Ese año no gané el Premio Nacional de Narrativa

Uno esperaría quejas o recriminaciones tras un título así. También podrían incluirse protestas de humildad o evaluaciones realistas acerca del potencial literario del firmante del texto. Pero, en su lugar, debe ir el carnaval del Chuy, que ha sido uno de los momentos en que he experimentado más en carne viva lo que puede llegar a ser algo de la vida de Julio Alonso, ese ubicuo presentador de la televisión uruguaya que cuenta con mi más firme envidia desde el tiempo en que para mí “viajar” era precisamente un infinitivo. Cabrá la aclaración de que la responsabilidad de mi falta de lauro minuano no compete al eximio peregrino sino a mis indudables acciones, las cuales han sido del todo impropicias a arribar con un producto al día del cumpleaños de James Taylor. Tampoco podré adjudicar mérito al muchacho que me espetó un chorro de espuma en la cara en medio del gentío y a quien insulté desde la raíz de mis reflejos. No, no puede decirse que componente mágico alguno haya amortiguado mi literariedad. No estará aquí la historia de un escritor que debe concurrir a un mundo mágico a buscarse a sí mismo ayudando a criaturas retorcidas pero de tierno corazón. Se carecerá de reflexión moral sobre cómo un joven de dentadura deficitaria y discernimiento ídem puede tumbar sin esfuerzos ni conciencia a un talento de la literatura. Pero se sabrá de la ineludible presión del racismo norteamericano sobre las escrituras forzadas por estos parajes.
Se hablará de un viaje rápido en un Peugeot rojo. No se contará quiénes fueron los dos tipos llamados por sus actos de mezquindad y acomodo de cuerpo a ocupar grandes espacios de nuestra conversación. Son demonios menores, de esos que quedan bien en un cuento, en una novela o en una película de autor. Te ayudan a pasar el rato, a comparar tu moral con la de ellos y salir siempre bien parado. Contribuyen a no hablar de los free shops antes de llegar a ellos. Contrastan perfectamente con el sambódromo que nos encontramos en la Internacional del lado brasilero apenas llegamos. Unas gradas en el cantero central y tejido de gallinero a ambos lados de la calle flanqueaban lo que en la noche albergaría la fiesta. Creo que ya había puestos de venta de comida instalados, expendedores de tubos de espuma, de plastiquitos brillantes, de cerveza y de cosas que no supe. Pasamos al lado brasilero, donde pude comprobar cuál es el modelo de higiene que siguen los supermercados Polakoff cuando vi montones de basura en la entrada –o la salida- del Londres, donde conseguimos el café a la mitad del precio que lo compramos aquí, repusimos nuestro stock de Havaianas y conseguimos la mermelada de banana encargada por mi hermana, que se apresta a ser campeona olímpica de triatlón. Vagamos después un poco por los free shops. Desembocamos en la casa de una gente que también podría protagonizar una película de autor –otra-, pero del lado de los buenos, allí donde al personaje de origen rural se lo ve pasarle la ropa que ya no va a usar a un hermano que está más jodido que él o donde a su mujer se la oye contar, en tono documental e irrefutable, todo el periplo que Cristo le ha puesto por delante (mirado en retrospectiva). Y creerle con lúcida ceguera porque tiene razón. De allí vino el dulce de zapallo. En esa casa dormimos después de llegar del carnaval.
La calle se había llenado. La voz del locutor brasilero informaba por los altavoces que se habían vendido todas las entradas, que no insistieran. Lo secundaba la de su par uruguayo, que se iría cascando y enlenteciendo a lo largo de la noche, producto del alcoholismo que a mí me pareció percibir y que fuera confirmado por un locatario con el que comenté mi impresión. Caminábamos por el lado brasilero cuando se me espetó la espumita a bocajarro. Seguíamos atravesando el gentío y comprábamos caipiriñitas, crèpes com calabreza, coquitas en lata, crèpes com presunto, espetinhos de carne, bacon e ainda mais. Mis ojos se deslumbraban por el subcarnaval que