Florida y Sarandí

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se dedica a Luis Pereira, oscuro funcionario escondido tras un pabellón

Los poetas de Maldonado,
son como las viejos de los asilos,
como las pecas, como el cáncer de piel,
son una flor que gira y se planta en la esquina
de Florida y Sarandí.

Todo empieza cuando dos violetas
ven las justas verdes de la Casa de Darwin.
Luego de unas derrotas,
las raíces los vuelven al asfalto peatonal
y aparece el fotógrafo al ver su imagen.
En vez de cámara, trae un poeta
que escribía jaicus en la copa de un hongo.

El lugar se balancea como un ojo
que intenta mirarse a así mismo.

Pasa un flóguer, un lector de Baudelaire
adicto al rímel
y un traficante de verdades
cuyo verbo naranja está decolorándose
mientras vende sus libritos sobre yoga.
Pasan milicos de paisano
que no vemos pero es seguro
que paran la oreja
cuando los presentes allí manifestándose
resuelven que el mundo es más complejo
que un trabalenguas polaco.

Llega un cuentacuentos con cocarda
a bordo de su nave Raleigh
y munido de una niña filósofa en el cuadro,
ella nos atisba desde su trinchera
polar encasquetada.
Le comunica al emplumado –por telepatía-
su intención de tomar el chocolate
y éste vuela
autorizando a disgregar
la concentración.

Se encaminan los pasos de uno de ellos
al banco donde está
su vocación
y divisa un corrillo de poetas
contratados por el gobierno.
Ahora defienden la plaza,
guardan las instituciones
y cuidan que sus metáforas
no se metan con el gremio.

El uniforme es la boina para los lirios blancos.
Carece de adorno alguno
el mirlo australiano de los toros.
Llega a verse desplumado,
falto de puntos y comas,
pero hay que tener cuidado
cuando dice y cuando toma.

Se disgrega otra reunión
rumbo a rutas comerciales.
Se vuelven a los matorrales
a ovillar las imágenes
captadas en ese rato
en que la defensa
del invierno
tuvo
una distracción
que costó unos cuantos goles.

Los poetas de Maldonado son como las viejas.
Salen en busca del sol
y se encuentran entre ellos
porque lo quiso la esquina.

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
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Una respuesta a Florida y Sarandí

  1. Virginia dijo:

    >Parece que la alegría va por barrios, como dice ese dicho que no sé quien lo inventó pero aún sigue vivo! Qué suerte!!Aquí las poetizas esperamos a la noche para apasiguar el lomo doblegado por tanto calor. El sol abrazador como un látigo desbocado que ha cobrado vida propia y ahora quiere venganza, se nos avalanza y nos azota donde más nos duele, en la piel, en el corazón, en la cabeza, en los pies, en el alma que prefiere el aire fresco, o por lo menos, el aire a falta de lo fresco. Pero lo cierto es que en esta ciudad, el aire se vuelve viento ardiente, no por el deseo como podría entenderse si proviniese de un cálido y anónimo amante, sino más bien ardiente por quemar, ardiente por aniquilar en letales retorcijones cualquier atisbo de vida que por ahí quedara… escondido para sobrevivir. Es por eso que la vida resurge en la noche, cuando las estrellas se hacen lo más tenue posible para no lastimar a los que sobrevivieron la tarde, la luna horrorizada tiende una luz blanca y fria para contribuir en algo y las poetizas respiran y escriben… Dejan abiertos los pulmones y entra el cálido sonido de la esperanza, una brisa fresca se desgrana sembrando plantas fuertes que resistan el día que ya se avecina, pronto… muy pronto, la noche deja paso a los primeros toques de rosa que el día sigilosamente va imprimiendo en las montañas negras. Las poetizas entonces aceptan lo inevitable, se apuran para terminar las líneas y apretan el lápiz como si con esa firmeza pudieran detener el verano candente… la canícula como le dicen aquí. Algunas rezan, otras escriben los rezos, otras refieren suspirar y en alguna insomne reflexión esperan que todo pase, incluso el verano fogoso que doblega en su fuego constante y amarillo. Las poetizas al fin, cada una a su manera, resignadas, se van. Un nuevo día comienza!

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