Error futbolístico

Era un día muy frío, de esos que te cortan los brazos con metrallas de pampero. Se acercaba la hora del partido. La expectativa crecía en el túnel, desde donde se vislumbraba la cancha. Por alguna razón, me adelanté y miré el pasto, que parecía tener unas irregularidades húmedas y demasiado ostensibles. Eran montículos, nada lisos ni llanos. Los compañeros estaban atrás y volví a arengarlos. Hicimos un griterío y salimos a la cancha, conmigo a la cabeza. Nos sorprendió el escaso marco de público para un partido tan importante. Claro, para un futbolista de alma todos los partidos son la final del mundo. Uno siempre se cree que va a jugar un clásico en el estadio, aunque sea en el “Centro de empleados de comercio” de la capital olimareña. Lo que sí merecía ser del Centenario era la cancha estragada. Salí rumbo al sector izquierdo del área propia. El otro equipo vestía íntegramente de blanco y me dieron un poco de asco. Los delanteros de ellos tenían fama de buenos pero eran medio bobos. El juez era un canario grandote y macizo como una heladera Ferrosmalt de esas que se suben por las escaleras entre ocho.
Empezó el partido y los ataques de ellos. Una de nuestras primeras jugadas fue un despeje mío hacia la izquierda. Me congratulé de no haber tirado la pelota al medio, como dice la lección 2 de la tapa del libro. Creo que en la segunda jugada también la tuve que revolear. Los rivales atacaban y nosotros no estábamos bien armados. Empecé a sentir que no me iban a dar ni las piernas ni el aire para aguantar el vendaval que nos proponían. Tenía la sensación de estar jugando entre locos entrenados, hasta profesionales, y que mis piernas flacas de campito y bicicleta no iban a dar. Vamos, que me vi débil. Igual que mi amigo, que andaba colgado allá por la mitad de la cancha sin incidir mucho en el juego.
Lo que me hizo más patente la debilidad fue ver cómo salía nuestro back derecho en una jugada en la que yo me hubiera contentado con no pifiar el bartolazo. El tipo, de fisonomía muy parecida a Alfonso “La Guacha” Domínguez, dominaba la pelota y salía corriendo como una exhalación por el callejón central de nuestra propia área, sin evitar eludir a todo lo que daba a un delantero de ellos que le salía al cruce.
La pelota salía por primera vez en un rato de nuestra área. Pude experimentar la soledad del defensa cuando la pelota está en campo rival. Una soledad que no debe evitar la concentración porque si te distraés te clavan de contra. Pero me dio para pensar, para compararme hasta con mis compañeros. Yo no correspondía a ese partido.
Fue ahí que le pegué un grito a mi amigo.
-¡Fabián! ¡Nos equivocamos de partido! ¡Era fútbol cinco!
Los otros del grupo de escritores nos estaban esperando en la canchita seguramente. Y salir del partido en este momento era dejar a nuestro equipo con dos menos, aunque no sirviéramos para nada y “la Guacha” pareciera encargarse de todo.
Por suerte, la solución vino en forma de un acolchado que me hacía sudar.

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
Esta entrada fue publicada en fútbol, fútbol uruguayo, narrativa breve, narrativa propia. Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a Error futbolístico

  1. >Faa!!! Nacho, ya andás teniendo malos presagios…Por las dudas, pregunto: "¿Ese partido del sueño no sería en Pirarajá"?Me pusiste en la mitad de la cancha. Sabia decisión para tratar con un jugador tan moldeable como yo…Gracias por hacerme personaje…PD: ¿La hora del bondi del sábado?Abrazo!A.A

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