La historia de mi pelo

Recuerdo haber ido al velorio del que fue mi peluquero por más tiempo. Antes me cortaba con uno que apodaban “El Muerto”, donde su mujer me lavaba el pelo. Esta última era la parte buena porque, la verdad sea dicha, el profesional a veces tenía el pulso un tanto etílico y el de ella era suave. Ella era suave. También recuerdo haber ido a la peluquería de “Mingo y Jorge” y a la del “Monada”, un viejo de lentes gruesos de carey que tenía colgados en la pared banderines de los cuadros de baby fútbol de Treinta y Tres, como Chali y Juan Tapia. Mi peluquero por más tiempo se llamaba Jorge y no era viejo. Tratándose de mí, el año que concurrí a su peluquería fue mucho. Marcaba hora con un día de anticipación y acostumbraba hablar de fútbol. En el verano de 1996 resolví dejarme crecer el pelo, aunque no se crean que me convertí en un Pibe Valderrama o ni tan siquiera un Cacique Medina. Vamos, que yo vivía en un pueblo y tenía un padre propugnador de la prolijidad (también él supo cortarme el pelo). Tanto es así que en quinto de la escuela –corría el año 1989- me sugirió que me cortara el pelo cortito, a lo Manolito, porque me iba a quedar prolijo y no tendría que peinarme. De esa época datan mis idas a “Luxor”, la peluquería del Muerto, que está vivo. La cosa es que el estilo al rape arraigó en mi naturaleza poco propensa a los esfuerzos y campeó hasta el verano del entrante 96, cuando por alguna razón decidí que me iba a peinar con raya al costado, idea que sólo coqueteó con cierta prolijidad en el período de tiempo inmediatamente posterior a la salida de la peluquería. Después de eso el pelo se ocupaba de crecer y de formar unos remolinos molestos, amén de la caspa que me hacía intolerable todo calor en la cabeza y un gel que me hacía sentir lo que las mulitas. Creo que, de una manera u otra, siempre supe que no había nacido para albergar mucho pelo. Esta tesis se vio apoyada por las pérdidas que se hacían notorias en el peine durante el 96, en sexto del liceo. También aparecían en el piso, con raicita blanca y todo. Empezaba a notar que cada vez se me hacía más escaso en la parte que de ser judío habría tapado con el quipá. Me preocupaba peinarme para que no se notara. Encima, mi éxito con las mujeres rozaba muy de cerca el cero. Miraba las cabezas de los hombres. Discernía entre los que tenían pelo, los que lo estaban perdiendo y los que ya habían completado la caída. Sabía los tipos de calva: los que empiezan por adelante, los que lo hacen a fuerza de años, los que mantienen una islita sobre la frente, los que pierden el pelo pero no tienen la dignidad de tener canas (como yo), etcétera. Estaba por terminar el liceo e induje a un amigo a pelarnos al salvar el último examen. Historia. Recuerdo que hablé de la guerra de Corea y del Meiji japonés. Al otro día, el 30 de diciembre del 96, cayó la caspa junto al pelo, para no volver. Estrené mi nueva apariencia en el baile del 31 en “El Rancho”. El lugar era al aire libre, llovía y el piso tenía unos centímetros de agua. Una compañera de clase –muy linda- me dijo que me quedaba bien.
He variado desde el fundamentalismo minimalista que en un principio quiso disimular las pérdidas hasta un relajamiento del que asumió que la genética manda y que hay que usar gorro porque el sol te mata. Mi primera fase me hizo acreedor a la afirmación “este es un nazi de mierda” de un gordo delirante de la Facultad, hasta el afeitado más brillante bautizado con Pilsen tras el quinquenio de Peñarol en el 97 después de salir del estadio. Después he seguido criterios más bien utilitarios y he aceptado lo inevitable de que mis alumnos me llamen “el pelado”. Así nomás, en la cara. Sé que cuando me lo dicen tal vez haya allí una suerte de símbolo de unas relaciones distendidas. Imagino que cuando les va mal paso a ser llamado entre ellos “pelado de mierda” o “pelado puto”. La imaginación siempre tranquiliza.
Pero ayer de tarde me pasó algo digno de mención. Era un día de calor, como todos saben. Ella se bañaba para ir a trabajar y yo me daba a la tarea de cortar el pasto del frente, poco antes de las tres de la tarde, hora linda para esa tarea si las hay. De mañana me había dado a la ardua labor de poner en su carrete la tanza de la bordeadora, lo cual conseguí con alegría y autocontrol (Método Silva). Arranqué el trabajo de manera que ahora sé irreflexiva porque estoy viendo cómo quedó el pobrecito jazmín, que perdió una de sus ramas y casi el tronco principal. Espero que se recupere o que de alguna manera le resulte beneficioso. Y le pido disculpas de nuevo desde acá. Bueno, sigo. Ella se fue a trabajar y quedé rastrillando, terminado lo cual hice algunas cosas y sentí que el pelo y la barba juntaban sudor. Miré el reloj y calculé que me daba el tiempo para sacarme lo que sobraba. Desenfundé mi vieja Öster –que me acompaña desde el 94 o el 95- y me aboqué a la poda, que venía bien hasta que llegué a la parte trasera de mi cabeza, la que concentra más folículos activos. La barba ya estaba pronta, las sienes también. Pero a la máquina se le ocurrió trancarse. Mi primera estrategia fue hacerle fuerza. Viendo que no funcionaba, opté por desarmarla y limpiarla. Lo hice pero esta estrategia se mostró infértil. Chapé una tijera e intenté limar los matorralitos que adivinaba al tanteo, lo cual se mostró inútil en medio de dos espejos enfrentados. Tenía que ir a laburar a la Barra y el ridículo se apoderaba de mí. Si hubiera leído un horóscopo fiable, habría sabido que era mal día para los cortes.
No había soluciones a mi alcance. Resolví salir así como estaba. Me dije que tenía que haber una peluquería en el camino. Y la predicción se vio cumplida a una cuadra de casa. Una peluquería de mujeres. Me zampé hacia adentro. Les dije “van a tener un cliente insólito”. Les expliqué la situación y se mostraron solícitas. Mientras me sentaba en un asiento de peluquería por primera vez en poco más de doce años, le mandé un mensaje a G. diciéndole que llegaba tarde porque estaba en la peluquería. La respuesta no se hizo esperar: “PUTO”, así con mayúsculas. Mostré el celular a las peluqueras y hablaron algo del prejuicio que tienen los hombres de entrar a las peluquerías de mujeres o algo así.
No me quisieron cobrar. Estaban inaugurando el local ese día. Les regalé algo.

