Escrito del 7 de enero

Hace poco más de un minuto, escuchaba hablar a Roberto Giordano. Coloquial y caminando, dejaba atrás el suplicio de un cantor de boleros de dudosa distinción. Discurría acerca del lugar elegido para el desfile, a la sazón un salón del Hotel Conrad. Explicaba cómo se las había arreglado hace años para organizar un desfile al aire libre. El salón estaba ya reservado para un casamiento de unas personas de apellido judío. No omitió que venía el presidente de Israel y que el presidente Bordaberry le había pedido que le dejara libre el salón. Lo mencionó repetidamente al presidente Bordaberry. Tanto, que empecé a ver la imagen del peluquero asociada a nuestra predictadura. Uno tiende a las teorías conspirativas a veces. De tanto ver cacerías de brujas, se van agarrando los gajes del oficio. Pero no me cerraba que Giordano fuera tan tradicional al punto de que sus desfiles se remontaran a los primeros años setenta. La respuesta llegó cuando habló de once años. Mi gugle mental sólo encontró un Bordaberry en cargos públicos de relevancia: Pedro, el hijo del mítico y anfibio Juan María. ¿Cómo se sentirá el hoy precandidato a la presidencia, siendo que cuenta con nulas chances de llegar a la primera magistratura? ¿Qué diría Gabriel Rolón al analizar el lapsus linguae del anciano manos de tijera? ¿Sonreirá Héctor Lescano al saberse de algún modo el presidente del verano? ¿Qué refrán refrito espetaría Sancho Panza si hoy fuera precandidato a la gobernación de esta ínsula? ¿Cuántas páginas escribiría Damián –a quien va implícita y ahora explícitamente dedicado este párrafo- acerca del suceso? ¿Sería el presidente de Israel? Evidentemente, a modo de corolario, la realidad está ahí para ser disfrutada.
Acontece que el destino me puso acá, escuchando “Brasileirinho” de Maria Bethânia a las 10:15 p.m., con la camisa que uso para salir en televisión desprendida y el botón de una de las bermudas que me regalaron de cumpleaños de botón abierto, situado al lado de una taza que contuvo yogur de frutilla, rodeado de mosquitos, con las piernas cruzadas y unas ganas locas de escribir que difícilmente concreto debido a mis horarios laborales. El destino (hay que darle un nombre) me metió un flaco adentro de la librería, que entró a saludar a nuestro contertulio Washington Febles, pintor de cabecera de Libros del Duende en la Barra. Empezamos a conversar y me preguntó si tenía algún libro de Castaneda, lo cual activó un resorte en mis plantas que tuvo como consecuencia dos ejemplares del mexicano en sus manos. Hablamos del mescalito, de estar conectados, de la energía, la espiritualidad. Compró el libro y se nos llenó el boliche de gente. Algunos por libros y otros por lentes de sol, que son nuestros rubros como pudo comprobar hoy la DGI, que no sabe la función de los óculos que vendemos, unos adminículos que intentan preservarnos de borgeanas cegueras tras la lectura de luminosos libros. Vendimos. Cobramos. Apareció María la De los Ojos Claros que Antes Repartía la diaria. Tras ella, el flaco que había comprado el libro de Castaneda en actitud cariñosa. Reconocemos una vez más que el mundo es un pañuelo lleno de mocos que salen de la nariz de dios. Me entero de que es músico. Sale el tema de los Ibarburu, que tocan con todo el mundo. Él los conoce. Se pasa a continuación al concepto de que “aunque el que canta sea un perro, no importa que el guitarrero sea Eduardo Falú”, dicho por quien declara. “Yo viví en la casa de él” dice sin tardanza el loco. Yo dudo, me parece que Eduardo Falú está muerto. Se lo describo y le pregunto si no habrá sido que se quedó en la casa de Juan Falú, el hijo, que también es guitarrero de los buenos y no ministro de turismo como les pasa a otros. Él piensa y llega a la conclusión de que es así. Suena la FM Babel de fondo discreto. Mi oído capta una guitarra. ¿Chacarera? Y muy bien tocada, como se aprecia cuando subo el volumen, antes de decir “mirá, cuando muy poco este no es Juan Falú…” El huevito gris se robó la atención, la cual perdió cuando todo el mundo exclamara un instante después de que el locutor de la excelente radio oficial vocalizara “Juan Falú”.
Venía pensando desde hace varios renglones cuál será la condición que habré heredado de mi propio padre. “As assas da noite que surge, que cobrem o espaço profundo, ó doce amada, desperta, vem dar seu calor ao luar…” Maria Bethânia es una respuesta segura. Mentar la calvicie sería lo opuesto porque se trata de lo que se nota a golpe de vista. Por lo menos, Giordano no atinaría a llamarme presidente; me pregunto si intentaría comprarme curabicheras o garrapaticidas. ¿Para qué compraría remedios de uso animal un peluquero argentino?

Posdata: fiel a mi estilo, escribí algo que tomó sus propias riendas. Quería instalar otra coincidencia. No le encontré lugar. No pude poner en el cuerpo del texto que, al igual que el año pasado, tuve libre el primero de enero. Que el año pasado me dediqué toda la tarde lluviosa a leer “La leona blanca” del sueco Henning Mankell, libro que inauguró mi fervor por la saga de policiales del comisario Wallander. Que este año lo inauguré leyendo a otro sueco, Stieg Larsson, y que “Los hombres que no amaban a las mujeres” –el primero de una trilogía me resultó adictivo. Lo terminé hoy de mañana y se lo vendí a la segunda clienta del día. Cúmpleme asentar que advertí acerca de su carácter adictivo. El autor orejea desde la Quinta del Ñato, lugar al que se mudó poco después de entregar el tercer libro al editor, poco antes de que se lanzara el primero. Es el mejor libro que leí después de “El dios de las pequeñas cosas” de Arundhati Roy, a cuya traductora conocí en la librería hace unos días. Sí, mamá: le agradecí a la señora.

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
Esta entrada fue publicada en Arundhati Roy, Henning Mankell, Libros del Duende, Literatura en general, Stieg Larsson. Guarda el enlace permanente.

5 respuestas a Escrito del 7 de enero

  1. Telemías dijo:

    >Bordaberry presidente… ¿tendrá Giordano el don de la profecía? Saludos al olimareño-atlántico que lee los libros antes de venderlos. Un verdadero profesional.

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  2. Ignacio dijo:

    >Como Casandra o como Tiresias, que supo ser mujer…Quisiera ser librero.Abrazo

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  3. Navarrete dijo:

    >hola profe jaja he estado muy ocupado (mas enla crianza de un lagarto q es de mi sobrino) pero ta es lo que hay publiqe algo corto en te lo recomiendo dese una vuelta por ahiNo he leido loo q wscribio porque no me gusto el principio y no segui jeje nos vemosNAVARRRETE

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  4. >Damián no contestó. Se ve que uno de los líderes de Hamas lo amenazó diciéndole que si de alguna forma justificaba al gobierno israelí, lo iba a convertir en una torta frita con su propia grasa… O capaz que todavía no leyó el blog (que es lo más probable).Abrazo!!!!!!!!A.A

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  5. Ignacio dijo:

    >Criar lagartos es definitivamente literario.

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