IV Encuentro de Escrituras, una crónica narrativa

La luna generaba algo así como un campo de fuerza que expulsaba las nubes de su alrededor, esas que hace días venían instaladas sobre Maldonado, mojando la cuarta edición del Encuentro de Escrituras. Venía triste. Desde hacía un rato traía una vaga congoja en las manos puestas en los bolsillos, en el balanceo moroso caminando hasta casa. Ya me ha pasado y es el alimento de la felicidad. El vacío es el fundamento que uno tiene para intentar hacer cosas. Tenía una sensación de pérdida de lo que todavía no se perdió. La del futuro dolor, la de percibir el alma insustancial de la mujer que hará sufrir a un hombre de buena fe (o al revés, claro, pero es que hay cosas que uno vive y lo marcan). Sentía fuertemente que el último Encuentro de Escrituras es efectivamente eso. Temo que la política interfiera en las políticas, que no haya otros como Luis Pereira. Y que no haya gente con las trayectorias y calidades de Aldyr Garcia Schlee, Esteban Moore, Antonio Cisneros, Elder Silva, Alfredo Fressia, entre otros a quienes no estoy haciendo justicia, de puro ignorante que soy. También estuvieron Damián González Bertolino y Leonardo de León, amén de otros amigos y conocidos macanudos que no tenían asignados lugares brillantes pero que constituían el todo sin el cual no hay milagro. Mi presencia estuvo sólo en una fracción de las mesas. Había que trabajar, cosa que logré conjugar con los placeres de la literatura cuando la actividad se trasladó a uno de mis lugares de trabajo. Fueron Aldyr, Carlos Bernatek e Inés Trabal al Centro de Lenguas, un lugar de amor subfinanciado por Educación Secundaria. Por supuesto, intenté encontrarme allí donde estaban las personas queridas, como en la lectura de LDL, sobre la cual no abundaré por temor a que el individuo siga agradeciendo.
Pero sí de Damián, por motivos ajenos a él. Bueno, más o menos. Porque fue así: la presentación de su libro “El increíble Springer” estaba programada para las cuatro de la tarde en el CeRP del este. Se postergó para las seis, lo que me dejaba fuera de combate, ya que a esa hora estaría yo en el Centro de Lenguas. Por suerte había dos platos, siendo el segundo en la Casa de la Cultura, junto a Andrea Blanqué. Había una tela blanca sobre la que se proyectaría algo. La gente iba avecinándose al lugar y a las sillas. Se avisaba de que no había sido posible la conexión a internet, por lo cual no podríamos ver en la pantalla la imagen de TaRtAtExTuAl, el blog del antedicho escritor peludo. No era para tanto, así que Llarvi hacía una introducción breve y anunciaba una sorpresa que yo calculaba. Leía un fragmento del primer cuento del libro antes de leer uno de menor duración del segundo. Anunciaba el fausto momento que vendría a continuación. Su amigo Sergio Elena había venido de Montevideo especialmente a ver la presentación del libro. No sería nada destacable en esta crónica de no mediar los detallecitos de que es pianista y nieto de Felisberto Hernández, escritor uruguayo de alta factura que también era pianista y, ahí fue donde me desasné, compositor. Elena contó algún entretelón, como por ejemplo que las partituras originales de una obra del abuelo habían sido rescatadas de la basura por una limpiadora con olfato, que se las arrimó al musicólogo Coriún Aharonián. Narró además las palabras con que Felisberto había hablado de su obra “Negro”. El escritor mencionaba la “absurda melancolía de los negros”. Explicó algunos conceptos musicales que ilustró con el piano. Acto seguido, se lanzó sobre las negras y las blancas. Sonaba tan parecido a Egberto Gismonti que me corrió una cosa por la espalda. Barajé una hipótesis acerca del parecido y, conversando con el músico y con Damián un rato después, debí agregar la posibilidad de que de alguna manera las influencias fueran las mismas. O de que el mineiro conociera la obra del autor de “Por los tiempos de Clemente Collins”. Tuvo el efecto que tienen las bellezas inesperadas. Para darle un poco más de color a la velada, intervino Aldyr. Comentó que había traducido a Felisberto. Sumó que circulaba la versión de que éste habría estado alojado en un cuarto de cierto hotel de Jaguarão, el mismo donde también habría estado el escritor salteño Enrique Amorim, acompañado de Jorge Luis Borges. Sopesó el posible carácter mítico del relato. Damián, Elena, Felisberto, Egberto, Aldyr, Felisberto, Amorim, Borges. Interesante jugada colectiva.
Le tocaba el turno a Andrea Blanqué. Me pregunté cómo diablos podría levantar la apuesta. La carga poética había subido a grados difíciles de empardar. Empezó hablando de la edición cara de su libro, que se había agotado rápido por obra y gracia de los grandes volúmenes que compran ciertos comerciantes. Hizo alusión a la razón por la que se había demorado la reedición: crisis internacional. Terminó por decir que el libro había salido baratito, para que lo compre gente como ella. Pasó a su segundo párrafo, en el que empezaba a hablar sobre lo escrito propiamente dicho, la novela “Fragilidad”. De entre el público se oyó la inconfundible voz de Ignacio Olmedo, que pedía para hablar. Supuse que tendría ansias acotadoras. Pero no. Pidió silencio a unos que –me enteré recién entonces- conversaban en la periferia del público. “Molestan” dijo. El impacto instaló un viento inmóvil en la asistencia. No conforme aún, irguió su metro ochenta y pico con gorrito de lana y dio unos pasos hacia el lugar de donde él sabía que provenía el disturbio. Les reiteró lo dicho y los conminó a irse o integrarse. Agregó algo sobre los beneficios que le concede la edad. Volvió a la silla. Recibió el agradecimiento de Andrea Blanqué. “Gracias, Ignacio” dijo la escritora, que siguió hablando sobre su libro, manteniendo siempre la tensión narrativa, ya que este cronista no dejaba de preguntarse si en algún momento abandonaría el relato sobre el relato y, llana y lisamente, se dispondría a leer un fragmento del mismo. No lo hizo.
Se terminó esa mesa. Venía un momento de mármol. Necesité aire. Me encontré afuera del salón de la biblioteca a varias personas, una de las cuales invitó a tomar unas cervezas. Lo hizo con tanta autoridad poética que me vi forzado a tener un ángulo de visión todavía más agudo del acontecimiento que se terminaría el sábado de noche.
Por un enfoque más poético del asunto, apriete justo en el adverbio de lugar, aquí.

