por mal tiempo y le dijo de todo. Terminó llorando. Vieja ordinaria. Por suerte el Jason… Así que, cuando Lady le dijo que iba a dejar el laburo y que precisaban a alguien de confianza y que la había sugerido a ella no se lo pensó dos veces. Supo después que se trataba de algo rutinario. El viejo no jodía. Pero tenía costumbres raras. Normalmente, los hábitos se mantenían en una regularidad de asceta. Pero, cada tanto, le tocaba limpiar unos desórdenes originados en noches tempestuosas en las que parecía haber muchas personas. Amén de colillas y olores, se trataba a veces de prendas olvidadas o condones servidos. Él no decía ni una palabra. Generaba un pacto de silencio tácito que a ella no le interesaba romper. Imaginaba que su madre tenía razón, que se trataba de uno de esos viejos degenerados nomás pero tenía la seguridad de que con ella no se iba a meter.
La rectificación de las costumbres era la civilización. Lo que de joven no entendía era el recato. La canalización de las pasiones. La sublimación del deseo hacia formas más intensas y purificadas. Interpretaba las reglas como instituciones necesarias para propender al perfeccionamiento de los pueblos, de natural tendientes al desorden y la desidia. Por eso veía relativamente con buenos ojos el negocio de los pastores brasileros, ya que notaba cómo las ovejas encontraban algún redil, aunque a él se le antojara un corral hecho de plástico. Lo divertía la idea del alambrado de PVC, pronto a romperse a la mínima ondulación rebelde, reseco por el sol. Se aseguraba de tener un sueño suplente, consistente en imaginar que ahí estaba él en la puerta de una firmísima manguera de piedra recibiendo a las ovejas cabizbajas. Aun así, no había forma de que no se enojara con los debates parlamentarios. Supuso que la indignación era la causa de que el desayuno no le estuviera cayendo bien. No podía quejarse. Estaba todo lo que él le había pedido. Pan integral, mermelada pero no cualquiera, la leche adecuada, el café en orden, la temperatura. Sabía que, como casi todos los días, iría al baño y haría vanos esfuerzos por cagar algo. Sólo había una cosa que lograba que pudiera defecar con contundencia. Sin embargo, no siempre se podía. Costos, coordinar todo lo que hay que coordinar, etcétera. Por cierto, se sabía que no se trataba de cosa para hacer todos los días; no hay cuerpo que aguante. Por rumbos escatológicos también andaban las fantasías. Imaginaba a las personas cagando. No discriminaba. Solía especular acerca de los hábitos defecatorios de las personas basado en sus caras, en su actuación, hasta en la voz. Envidiaba secretamente a algunos que se le antojaban muy rápidos de tránsito.
Terminó el desayuno. Puso la radio porque el informativo ya nada tenía que aportarle. Mala y todo la radio daba mayor cuenta del desbarajuste moral porque allí se discutía. Se escuchaba del baño. Se lavó los dientes con ortodoxia. Se sentó e hizo fuerza. No. Intentó estimular el movimiento de las tripas como le había sugerido la doctora. No. Hizo fuerza apretando la dentadura. Tampoco. Luego de lo cual optó por lavarse el culo y comenzar a estudiar los papeles. A firmar unos documentos que le había pasado el Secretario.
Cuando ya estaba en medio de la burocracia, dejó volar la mente una vez más. Se fue esta vez atrás de los pensamientos que le generaba Sheila o “la muchacha de servicio” como la llamaba frente a otras personas. Pensó en su educación seguramente escasa, en el barrio donde vivía, lo joven que era, el pelo teñido con mal gusto y esa cara parda que no le gustaba ver. Con todo, se la imaginaba cagando floja y hasta guarra. Sólo esa virtud le reconocía porque la otra limpiaba mejor y además se la podía mirar, usaba unos vaqueros que le marcaban los cachetes. No se le ocurría que la mujer pudiera tener otro mérito. Era algo que siempre decía: “Esas mujeres paren como perras.” Lo decía para sí. Una afirmación de ese estilo era inconveniente a su cargo, que le exigía un estreñimiento verbal. Le parecía que el niño, así como era, era culpa de la mujer, que no había sabido hacer que las cosas salieran bien. No sabía las inclinaciones religiosas de la mujer pero se la figuraba poniendo plata en alguno de esos cultos de pastores cazabobos y que parte del sueldo que cobraba iba a terminar hinchando las arcas de la casa matriz en algún lugar de Brasil. No podía imaginarse cogiéndosela. Le saltaba a la mente la cara de ese niño que le causaba un asco tan incontenible. ¿Por qué estaban vivos seres así?
Sheila limpió rápido todo. Él la vio pasar de un lado para el otro, pasar el plumero como se lo había pedido. Contuvo la cara de asco antes de tomar el tubo del teléfono para llamar al canal. Habló breve. Empezó a rumiar las palabras que por fin le traerían el alivio, la evacuación. A rebuscar una vez más argumentos de códigos. Había que tener en cuenta el calor del reflector y la situación rígida de las cámaras. Eso siempre lo envaraba. Pero esta vez vencería, se vencería. Y lo haría con todas las de la ley.
Era mediodía. A Sheila le habían traído el niño. Eso lo inquietó, pero sabía que se trataba de sólo un rato. Le daba asco que el niño estuviera ahí en la cocina mientras ella cocinaba. Aun cuando él no se moviera. Porque no podía. Siempre tenía que hacer unos esfuerzos descomunales para justificar la existencia en el mundo de gente así. Algo que no conseguía. Después se le pasaba un poco cuando se lo llevaban. Había transigido. Para que ella hiciera doble jornada, había permitido que le trajeran el niño un rato y que después se lo llevaran al colegio ese que había accedido a pagar para evitar comentarios.
A las dos y media de la tarde se llevaban al niño. A las tres menos cuarto llegaban los del canal. Sheila abría la puerta. Los dirigía a la sala de recepción, donde iban a instalarse para las declaraciones. El hombre había almorzado parco. Había intentado ir de cuerpo de nuevo. Había dado vueltas y vueltas para ponerse los vestidos acordes a la situación. Se encontraba con la periodista. Empezaban con las generalidades, le iban haciendo preguntas para que fuera marcando la cancha. Conocía el juego, se adaptaba a sus reglas. Esperaba el momento propicio para descerrajar el disparo. Hasta que, frente a una pregunta que pudo asociar al Derecho que había estudiado, el Arzobispo advirtió que caería la excomunión sobre los diputados que votaran a favor de la legalización del aborto bajo ciertas circunstancias.
Después de idos los periodistas, fue al baño con placer. Lo logró. Se mandó bruta cagada.

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
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4 respuestas a Sequedad

  1. fernanda dijo:

    >¡Muy bueno! ¡Buenazo!

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  2. Telemías dijo:

    >Se lo merece este señor, monseñor!!!

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  3. >JAJA, gracioso!!!Ya me estaba empachando de leer eso.

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