Luftslottet som sprängdes.

En este momento, cuando empiezo a escribir el texto, tengo ganas de orinar. Recién pasé por la puerta del baño y desestimé el vertido, a favor de algo que tiene que estar ahí mientras hablo del último libro de Stieg Larsson.
Eran como las cuatro menos veinte de la mañana cuando daba cuenta de la última de las ochocientas cincuenta y cuatro páginas que empecé a leer el fin de semana y que me tuvieron anulado durante todo el lunes. Yo había esperado a este libro. Me había comportado como la cajera de Polakoff que hace dos veranos me reservó con insistencia malsana el último Harry Potter. Yo necesitaba esnifarme a Lisbeth Salander una vez más, y a Mikael Blomkvist, y a su eterna amante y amiga Erika Berger, casada a su vez con Greger Backman, sabedor del amorío inevitable y tolerante desde su natural bisexualidad. Extrañaba a Dragan Armanskij, de Milton Security, al abogado Palmgren. Y quería leer en alguna parte que se compraban unas en el Systembolaget, ese expendio estatal y monopólico de bebidas alcohólicas que tienen los suecos. Quizá no tanto al policía judío Jan Bublanski y a su colaboradora Sonja Mondig. Nunca había desarrollado un gran afecto por la familia Vanger, que tanto influyera en el primer libro (“Los hombres que no amaban a las mujeres”) y que se mantuviera como accionista de la revista Millenium durante el segundo (“La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina”). Yo esperaba a “La reina en el palacio de las corrientes de aire” como los adictos a su sustancia. Como alguna vez esperé a aquella que me enseñaría algunos semas de la palabra “desengaño”. De ese modo la leí, sin poder quitarle los ojos de encima ni despegarme del asiento para cumplir mis obligaciones, que de pronto se volvieron más relativas y postergables.
Era verano. Gerardo, mi librero catalán de cabecera, se iba a La Pedrera y yo quedaba destacado en mi posición de La Barra, en Libros del Duende. Me tiró algunos de los piques. El olfato es el órgano por excelencia del lector. Los ojos son ilusorios. Es el husmeo el que descubre las joyas y las bombas. Demoré un tiempito en entrarle a “Los hombres que no amaban a las mujeres”, supongo que en gran parte por el volumen del libro, que se me hacía un poco abultado para el apretado organigrama en el que me encontraba preso, leyendo para un adolescente y haciendo malabarismos para que no se nos cayeran los lentes de sol que también vendíamos. Cuando lo leí me vi irremisiblemente atrapado por una trama que mezclaba dosis de hiperrealismo, personajes levemente estereotipados o muy exagerados, explicaciones muy lúcidas sobre la realidad y escenas de sexo muy naturales. Los prejuicios, los sadismos, las violencias, los ultrajes estaban reservados a las figuras de unos malos mirados con ojos de periodista de investigación. Porque esa era la profesión de Larsson, quien se había especializado en destapar neonazis y otros chanchullos en la revista Expo. Un hombre que no se había casado con su mujer para –ni más ni menos- que no lo encontraran las víctimas de sus reportajes. Fue por eso que, tras su muerte brusca a los cincuenta años después de trabajar como un demente y comer como un yanqui, los derechos de sus libros pasaron a su familia, con la que no tenía una relación fluida. La mujer quedó en pampa y la vía. Como se ve, me interesé incluso por la biografía del autor, cosa me sucede poco y nunca. Esto provocó que, en la página 251, encontrara algo que me hizo acordar a Vallejo: “El redactor jefe Håkan Morander falleció a mediodía, tres días después de que Erika Berger entrara como redactora jefe en prácticas en el SMP.” Y agrega a vuelta de página: “Sí, el corazón…” Ya en la 279, se lee “Mikael anotó en un post-it amarillo que tenía que aclarar el tema de los derechos de autor con la familia de Dag Svensson. Había averiguado que sus padres vivían en Örebro y que eran los únicos herederos.” Barrunté algo que, en comparación con lo mediano en que se suele vivir, es sobrenatural.
No voy a deschavar el contenido del libro. Sólo diré que es una mezcla de denuncia social, alegato político, novela de espías, policial y thriller informático. Tiene el instinto genial de retorcer las convenciones de los géneros para lograr uno propio. La prosa es por lo general llana. No es un lenguaje que se mire a sí mismo sino uno que ametralla a la realidad. Está claro –estoy haciendo la salvedad- que podría dejarse la realidad hecha un colador desde un lenguaje más floreado. ¿Sería una prosa poblada de imágenes efectiva para lograr el efecto gravitatorio que tiene Larsson con respecto a los planetas de la cara del lector? Quizá no. Como se ve, no son cuestionamientos los que vierto aquí sino descripciones desde la admiración que profesa el enfermo.
Dicen las crónicas que Larsson tenía proyectados como nueve libros de la serie Millenium. Publicó tres. ¿Hay manuscritos de los otros? Ojalá que los tenga la viuda, así se forra. Y que me lleguen. ¿O no llegó a escribirlos?
Me lloran los ojos de la maratón de lectura de ayer. No he podido recuperarme. Ahora tengo más ganas de mear.
Hace un rato venía por esa calle larga y oscurísima que hay antes de llegar a casa. Es una bajada que bordea una canchita de fútbol y después un mero campito. Doblaba en la esquina. Durante la larga cuadra había pensado en qué cabos sueltos podían haber quedado como para un cuarto o un quinto libro. La recordé, había sido nombrada muy de pasada. La poderosa figura simbólica del doble.
“El correo estaba firmado por Camilla Salander. Lisbeth pensó ‘qué putada’ para acto seguido hackear la casilla de Hotmail desde donde provenía el mensaje.”
Las líneas precedentes son el pedido formal de que se me conceda ser el amanuense del espíritu inconcluso de Stieg. Para poder leer lo que quedó sin escribir.

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
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2 respuestas a Luftslottet som sprängdes.

  1. Escapin dijo:

    >Mire usted.Yo no he leído ningundo de los tres tomos de la saga de Stieg.Y dicen que es bueno, pero por alguna razón siempre encuentro algún libro que me interese mas.En este momento me meto de lleno en "Ácido sulfúrico" de Amélie Nothomb y en "Las intermitencias de la muerte" de Don Saramago.Los dos muy buenos por cierto.He dilucidado, por su comentario en Chorizo de rueda, que está siendo remunerado por sus labores en Libros del duende.Y que envidia recorre mi esófago señor, porque la estufa que calienta la casa del dueño de dicho establecimiento debe haber sido alimentada por miles de curriculums portadores de fotos mias y habilidades mas o menos bien descriptas.Por supuesto, lo que siento es envidia sana, como el vulgo suele justificarse.Pero envidia al fin.

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  2. F. de P. dijo:

    >Se agradece la confianza en esta casa.

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