transitaba tras el desfile. La población local era un regalo para los ojos. Grupos de negros vestidos y peinados como los de las películas llamaban mi atención, no me los imaginaba ahí. Gentes altísimas, bajísimas, rarísimas, comunes. A intervalos regulares, pasaban los de la Polícia Militar con sus formatos de ropero familiar, en grupitos de tres, boinas caladas y chaleco de kévlar. Como los del BOPE, que tiran primero y después preguntan. El del puesto de bebidas, ahora del lado uruguayo, con un peinado igualito al de Cristóbal Colón (o al del Aba, aquel maricón de la ficción que en Decalegrón protagonizaba Eduardo Freda) que me devuelve veinte pesos cuando debió haberme dado treinta. Se lo digo. “No se te habrá caído…” Ante respuesta negativa de mi parte ingresa a una trastienda y vuelve con una moneda de diez, que deposita en mi palma extendida a la vez que me rasca con los dedos.
El menú del espectáculo se parece a todo y a nada. Una escola de samba magra, alguna comparsa de tambores de Maldonado, una agrupación del Chuy llamada la jaula de las locas que hacía oír su canción unas quinientas veces: “Presidente Obama de los Estados Unidos…” Era divertida las primeras cinco veces, en las cuales uno todavía se reía de las críticas chuscas y las sugerencias que le hacían al jerarca. Indigestaba un poco las siguientes cuatrocientas cincuenta y cinco. Cuando pasaba alguna agrupación, estaba bueno. Pero el caso es que el intervalo entre espectáculo y espectáculo superaba todo lo imaginable, al punto pudimos dar una vuelta, comer baurús, volver y todavía no venía nada. Fuentes locales afirmaron que el procedimiento de estirar tenía por objeto llevar la cosa hasta las siete de la mañana, momento cerca del cual desfilaría la escola ganadora del carnaval de Porto Alegre, que acaso viniera desfilando por la BR 116 desde la capital gaúcha. No la vimos. Fuimos a dormir.
El domingo nos deparó una ruta convencional. Compras y espeto corrido. Cerdo, ananá, picanha, farofa, aceitunas, arroz, huevos de codorniz, asado de tira, chorizos. Todo junto, ofrecido insistentemente por los mozos que iban y venían, mientras el abdomen se repletaba más de lo recomendable (hasta el día de hoy no ha vuelto a su estado natural y van cinco días). La panza seguiría dura el resto del día. El recuerdo de lo comido volvería con frecuencia. La náusea. El Hugo. El lunes 9, tres días antes del cumpleaños de James Taylor, afiebrado durmiendo todo el día.
Me había enterado pocos días antes de que el día 12 era el último plazo para la entrega de trabajos para el Premio Nacional de Narrativa. “El lunes voy a escribir un libro” le había dicho a todos. Era parcialmente cierto porque ya tenía varios cuentos. Ahora es totalmente falso porque los cuentos que iban a ser escritos permanecen en gateras.

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
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3 respuestas a Ese año no gané el Premio Nacional de Narrativa

  1. Jhonny dijo:

    >Lo comido y lo bailado no te lo quita nadie. ¿El año que viene lo presentás? Calculo que habrá otros concursos durante el año y que no pasarás de fiesta, así que por ahí llegás a alguno. Antes de irme de Uruguay presente una colección desordenada de mis poemas en un concurso a nivel nacional. Tengo una copia, entendí, al releerla hace unos meses, porqué me dieron sólo las gracias. De cualquier manera se supone que con el tiempo uno madura. Así que ya veremos que sucede con tus cuentos.

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  2. Ignacio dijo:

    >El año que viene ni idea. Lo que tengo pensado es terminar de escribir el volumen e intentar publicarlo. Así nomás, a lo macho. Y sin pagar.Lo que me llama la atención es que te hayan dado las gracias. Yo que vos festejo. Capaz que después te mando algo.Abrazo.

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  3. Navarrete dijo:

    >bue loco con todo lo q escribis si no publicas algo ….. jajaja

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