De madrugada

 

Son raras las veces que me pasa. Normalmente, tengo un ciclo más bien regular, prolijo. El insomnio no es una cosa de la que me detenga a hablar. Pero, mientras escribo esta precisa palabra, me doy cuenta de que estoy apretando los dientes, gesto fácilmente asociable con mi corazón latiendo como el de un pajarito en la cama que abandoné hace cinco minutos, presa de la más absoluta e inexplicable inquietud. En otros momentos, he conjurado el desastre mediante la escritura de algún poema. Vaya como ejemplo la ocasión en que, después de escupir un soneto, me dormí como un angelito y sólo me sobresalté un poco al otro día cuando descubrí que los versos eran todos de once. No voy a descartar que haya seres que no vemos, pero que no por ello se ven exentos de obra. Mismo ahora cabe la posibilidad de que no sea yo el que escribe. Lo digo porque hace como dos o tres horas estaba yo acá abajo, en este mismo lugar y frente a este mismo teclado y ella me hablaba como si yo estuviera arriba escondido a la espera de asustarla. ¿Fue en el espejo que le pareció verme? Un razonamiento prosaico hablaría del mate fuera de la hora acostumbrada, de que me pasé todo el día hablando, del té agregado al mate. Algo particular definitivamente puede estar pasando en la zona si tenemos en cuenta que por primera vez un equipo uruguayo clasifica a la semifinal de la Copa Libertadores y que mañana otro cuenta con la remota chance de emparejársele en un cotejo de cuyos antecedentes dudo.
Pero prefiero decantarme hacia la hipótesis de la deuda. La mía. La que viene de una inveterada desorganización que acumula papeles que deben circular y que trae la gravosa cola de no dejarme escribir. Que no me deja hablar de Italo Calvino, de Mario Delgado Aparaín, de Juan José Morosoli. Porque cuando leí “El vizconde demediado” pensé unas cosas que todavía no están claras pero que en parte tienen que ver con el hijo de puta de un librero que cuenta con mis radiografías y las usa como si fuera un gerente de supermercado. Hice un puente hacia un artículo de la revista Iscariote, en la que Llarvi calificaba a Horacio Verzi de “escritor demediado” y mi curiosidad era de dónde había salido esa palabra fea, un poco presuntuosa. Lo mantengo: yo que Calvino le habría puesto “dividido”, “partido” o, más a la moda, “bipolar”. Mas Delgado Aparaín le pone “Alivio de luto” a una de las mejores bellezas que he leído en mucho (me vienen a la cabeza “Seda”, “El perfume” y no sé si otras). Allí Esnal, un rubio flaco y desgreñado que se había pasado no sé cuánto tiempo encerrado tras el encarcelamiento de su amigo Milo Striga, decide un buen día apersonarse al milico mandamás y ofrecerse para dar clases de Historia Universal. Y resulta ser todo un fabulador que se las ingenia para meter a cierto linaje de su invención en todas las grandes hazañas. Esnal, que para mí sonaba a casa de repuestos de Treinta y Tres, ahora me suena a Llarvi, un nombre que un día encontré en los primeros renglones de una página izquierda de Onetti. Raro. Lo que se dice raro, cavilándolo con atención, es que me resulte tan llamativo el lenguaje de los personajes de Morosoli. De chico, leía los libros de Enid Blyton publicados por la Editorial Molino de Barcelona, traducidos al peninsular. Una diversión bárbara y un distanciamiento brutal, que contrastaban con la diversión bárbara y el acercamiento brutal de “Las aventuras de Juan el Zorro” de Serafín J. García. Claro, los personajes de Morosoli hablan igual a los canarios que siempre escuché en Treinta y Tres comprando curabicheras. Y soy uno de ellos. Claro, la lengua de Morosoli es una fiel retratista que se adapta a los pliegues de las sierras que esas gentes tienen adentro del alma. Lo conversábamos con Llarvi de tarde, sentados a la mesa de un lugar de cosas ricas, durante cierto período acompañados por una señora mayor que nos escuchaba hablar de lo que escribíamos y de los partidos que jugábamos hace diez años en una cancha de tierra, cuando a mí todavía no me habían amenazado de muerte y no sabía que la vida vivida sin gusto es como un fantasma opaco que, por falta de capacidad, sólo puede no poder.

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
Esta entrada fue publicada en Damián González Bertolino, Iscariote, Literatura en general, Mario Delgado Aparaín, Serafín J. García. Guarda el enlace permanente.

2 respuestas a De madrugada

  1. >Qué momento…Qué lindo rato de tarde que pasamos… Hacía tiempo que no conversábamos. Creo que la última vez había sido en el Encuentro de Escrituras en octubre '08…Y sí, me quedó mucho eso de la vida que se vive sin entusiasmo, y nos quedó, justamente, hacer referencia a los "vivientes" de Morosoli, que no otra cosa es para este autor vivir como un "pedazo de carne bautizada". Aparte, recién hoy de mañana en el liceo se me aflojó la tara de no acordarme del año de publicación de "El pozo", como hablábamos ayer… Sabía que era de la segunda mitad del '30, pero no del año preciso. Es el 39…En fin, abrazo

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  2. Ignacio dijo:

    >Lindo todo. Es verdad, y si contamos las cuadras… Saravá.

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