El editor que vino del frío

En algunos comercios, el Buda exhibido implica precios caros. No es el caso.

Una cuadra de comerciantes es un organismo vivo que no sabe de incomunicación. Los une la ausencia de clientes, que los saca a la calle a tomar mate o simplemente a hablar de cualquier cosa. Los ata firmemente la gira de la DGI o del BPS, ya sea para el aviso previo como para los comentarios posteriores, como cuando le exigieron un fangote a los de la panadería. En mi caso, tenía un sillón de madera ubicado al lado de la puerta que, además de brindar una panorámica de la cuadra, permitía apoyar la espalda. Pudo haber sido también un inconsciente procedimiento de publicidad –como me lo comentó el amigo inglés lector de Calderón- dado que el tipo de lentes de sol absorto en un libro daba una idea cabal de lo que ahí se vendía, precisamente libros de sol. En eso nos alternábamos mi compañero de corte budista y yo. Pero la historia venida de los tiempos de la cortina de hierro tuvo que ser atestiguada y protagonizada por mí, tal vez por culpa de haber leído muchas novelas de espías en mi juventud, en las que solía ponerme a favor de los rusos, así como muchos hinchan por el toro o por los indios.
La que desencadenó la magia de la historia fue una vecina más distante, dueña de una tiendita de ropa y relacionada conmigo por su perdidosa relación con un ex compañero mío de trabajo y por su tránsito hacia la panadería. Simpática, con una visión del amor propia de comedia romántica hollywoodense, soltera necesitando una relación seria, treinta y cinco años. Pasó a la panadería y a la vuelta se detuvo. La ausencia de clientes en esos días fue uno de los factores que la animó a conversar un ratito conmigo. Otro detalle pudo haber sido la deuda generada por mi ex compañero que incluso –me enteré recién allí- había dado alguna mercadería como forma de pago de una ropa que probablemente nunca termine de pagar. Un desastre el tipo, quien además pretendía hacernos creer que no era homosexual. Hablamos de sus pisadas frías y de las pisadas recientes del ruso que la tenía a mal traer. Me contó que la tarde anterior le había aparecido un hombre de cara roja en la puerta. Le había dicho “qué linda que sos”, a lo que sólo atinó a responder “gracias”, sin prever que el hombre ingresaría al breve local con piso de piedritas y se pasaría allí cuatro horas de la tarde, durante las cuales se ocuparía de seguir piropeándola sin imaginación, además sudar copiosamente por la frente y entrar a internet de garrón. Recuerdo ahora que el día anterior había pasado toda apurada en busca de una botella de agua y había dicho “tengo un escritor en el probador”. Cayó en la bobada de responder negativamente al ser preguntada si tenía novio, cuando se sabe que eso estimula a personas que consideran que una mujer deberá decir que sí al primero que pase en caso de encontrarse en soltería. El hombre rojo le dijo que tenía una casa en la zona, una casa muy grande, que tenía plata. Es decir, recurrió al argumento que usan los hombres descritos hace dos oraciones. Se ve que ella no fue lo suficientemente violenta en su indiferencia o su negativa porque el ruso hizo acto de presencia de nuevo la mañana siguiente, es decir, el día en que ella me lo contó todo. Y también de tarde, de lo que se enteró mientras conversábamos. La llamó alguien de otro de los locales de la galería para avisarle, poco tiempo después de que yo me ofreciera como novio ficticio por si las moscas, lo cual fue comunicado por vía telefónica y a su vez repetido por una vecina de ella al Don Juan soviético.
Se fue. Ahora ennoviada.
Al rato, vi subir la calle a un hombre tambaleante con un paquete abajo el brazo. Su cara me resultó familiar aun antes de ver que era roja. Yo estaba sentado en el sillón de afuera y un tipo me había preguntado por un autor de quien yo nunca había escuchado hablar. Pero lo preguntó raro. Caminaba hacia la librería y se notaba que el bulto contenía libros, embolsados como los entrega la imprenta. Até cabos rápido. Él era el autor por quien preguntaba. Segundos después, el individuo estaba sentado en nuestro sillón de madera. Y yo había sido mencionado como el nuevo novio de D.
-Te acordás que te dije que soy editor y escritor –suelta en un claro intento de algo.