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
Esta entrada fue publicada en narrativa propia, yo. Guarda el enlace permanente.

13 respuestas a La historia de mi pelo

  1. Navarrete dijo:

    >esta muy buena esa historia y que fue lo q les regalooo.. puede ser esa imagen que seria publicidad y al decir q no le quisieron cobrar da la sensacion q es barato o capas q les regalo algo, mas no se, q es??? y esa imagen es de usted??? parece de alguien mas viejo jejej nos vemos y en caso de q mañana no me conecte le digo !!! FELIZZ NAVIDAD!!! pelado nos vemossss

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  2. Navarrete dijo:

    >ahhh y ese cmentari q me dejo de “pah” quiree decir bueno malo o que…

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  3. Ignacio dijo:

    >Quiere decir “impresionante”. Es que soy terrible viejo… Sobre el regalo, sólo puedo decir que no puedo decir nada.Feliz Navidad también, nos vemos.

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  4. >Muy bueno el texto, Nacho. Se lee rápido y con sonrisa.Un abrazo.L.

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  5. >Será puto, pero a la compañera “muy linda” del baile se la re ganó…Abrazo!!!A.A

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  6. Navarrete dijo:

    >profe le pido q se pase por los dos blogs el de lenguaje distinto hable sobre los insultos y en en de telorecomiendo hay una leyenda urbana muy buena pasese nos vemos

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  7. fernanda dijo:

    >¡Muy bueno! Los nombres de los peluqueros, ja ja. Y “este es un nazi de mierda”… tuve que largar la carcajada. ¿A quién se le ocurre?Muy divertido.

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  8. Ignacio dijo:

    >No se concretó el romance, Archi… Nota: todos los hechos son extraídos de la más estricta realidad, desde el gordo que me dijo “nazi…” hasta los nombres de los peluqueros y hasta creo que olvidé mencionar que uno de ellos murió durante un coito a la siesta.Me haré un tiempo para pasar por los blogs amigos. Vieron que ahora con el trabajo… Abrazos.

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  9. >Nachooo…¡¡te olvidaste de aquellos partidos de fútbol en donde literalmente nos sacábamos lascas de piel de tanto matarnos a patadas!! Entonces, a veces yo miraba la mitad de la cancha y te veía allí, enhiesto, emulando otro pelado… El pelado Peña…Qué nostalgia, mi Dios…

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  10. >Perdón, pero me refería a los partidos de Silvicultura y no a los de aquellos 2005 y 2006 cuando pasábamos jugando al fútbol 5 todos los sábados. En Silvicultura pululaban otros elementos y uno estaba obligado a meter unas buenas patadas de vez en cuando. En la época de aquellos partidos de fútbol 5 ya fue otra cosa. Hace poco me encontré con Facundo, el hijo de Gabriela, y, no sé por qué vueltas de la conversación, evocamos un gol tuyo de cabeza desde lejos, desde fuera del área. Yo me acuerdo de ese gol. Yo estaba del otro lado, lejos de la jugada y de repente te veo en el aire, suspendido antes del contacto con la pelota, y tu pelada brillaba, brillaba…

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  11. Navarrete dijo:

    >hola amistiki feliz 2009 y yo tambien estoy conectandome menis pero no es por trabajo lo q pasa es q estoy haciendo mucha yapla y ta nos vemos P.D: mi hermana de montevideo me regalo el libro Noticia de un secuestro de gabriel garcia marquez pero me lo dio sin saber q me gustaba ese escritor jeje todabia ni empece a leerlo xq estoy con 100 años de soledad jaja

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  12. Navarrete dijo:

    >le pido que se pase por mi blog de lenguaje distinto publuque dos articulos sobre el diccionari lunfardo echo en la carcel de devoto en argentina y creo que estasn muy buenossss chauNAVARRETE

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  13. Ignacio dijo:

    >Damián: es curioso que no recuerde ese gol, siendo que mi carrera ha sido tan resumida en ese rubro. Aunque sí me acuerdo de mis tiempos pómez, si bien adjudico violencia a tu símil con el tocayo del escritor. El fútbol es ancho, la vida es breve.Mauro: dale de punta a la playa y disfrutá de esos libros. Pasaré por tu blog para aprender un poco más. Abrazo.

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