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
Esta entrada fue publicada en Aldyr Schlee, Damián González Bertolino, Encuentro de Escrituras, Leonardo de León; Fabián Muniz. Guarda el enlace permanente.

8 respuestas a IV Encuentro de Escrituras, una crónica narrativa

  1. Jhonny dijo:

    >Más Felisberto y menos de los otros. Menos de los grises de siempre. Menos café triste existencial y apático. Más fantasía de lo cotidiano, hermano.

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  2. Telemías dijo:

    >qué ganas de estar…

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  3. >no había pensado en la posibilidad de que fuera el último encuentro de escritores. sólo fui una vez, una noche, un rato…

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  4. F. de P. dijo:

    >La metáfora astoriana de los trenes… Aunque subirse a este era gratis.

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  5. >Muy bueno tu blogSaludos

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  6. F. de P. dijo:

    >Siéntase en casa.

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  7. >(poniéndome al día con los blogs)Muy bueno, Nacho…Me quedé pensando en algo, de todos modos, y haciendo memoria…No era mi intención proyectar mi blog en la pantalla gigante… No se me había pasado la cabeza la verdad… Lo único (más sencillo) que quería hacer era conectarme a internet para leer dos o tres pequeños textos de tartatextual…Un abrazo….

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  8. F. de P. dijo:

    >Viste que uno interpreta… Otro abrazo.

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