Entre el abismo y el poema.

a LDL, a Nacho Di Tullio, al Pestillo

La buena circulación del chi depende de las tangerinas gustosas, las milanesas al horno y el aire fresco con sol. Sobre el fin del día se parece al disco nuevo de Jaime Roos un rato después de escuchar el bajo de Richard Bona. Los buenos poemas dependen de la circulación de la energía, es decir, de abrir la cabeza para suponer un abismo allí donde todo el mundo ve materia concreta e incuestionable, si es que se detiene a mirar. Teníamos el otro día una conversación sobre la distancia que puede haber entre el abismo y la palabra usada para vestirlo. La medida que debe tener esa palabra junto a otras. Yo le decía al León, muy suelto de cuerpo, que el rugido que ensayaba no me demostraba la ferocidad que sabía estaba radicada en la tierra de su intención. Horas más tarde, conversaba en la librería con el Pestillo (él se hace llamar así, aludiendo al lugar donde siempre está) acerca la necesidad de conocer las métricas y las rimas como quien pule llaves. Un cerrajero experto también puede pegarle un fierrazo a la cerradura pero hiere mejor.
Yo estaba aprontándome para escribir mi relato migratorio y místico, uno que avanza todas las semanas a golpes como una víbora emplumada. Acababa de despedirme otra vez del León de las sierras, que me mostraba su melena por la ventana del
Msn. Sonó un ruidito. Lo identifiqué como proveniente de mi cuenta de Gmail que estaba abierta. Nacho Di Tullio usaba el chat para saludar desde Buenos Aires. Decía que viene el fin de semana. Y que yo voy a Montevideo. Y que la Feria del Libro. Estaba decidido a ponerme a escribir a como diera lugar. Resolví adecuar la ventanita de Word para hablar de un hombre que se había convertido en pájaro, mientras por Gmail mi tocayo me hablaba sobre la poesía publicada en RRR, de lo mucho que le había gustado lo escrito por Florencia Biurrun, dueña de imágenes de knock out a los dieciséis o diecisiete. Hablábamos de poesía, que es una buena forma de intentar nombrar lo que no se puede poner bajo ningún sustantivo firme. Cuando, de improviso, me asaltó la sensación de dèja vu. Sentí que esa situación ya había sucedido, y que yo ya había tenido un dèja vu en una ocasión similar. Como nunca, esta vez tenía un testigo para preguntarle si yo la otra vez le había dicho que me parecía haber vivido eso antes. Me dijo que sí. Pensé que era joda. Repregunté: ¿yo la otra vez te puse que estaba viviendo un dèja vu? Contestó: sí, pusiste.
Me impresionó la complejidad del episodio, donde tenía mi clásico dèja vu en el que siento que la otra vez también lo tuve. Podríamos llamarlo “compuesto”. Pero, encima, tenía un testigo y copartícipe que, por más señas, es homónimo. “Estamos escribiendo un poema” le dije. De inmediato empecé a hacer lo que siempre hago cuando se me presenta el “qué”. Y eso es buscar un “cómo”. Yo busco una forma que muestre mi idea.
Me despedí de Nacho. Tenía que ir al centro, a la casa de artículos de computación a comprar cedés y devedés vírgenes. Hice mi camino de siempre, atravesando el campito, integrándome a la calle loca que hacia el norte se convierte en la ruta 39, llegando al centro. Me atendió el mismo prolijo hombre bajito de siempre. Me conoce, llegó a preguntarme por la computadora, a la cual le había instalado un antivirus en esa casa. Hablamos de desfragmentar el equipo y de las horas que puede estar prendida la máquina. Sonaba una música fea de fondo. Cambió el tema. No sé cuál es el grupo presumiblemente argentino que cantaba. Nunca había escuchado la canción. Las únicas palabras que recuerdo son “dèja vu”, que ahora copio y pego.
Eso fue más que otra cosa una confirmación. Un coletazo que revela la inexistencia del tiempo, sobre la que estaba escribiendo en mi relato. El camino de vuelta me tuvo ocupado con el tránsito. Un tipo dobló en U en la esquina de una avenida, provocando una situación de lo más inquietante. Hasta que llegué al campito, donde lo único que tenía que definir era si bajarme o no de la bicicleta para atravesar un trecho embarrado que se sortea pisando unas piedras. Fue al traspasar la zona embarrada que decidí la forma. Es decir, que esta vez no intentaría encontrar un ritmo. No cambiaría el anglicismo tecnológico por la palabra de siempre. No camuflaría el milagro. Empobrecería los materiales para que se notara más el diamante engarzado en el plastón de barro.

Acerca de Fernández de Palleja

Treinta y Tres, de ahí vengo.
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3 respuestas a Entre el abismo y el poema.

  1. Cecilieaux dijo:

    >Vine de lo de Leila. El garabato me hace imposible leer en este blog. Borralo y vuelvo.

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  2. Fernando Gómez dijo:

    Muy pocos recursos a la hora de redactar, veo que lo escribiste por obligacion.

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