-La verdad que no, no me dijo –es mi respuesta que no puede ser otra.
-Te dije sí –insiste.
-No, no me dijo –le sonrío a ver si me cree.
-Bueno –parece aceptar mi versión –Como te decía, soy escritor –dicho lo cual extrae un libro, me lo extiende, me insta a tenerlo entre mis manos, a ver la cubierta en la que manda una cruz de madera central que divide el espacio en cuartos, ocupados por un compás masón, la hoz y el martillo, un escudo de la CIA y, en el ángulo inferior derecho, un dibujo con caracteres cirílicos que se me antoja identificatorio del KGB. De algún modo, imaginé que no se trataba de ninguna literatura atendible.
-Lo presenté hace poco en Buenos Aires, en el hotel Avenida…, tuvo un éxito bárbaro. Descubrí otro tipo de porteño, gente de bien. –y yo que lo miro –mirá, leé el prólogo…
Hago un esfuerzo, pero apenas puedo con un párrafo. Me asaltan todos esos pensamientos subordinados a la idea madre “cómo me saco a este pesado de encima”. Recuerdo que pocos días antes P.O. me había dicho que no aceptara libros de nadie, que después no se vendía ninguno y era todo un clavo, porque G.B. les dice que sí a todos y es sólo para juntar mugre, hay que andarlos buscando después para devolvérselos…
-Mire –le digo –la verdad le agradezco pero no estamos tomando libros ahora.
-¿Por qué? ¿No venden?
-Vendemos autores conocidos.
-Comprame uno entonces, quinientos pesos sale…
-Muchas gracias, acá leo gratis –le digo con un gesto que señala los estantes.
Da de baja su intento, agradece por mi tiempo, se encamina a la rotisería restaurante del Colo.
Lo veo sentarse en una de las mesas de afuera. No entiendo bien por qué Maru –la moza- me hace unos gestos raros. Vengo a enterarme después a través de la mujer del Colo que era un tipo de lo más raro. Pidió un chivito pero lo quería sin carne por ser vegetariano. Les hizo el cuento de la importante propiedad en la Barra, la casa más grande del lugar. Pidió una porción más grande de ensalada porque “soy un hombre grande, tengo que comer bastante”. Preguntó si había un MacDonald’s en la Barra. Quiso pagar el almuerzo con un libro.
Esa noche, pasé por la tiendita de D., para contarle mi participación en las aventuras del ruso, que tenía todo el perfil de un viejo estafador venido a menos. Resultó que había estado de nuevo allí pero esta vez sin mayores novedades salvo que le había regalado uno de sus libros, el cual había dedicado “para una posible amiga…”.
Después no lo volví a ver. Lo habría olvidado de no ser por la llamda de P.O., que me pedía un libro sobre los tupamaros titulado “De bigote p’arriba”. Segundos antes de encontrarlo, entre los invendibles, coloreó “Trigo y Cizaña”, el libro del ruso. Quedó clara la filiación roja de los tupas, como también fue patente que yo no conocía todo el material que tenía a disposición. Tuve por seguro que no vendería el libro y que tampoco intentaría leerlo. Hube de descartar procedimientos mágicos porque el precio había sido marcado por mí (PO $460). Imaginé una historia en la que perseguía discretamente al ruso. Pensé en sugerir una especie de concurso a mis dos o tres lectores cuya base fuera “Continúe la historia del ruso, con la sola condición de que haya aventura.” (No reprimo a nadie que quiera hacerlo). Supe qué pasa por la cabeza del que rechaza a un escritor. Pero me voy a limitar a la transcripción del primer párrafo de la novela, y del último:
“La noche iba a ser larga, ya que el escritor no tenía nada de sueño. Pidió a su esposa que le avisara si empezaba alguna película en la televisión, y se acercó a la computadora impulsado por un sinfín de sentimientos.”

“Adjuntó el escritor esta página de despedida al resto de la novela y comenzó a cavilar en los detalles de la nueva obra literaria.”

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
Esta entrada fue publicada en Libros del Duende, narrativa propia. Guarda el enlace permanente.

2 respuestas a El editor que vino del frío

  1. >Nacho:¡Qué personaje este tipo! Los párrafos son demoledores… Me maté de la risa cuando quiere dar su libro como forma de pago.¡Escribí ese cuento!Un abrazo.LDL.

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  2. Ignacio dijo:

    >Lo tomo como una obligación. No sé si podré cumplirla.

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